Mibelis Acevedo Donís: ¿Y dónde habita el “nosotros”?

Al hablar de la crisis venezolana, solemos poner foco en el palmario abismo que persiste entre el ciudadano y el Estado. Un trastorno que castiga de diversas formas, sin duda, que compromete la gobernanza, profundiza el desamparo y degrada el rol de las instituciones; que a su vez abre grietas nuevas y tan levantiscas como las que le dieron origen. Hablamos de esas distancias que separarían a un individuo de otro, impugnando esos lazos que fundan la comunidad política y dan sentido a la cohesión perdurable de la llamada “nación cultural”.

Algunos elementos contribuyen a agravar esa situación. Por un lado, topamos con la polarización del debate público, esa dinámica global, transversal, que “muta y penetra las instituciones primarias donde se da la convivencia”, como apunta Mario Riorda. La polarización afectiva, advierte el politólogo argentino, va condicionando un debate que, lejos de basarse en ideas, argumentos e ideologías, “está siendo suplantado por una versión sentimental, emocional de la ideología, con posturas moralizantes”, y generando rechazos “mucho más dogmáticos, emocionales en la forma en que se expresan”. Por otro lado, al estar sometidos a una economía de supervivencia, no extraña que el vecino empiece a dejar de ser un aliado para convertirse en un competidor por recursos. Si la política remite al arte de vivir juntos, amén de esa crisis agudizada por la carnívora lucha por el poder, no es menos cierto que enfrentamos una crisis de la convivencia.

La preocupación no es menor. Sin confianza mutua, cualquier aspiración de cambio o reconstrucción arranca con plomo en el ala. Francis Fukuyama, quien ha atribuido a ese “capital” intangible una importancia crítica para el funcionamiento de las sociedades, sugiere que la confianza opera como una suerte de correctivo de las tendencias nihilistas implícitas en la “lucha por el reconocimiento”. Esa que, en su expresión más extrema y más hostil, anticipa la guerra hobbesiana de todos contra todos, el canibalismo social que sabotea cualquier intento de estabilidad. “Confianza es la expectativa que surge en una comunidad con un comportamiento ordenado, honrado y de cooperación, basándose en normas compartidas por todos los miembros que la integran. Estas normas pueden referirse a cuestiones de ‘valor’ profundo, como la naturaleza de Dios o la justicia, pero engloban también las normas deontológicas como las profesionales y códigos de comportamiento”. Sin “aprendizaje de la colaboración”, sin disposición a la construcción del “arte asociativo”, sin alineación en relación a cierta visión del mundo, pues, no hay comunidad posible.

Algunos datos de percepción de confianza en Venezuela como los arrojados por los informes del PNUD muestran un panorama complejo donde coexistiría una muy baja confianza institucional con cierta resiliencia en la confianza interpersonal y la cooperación cotidiana. Según indicaba la encuesta “Lo que nos une” (noviembre-diciembre 2025), el 59,6% de los venezolanos confiaba en la mayoría de sus compatriotas, cifra que sugería la persistencia de lazos sociales (y que por cierto contrasta con las de valoración de los actores políticos, que suelen estar por debajo del 25%).

Pero paisajes más recientes evaluados por PsicoData Venezuela-UCAB en relación al estado de la confianza ciudadana y el tejido social, muestran niveles mucho más críticos de deterioro que, además, estarían impactando severamente en la salud mental de la población. Según estos estudios, 89% de los venezolanos considera que “no se puede confiar en la mayoría de las personas”. El estado de incertidumbre dispara conductas impulsivas tanto en las calles como en los hogares, indicaba Danny Socorro, director de la Escuela de Psicología de la UCAB, un sentimiento alimentado por el caótico flujo informativo en redes sociales y las dificultades económicas. Para marzo 2026, se reportaba además que 97% de las mujeres venezolanas se “reinventa” o procura adaptarse (una estrategia extrema de supervivencia más que un rasgo positivo de resiliencia), con un 59% que se auto-culpa por problemas ajenos a su control. A eso hay que sumar la incidencia de la crisis de los servicios públicos, la vivienda y el acceso a la salud, áreas que de acuerdo a Encovi no exhiben mejoras sustanciales. Todo ello condiciona un escenario en el que la tenaz apuesta por la vía del diálogo y la negociación para superar la crisis compite en seria desventaja con la percepción de falta de espacios de confianza y respeto para lograrlo.

El ideal que prefigura la instauración de un sistema político que signifique más que un cambio de élites en el poder, no puede prescindir del sostén de esa infraestructura invisible, de esa ligazón básica que antes fue forjada por la confianza. ¿Cómo ir moldeando esa conciencia y esa necesidad, cómo caminar en la práctica hacia esa “sociedad de los iguales” que preconiza Pierre Rosanvallon? Habría que partir de la premisa de que la democracia, más que un mecanismo electoral, es una forma social que requiere la legibilidad del otro. De allí que rehabilitar los cuerpos intermedios que hacen posible la lectura y representación cabal de las identidades (asociaciones de vecinos, gremios, sindicatos, ONG, espacios de fe, partidos políticos, puentes entre la esfera privada y el Leviatán estatal; “escuelas de libertad”, como las llamó Tocqueville) no puede ser visto como un lujo ético. Cuando ya no somos capaces de entender qué motiva a quien vive a nuestro lado, la sociedad se atomiza y el contrato social se disuelve.

En tal sentido, es útil recordar la distinción que Robert Putnam establece entre bonding -ese vínculo entre afines que, si resulta viciado por la polarización afectiva, podría degenerar en sectarismo y dicotomización populista, el “nosotros vs ellos”- y bridging, los vínculos que tienden puentes entre grupos distintos. Lamentablemente, en Venezuela parece haberse hipertrofiado el primero en desmedro del segundo. Los saldos de la  política del “sálvese quien pueda”, el impacto de la precariedad de los servicios, la incertidumbre económica, la privatización de la supervivencia, encuentran correlato en una introspección defensiva que socava los espacios de deliberación. La desconfianza horizontal funciona en ese escenario como un mecanismo de inhibición social, deja de ser una imposición externa para convertirse en un hábito interno. Tal distorsión disuade al ciudadano de usar su “voz” (Hirschman dixit), para construir, empujándolo más bien a actuar como un censor, un competidor ganado para la interminable cacería y la escisión, para el etiquetado y la “denuncia de costuras” de quien, por no compartir su fervor o descontento, percibe como enemigo.

Un paseo por las redes sociales da cuenta de esta especie de paralización por sospecha que contagia a unos y a otros. Paradójicamente, la fricción interna que ello genera, lejos de alentar el clivaje “poder vs. contrapoder”, legitima el antinatura “ciudadano vs. ciudadano”. A propósito de eso, los recientes, desproporcionados ataques contra el activista y defensor de DDHH, Feliciano Reyna, por su muy pública incorporación a la Comisión de Convivencia y Paz, invitan a pensar que una eventual transición no puede eludir el reto de desactivar las huellas de esa odiosa sociedad de la delación que se ha “democratizado” de forma tan perversa.

Si bien es cierto que la democracia es imposible sin contención institucional, tampoco parece viable sin tolerancia mutua ni confianza horizontal, sin capacidad para incentivar la asociación de largo plazo necesaria para gestionar el descontento. Un ciudadano víctima de la orfandad política y social, incapaz de encontrar apoyo en su pares o reconocerse en el “nosotros”, se vería empujado al final a renunciar a su agencia, a buscar zonas de confort y refugio bajo el ala de dudosos protectores, por cierto. He allí una de la más peligrosas derivas de la tragedia.

@Mibelis

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