Mibelis Acevedo Donís: Los tiempos de la democracia

«Si yo tuviera cincuenta y tres minutos para gastar,
caminaría muy suavemente hacia una fuente…»
Antoine de Saint-Exupéry, El Principito.

La teoría del pensamiento dual, marco que expertos en psicología cognitiva como Daniel Kahneman o Amos Tversky se han dedicado a desarrollar, parte de la premisa de que el pensamiento humano surge de dos modos distintos de procesamiento. Tenemos un cerebro con dos sistemas, cada uno con una velocidad diferenciada. El primer sistema es intuitivo, automático, rápido. Es el que nos emparenta con el animal, el cerebro de la sobrevivencia, el de las asociaciones rápidas y la identificación de la amenaza. El segundo, más reciente y complejo, es analítico y requiere de mayor esfuerzo; asociado a la elección, es reflexivo, serial, reglado, consciente y deductivo, por lo que suele ser más lento. Aunque ambos están siempre activos y en constante interacción, el primero es el que responde de forma automática y, sólo si es necesario, deja que el segundo entre en juego.

¿Qué sugiere esta explicación a la luz del vértigo comunicacional que hoy impera, que se extiende a las dinámicas de toma de decisiones colectivas y, por ende, a la  política? No sólo que las personas suelen confiar primero en el sistema que favorece lo intuitivo y lleva a la formación de sesgos cognitivos, mientras que recurren al segundo sistema para que intervenga como validador de prejuicios instalados (la génesis de las burbujas de autoafirmación, de paso). También explicaría por qué las respuestas rápidas y de impacto -no importa cuán acertadas o idóneas sean- resultan hoy un camino más atractivo y apreciado que aquel que requiere análisis sosegados y penetrantes de la dificultad

Ya lo anticipaba Sócrates, cuya figura y pensamiento aparecen como antítesis de esta cultura de la precipitación. La mayéutica, arte de dar a luz a las ideas, vigilante de “las almas, y no los cuerpos, en su trabajo de parto» (Platón, Diálogos), propone una temporalidad radicalmente distinta. No es proceso instantáneo, frenético ni viral, requiere de la pausa deliberada y facilitada por ese cerebro analítico, de un tiempo para el alumbramiento intelectual que es esencial para la salud de la polis. El reconocimiento de la ignorancia mediante preguntas que desmontan lo que ya creemos saber; la confrontación de contradicciones o la gestión de la duda no son posibles sin escuchar atentamente al otro, sin comprender a fondo antes de reaccionar. Sólo entonces el parto de la verdad se vuelve una potencia común, no un negocio de sofistas. Ese incómodo freno que introduce la reflexión -freno demonizado en la feria de bilis que azuzan las redes- es también lo que modera la visceralidad y hace posible la deliberación en democracia.

Sí: tropezamos acá con una severa complicación. Porque la democracia liberal es, ni más ni menos, un sistema que requiere “cocción lenta” y enfriamiento. A la luz de los trastornos globales, la aparición de clivajes instrumentalizados con fines electorales, ese discurso que elude la institucionalización del conflicto y tiraniza el presente, podríamos afirmar que la democracia atraviesa una paradoja temporal. Mientras que la tecnología y la comunicación digital han acelerado la capacidad de respuesta y la participación inmediata, el ejercicio democrático, en su sentido más profundo, parece estar asfixiándose bajo el peso de la inmediatez, la espectacularización, el maximalismo, la simplificación de problemas complejos, la irracionalidad. Sitiado por la estulticia y la retórica antiintelectual, además, ese estrambótico culto a la ignorancia -como reacción al conocimiento experto- que hoy se disemina desde el propio seno del poder.
Nos referimos al grito populista, a la incivilidad reactiva opuesta al logos, la palabra meditada, a la interpelación y mediación institucional. Cabe observar que de esos forcejeos entre el tiempo del algoritmo y el tiempo de la reflexión parece estar dando fe la disputa que hoy presenciamos entre Trump y el Papa León XIV: arrebato vs razón, poder vs contrapoder. El cuestionamiento de las certezas del poder temporal para buscar una verdad compartida y más profunda sobre la dignidad humana ha generado un espectacular choque con visiones que reducen la democracia a simple legitimidad de encarnación. Una fórmula que, cada vez con más eficacia, elude los filtros deliberativos y otorga al endoso de “la mayoría” el poder absoluto para disolver el nudo gordiano de los antagonismos.

Entender este fenómeno invita a caminar más allá de una discrepancia que no sólo es política, que no sólo es ética, sino epistemológica. En este punto, resulta útil recordar a Pierre Rosanvallon y sus planteamientos sobre la democracia compleja. A la luz de las visiones sobre la legitimidad reflexiva, podemos afirmar que las democracias están sufriendo también una crisis de temporalidad. El tiempo de la política electoral -marcado por el corto plazo, la obsesión por las encuestas, la búsqueda de reacciones inmediatas- está aniquilando el tiempo de la política ciudadana; esto es, el largo plazo, la deliberación, la construcción de una visión de futuro compartido. Siguiendo a Rosanvallon, la democracia necesitaría tres tiempos que el aceleracionismo actual destruye. Hablamos del tiempo de la memoria, clave para no repetir errores; el tiempo de la reflexión, lo que permite calibrar la complejidad de los problemas; y el tiempo del proyecto, la oportunidad para construir horizontes que superen el próximo ciclo electoral.

En el marco de equilibrios que la  política impone para lidiar con el tiempo cuantitativo –Cronos, lo cronológico- y el tiempo cualitativo –Kairós, la ocasión-, la democracia moderna enfrenta el reto de ser más que simple expresión del momento; de superar el instante, la fragmentación, y construir una historia capaz de neutralizar la tentación del referendo permanente o la inmediatez de los sondeos. He allí, por supuesto, una certeza que también salpica a venezolanos, una y otra vez enfrentados a sus coyunturales partos, a las proverbiales compulsiones y lastres en materia de planes para la restauración democrática. Si partimos de la idea de que la democracia debe ser un sistema de juicio, no de mero instinto, los abordajes tendrían que rehuir esta suerte de fast-food político en el que nos sume el intercambio digital, y ser más afines a la temporalidad socrática, los trámites del cerebro consciente y deductivo. Para que la promesa no se convierta en decepción autoritaria es preciso, por tanto, que el ciudadano sea capaz de saborear argumentos, entender matices, no tragarse la información sin masticar. Y dudar siempre, contrastar siempre,

De cara a esa ralentización democratizadora que sugiere caminar “muy suavemente hacia una fuente”, por cierto, conviene esquivar la trampa de ese «pueblo inhallable» (“Le peuple introuvable”, 1998) explotado por la anatomía populista. La idea de una entidad única, coherente y soberana es aporía que, según Rosanvallon, desvitaliza la palabra del individuo y omite las tensiones múltiples en las sociedades. Por encima de esa urgencia por «hallar» al pueblo mediante encuestas instantáneas y reacciones en redes sociales, se trata de devolver al cuerpo cívico su calidad de conjunto plural, de construirlo a través del reconocimiento mutuo, los vínculos perdurables, los espacios de pausa, la deliberación.

@Mibelis

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