Carolina Jaimes Branger: Del juego de la botella al juego de la penitencia

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Quedé anonadada, literalmente, con el hilo en Twitter del doctor Rafael Chirinos, @rafachirinos, sobre la conversación que tuvo con una colega sobre el “juego de moda” en algunos colegios y liceos venezolanos, llamado “Juego de la Penitencia”.

Como debe haber todavía quienes no lo conocen, se los resumo: un grupo de muchachos y muchachas, la mayoría de entre 13 y 17 años de edad, se sientan en rueda. Las jovencitas “les provocan la erección a los varones” y se van turnando, montándose sobre ellos para que las penetren. El juego lo gana quien eyacule de último entre los varones y de las niñas, quien provoque más eyaculaciones.

Lo peor es que el fulano “reto” es hacerlo sin preservativos. De manera tal que el resultado puede ir desde una candidiasis, pasando por una enfermedad venérea, hasta un embarazo precoz, muy precoz.

Nunca he sido pacata, ni tengo escrúpulos religiosos. Pero lo de este juego me causó una enorme tristeza, amén de una impresión de la que no he logrado salir desde que lo supe.

Por allá a mediados de los años noventa, un amigo vino a visitarnos a nuestra casa de Maracay. Venía llegando de Cuba, y nos contó que en La Habana una muchachita cuya edad debía rondar por los 12 o 13 años se le acercó y le dijo que por $10, “él podía hacer con ella lo que él quisiera”. Entre sollozos, alcanzó a decir “¡tiene la edad de mi hija!”. Lloró, lloró y lloró desconsolado.

En la misma época, recuerdo haber leído que las prostitutas del Bois de Boulogne, en París, cobraban más si el sexo era sin preservativos, arriesgándose por una tarifa “más alta” a contraer SIDA, en aquella época un mal incurable. Una sentencia de muerte, pues. ¿Cuánto valían sus vidas? ¿Tan solo una tarifa “más alta”?… Eso ha debido pasar en otros lugares del mundo.

Pienso en Tailandia, por ejemplo, donde el turismo sexual quizás es mayor del que quienes van a conocer las bellezas que posee el país. Caramba, ¡pero unas eran prostitutas y otras obligadas a prostituirse desde niñas, porque vivían en un país donde una dictadura férrea, como Cuba, la situación las obligaba a hacer cosas que, de haber vivido en un país normal, no hubieran ocurrido a tan temprana edad! No sé si estoy siendo ingenua y esto ha ocurrido desde hace más tiempo, pero el que me haya enterado ahora no lo hace menos grave, ni menos doloroso.

Pienso en mi adolescencia y me pregunto adónde se fue el amor. ¿Será que los jóvenes de ahora no lo sienten? Y pensando en las muchachas, ¿es que no es importante para ellas sentir, ya ni siquiera amor, sino al menos atracción por el hombre con quien están teniendo sexo?

La banalización de todo se ha apoderado de la sociedad mundial. Todo lo que antes era importante para la mayoría, se diluyó en cuestión de pocas décadas. No solo el amor. También se han diluido los principios, la palabra, la sanción social. ¿Qué mundo les espera a quienes serán adultos al voltear de unos diez años?

No creo que ahora sean importantes el primer amor, el primer baile pegado, el primer beso, la primera relación sexual. Desimportantizar lo importante es una tragedia, porque las alegrías en la vida están llena de esos pequeños momentos donde el alma, el corazón y las hormonas se conjugan para dejarnos esos recuerdos que forman parte de los tesoros, que, al menos yo -y creo que hablo por buena parte de mi generación- hemos vivido y sentido.

Ahora se vive, pero no se siente, mucho menos se atesora. Y los seres humanos deberíamos sentir, porque así fuimos creados. De verdad, no saben de lo que se pierden y siento lástima porque no lo sientan, porque se están animalizando, en vez de humanizarse.

Por eso hay tanta indiferencia ante las tragedias que ocurren en el mundo. Que no se quejen después de que no haya empatía cuando las tragedias les ocurran a ellos. De hecho, ya es una tragedia que sus distracciones sean como el “Juego de la Penitencia”. Se los dice una representante de la generación que jugó a la botella y que a sus 63 años todavía recuerda, con emoción, el besito (en el cachete) del muchacho que me gustaba, que hoy en día, para mi felicidad, es mi pareja.

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