Al hablar de la crisis venezolana, solemos poner foco en el palmario abismo que persiste entre el ciudadano y el Estado. Un trastorno que castiga de diversas formas, sin duda, que compromete la gobernanza, profundiza el desamparo y degrada el rol de las instituciones; que a su vez abre grietas nuevas y tan levantiscas como las que le dieron origen. Hablamos de esas distancias que separarían a un individuo de otro, impugnando esos lazos que fundan la comunidad política y dan sentido a la cohesión perdurable de la llamada “nación cultural”.
Algunos elementos contribuyen a agravar esa situación. Por un lado, topamos con la polarización del debate público, esa dinámica global, transversal, que “muta y penetra las instituciones primarias donde se da la convivencia”, como apunta Mario Riorda. La polarización afectiva, advierte el politólogo argentino, va condicionando un debate que, lejos de basarse en ideas, argumentos e ideologías, “está siendo suplantado por una versión sentimental, emocional de la ideología, con posturas moralizantes”, y generando rechazos “mucho más dogmáticos, emocionales en la forma en que se expresan”. Por otro lado, al estar sometidos a una economía de supervivencia, no extraña que el vecino empiece a dejar de ser un aliado para convertirse en un competidor por recursos. Si la política remite al arte de vivir juntos, amén de esa crisis agudizada por la carnívora lucha por el poder, no es menos cierto que enfrentamos una crisis de la convivencia.
Pero paisajes más recientes evaluados por PsicoData Venezuela-UCAB en relación al estado de la confianza ciudadana y el tejido social, muestran niveles mucho más críticos de deterioro que, además, estarían impactando severamente en la salud mental de la población. Según estos estudios, 89% de los venezolanos considera que “no se puede confiar en la mayoría de las personas”. El estado de incertidumbre dispara conductas impulsivas tanto en las calles como en los hogares, indicaba Danny Socorro, director de la Escuela de Psicología de la UCAB, un sentimiento alimentado por el caótico flujo informativo en redes sociales y las dificultades económicas. Para marzo 2026, se reportaba además que 97% de las mujeres venezolanas se “reinventa” o procura adaptarse (una estrategia extrema de supervivencia más que un rasgo positivo de resiliencia), con un 59% que se auto-culpa por problemas ajenos a su control. A eso hay que sumar la incidencia de la crisis de los servicios públicos, la vivienda y el acceso a la salud, áreas que de acuerdo a Encovi no exhiben mejoras sustanciales. Todo ello condiciona un escenario en el que la tenaz apuesta por la vía del diálogo y la negociación para superar la crisis compite en seria desventaja con la percepción de falta de espacios de confianza y respeto para lograrlo.
Un paseo por las redes sociales da cuenta de esta especie de paralización por sospecha que contagia a unos y a otros. Paradójicamente, la fricción interna que ello genera, lejos de alentar el clivaje “poder vs. contrapoder”, legitima el antinatura “ciudadano vs. ciudadano”. A propósito de eso, los recientes, desproporcionados ataques contra el activista y defensor de DDHH, Feliciano Reyna, por su muy pública incorporación a la Comisión de Convivencia y Paz, invitan a pensar que una eventual transición no puede eludir el reto de desactivar las huellas de esa odiosa sociedad de la delación que se ha “democratizado” de forma tan perversa.
Si bien es cierto que la democracia es imposible sin contención institucional, tampoco parece viable sin tolerancia mutua ni confianza horizontal, sin capacidad para incentivar la asociación de largo plazo necesaria para gestionar el descontento. Un ciudadano víctima de la orfandad política y social, incapaz de encontrar apoyo en su pares o reconocerse en el “nosotros”, se vería empujado al final a renunciar a su agencia, a buscar zonas de confort y refugio bajo el ala de dudosos protectores, por cierto. He allí una de la más peligrosas derivas de la tragedia.
@Mibelis
