La niña que entregó como regalo a su marido pedófilo y tuvo dos hijas con su captor: 18 años de calvario de Jaycee Dugard

En su retorcida concepción del mundo, Phillip Garrido creía que Dios le había dado una misión en la vida, la de difundir su mensaje. Por eso, la última semana de agosto de 2009 se presentó en la Universidad de Berkeley, acompañado por dos niñas, para solicitar que le prestaran el campus para realizar una actividad llamada “El deseo de Dios” e invitar a los estudiantes a asistir a ella. A la asistente social Lisa Campbell, encargada de los eventos especiales de la universidad, le llamaron la atención varias cosas extrañas: la primera de ellas era que Garrido parecía sufrir un delirio místico; la segunda que las dos chicas tenían comportamientos extraños; la tercera, el moretón que tenía la mayor en uno de sus ojos. Sospechó por lo menos la existencia de un abuso y por eso, en lugar de sacárselo de encima con cualquier excusa, citó a Garrido a una reunión dos días después. Apenas perdió de vista al hombre, tomó el teléfono y llamó a la policía. El agente que atendió la llamada tomó el asunto en serio y buscó los antecedentes del hombre cuyo nombre le había dado Campbell. El dato apareció enseguida: Phillip Garrido estaba en libertad condicional cumpliendo una pena por violación.

El miércoles 26, Garrido llegó a la universidad acompañado por las dos chicas y también por una joven rubia, a la que presentó como su sobrina Alyssa. Cuando vio a los policías, la joven de 29 años tuvo una reacción que sorprendió a todos. Se acercó a uno de los policías y le dijo en un susurro: “Soy Jaycee Dugard y este hombre me tiene secuestrada”. Garrido fue detenido en el momento y poco después una patrulla se dirigió a su casa para detener a su mujer, Nancy. Apenas vio a Garrido esposado, la joven pidió un teléfono y marcó el número – que nunca había olvidado – de la casa de su madre. Cuando atendieron, dijo:

-Mamá, soy yo, Jaycee.

Del otro lado de la línea, Terry Dugard reaccionó mal.

-No me hagas esto. No es gracioso – respondió, porque a lo largo de los años había recibido muchas llamadas como esa, bromas de mal gusto que la hacían estallar.

-No, mamá, soy yo, Jaycee, de verdad – insistió la voz.

caso Jaycee DugardJaycee Dugard recuperó la libertad el 26 de agosto de 2009, cuando le susurró a un policía en Berkeley que Phillip Garrido la tenía secuestrada

Cuando la encontraron y pudieron identificarla, Jaycee Lee Dugard tenía 29 años y se parecía muy poco a la niña de 11 cuya foto sonriente había saturado primero las calles del tranquilo pueblo rural de Meyer, en el Estado de California, y luego las listas de personas desaparecidas en Estados Unidos. Durante dieciocho años había vivido a solo 240 kilómetros del lugar de su secuestro, primero esposada a una cama, después encerrada sin poder salir y finalmente moviéndose con cierta libertad por las calles de Antioch pero presa de otras cadenas, las psicológicas producidas por casi dos décadas de abusos, que le impedían siquiera decir su verdadero nombre.

En todo ese tiempo la policía pudo haberla encontrado decenas o quizás centenares de veces, una cifra que se calcula solo repasando la cantidad de ocasiones en que los agentes visitaron la casa donde la tenían secuestrada para monitorear al convicto que vivía allí, beneficiado por una libertad domiciliaria cuando cumplía una pena por violación. Más de una vez, en esas visitas, vieron a una niña – y luego a una adolescente – de pelo rubio y actitud sumisa, que el secuestrador, si le preguntaban, decía que era la hija de su hermano que estaba de visita. Con el paso de los años, tampoco repararon en que las dos niñas que el violador con domiciliaria y su mujer presentaban como propias, se parecían mucho a la joven rubia y nada a Garrido. De no ser por la perspicaz mirada de la asistente social Campbell es posible que Jaycee Dugard nunca hubiera recuperado la libertad.

Un secuestro en la calle

El secuestro de Jaycee fue perpetrado a plena luz de día la mañana del 10 de junio de 1991, cuando caminaba la niña hacia la parada del ómnibus escolar, en la esquina de su casa. Era una de las pocas caras nuevas que había en Meyers, donde vivía con su familia desde hacía menos de un año. La familia de Jaycee, formada por ella, su madre, Terry, su padrastro, Carl, y su media hermana pequeña Shayna, se había mudado allí en busca de un ambiente tranquilo en el que las niñas pudieran crecer seguras y sin violencia. Por eso habían abandonado Arcadia para establecerse en Mayer, pueblecito rural situado también en el estado de California al que llegaron en septiembre de 1990, justo para que Jaycee pudiera empezar las clases.

Jaycee DugardJaycee Dugard vivió 18 años cautiva en Antioch, California, donde Phillip Garrido y Nancy Bocanegra la sometieron a abusos y ocultaron su identidad (REUTERS/via Child Quest/Handout

Esa mañana Terry salió temprano hacia su trabajo en una industria gráfica y Carl se ocupó de darles el desayuno a las chicas. Minutos antes de la hora en que debía pasar el ómnibus escolar, Jaycee salió de la casa para ir hasta la parada, mientras Carl la vigilaba desde la ventana. Siempre lo hacía, la veía caminar hasta la esquina y seguía allí, mirando, hasta que la veía subir al ómnibus con otros chicos del barrio. Todos vieron cómo la secuestraban. Carl desde la ventana de su casa y los compañeros de Jaycee desde la esquina. La nena caminaba por la vereda cuando se detuvo un auto gris y una mujer asomó la cabeza por la ventanilla. Posiblemente le haya preguntado algo, porque Jaycee se acercó.

Cuando la tuvo al alcance, la desconocida le disparó con una pistola eléctrica y luego, ella y un hombre la cargaron y la tiraron en el asiento de atrás. El auto dio una vuelta en “U” haciendo chirriar las ruedas y se alejó antes de que nadie pudiera reaccionar. Desesperado, Carl atinó a subirse a la bicicleta que tenía en el jardín delantero e intentó perseguir al auto, pero solo pudo ver cómo se alejaba cada vez más hasta que se perdió de vista a toda velocidad

El padrastro y otros testigos le dieron a la policía una descripción del auto y de la ropa que llevaba Jaycee. Se dio la alarma, pero los uniformados de Mayer pusieron la mira en dos sospechososel propio Carl y el padre biológico de la nena, Key Slayton, como posibles autores intelectuales del rapto. Carl fue investigado a fondo y se sometió al detector de mentiras, mientras protestaba junto con Terry, por el tiempo que estaban perdiendo. Así y todo, demoraron en descartarlo. En cuanto a Slayton, cuando lo localizaron dijo que se equivocaban, que él no tenía ninguna hija. Y era verdad, porque Terry confirmó que no lo sabía, que cuando se separaron ella no le dijo que estaba embarazada de dos meses.

Una pareja perversa

Los secuestradores eran Phillip Garrido y Nancy Bocanegra, y luego de dar la vuelta en “U” con Jaycee aturdida en el asiento trasero, se dirigieron a alta velocidad hacia Antioch, en el condado de Contracosta, donde el matrimonio vivía con la madre de Phillip, una anciana que padecía de demencia senil y no se daba cuenta de nada. Pese a las descripciones del auto y de sus tripulantes que dieron los testigos, la policía nunca pensó en Phillip Garrido, aunque sobraban motivos para, por lo menos, tenerlo en cuenta.

Garrido había sido un chico como cualquier otro hasta que en la adolescencia sufrió un accidente en moto. Después de eso se hizo adicto a los calmantes y más tarde al LSD. Según su hermano, a partir de ahí pasó de “ser un buen chico para volverse más loco que una cabra”. Cuando tenía 21 años fue acusado de violar a una nena de 14 años, pero la familia de la víctima retiró los cargos para no exponerla a testificar en el juicio. Esa impunidad lo envalentonó y meses más tarde violó a una antigua compañera de colegio, Christine Murphy y de nuevo zafó. Aceptó casarse con la chica a cambio de que no lo denunciara. El matrimonio duró hasta que Christine, a la que tenía prácticamente presa en la casa, pudo abandonarlo y refugiarse en la casa de sus padres.

En 1975, cuando tenía 25 años, Garrido secuestró a Katherine Callaway, una joven de su misma edad, y la llevó desde California hasta un almacén abandonado de Reno, en Nevada. Allí la violó durante más de cinco horas, y podía haberlo durante mucho tiempo más si no hubiese cometido el error de romper el candado de entrada al lugar. Los vecinos denunciaron el hecho y la presencia de un auto extraño. La policía llegó cuando seguía violando a Katherine y lo detuvo. En el juicio le dieron cincuenta años de cárcel.

Estaba cumpliendo su pena en la prisión de Leavenworth, Nevada, cuando conoció a Nancy Bocanegra, una enfermera y fisioterapeuta que visitaba a su tío, también preso. Se casaron en 1981 y ese matrimonio sumado a la buena conducta en la cárcel le permitieron a Garrido obtener la libertad vigilada, que debía cumplir viviendo en la casa de su madre enferma, en Contra Augusta. Para otorgársela, la junta de libertad condicional había considerado el casamiento de Garrido con Nancy como una señal de recuperación. Nadie imaginó que la enfermera podía ser tanto o más perversa que él.

Porque lejos de espantarse, Nancy disfrutaba con las inclinaciones pedófilas de su marido, tanto que lo acompañaba a las plazas donde había niños jugando y los filmaba para que él se masturbara después viendo las imágenes. Poco a poco, marido y mujer fueron urdiendo un plan que los llevaría a un nivel más alto: secuestrar a una nena, que sería el “regalo” que Nancy le haría a Phillip para que hiciera con ella lo que sus deseos le dictaran.

Caso Jaycee DugardPhillip Garrido junto a su esposa también pedófila Nancy Bocanegra: ambos secuestraron a la niña de 11 años y la tuvieron en cautiverio durante 18 años (AFP PHOTO / El Dorado County Sheriff’s Office/handout/)

Madre por violación

A Jaycee la secuestraron al voleo, porque se les presentó la oportunidad cuando caminaba sola por la calle. Jaycee ya no estaba aturdida por la pistola eléctrica pero sí aterrorizada por la situación cuando, después del mediodía del 10 de junio de 1991, el auto gris llegó a la casa de Contra Augusta. Se había hecho pis encima y tenía la cabeza cubierta con un trapo que no la dejaba ver nada a su alrededor. Lo único que atinó a decir durante el viaje fue que sus padres no tenían dinero para pagar un rescate. Le gritaron que se callara.

Apenas llegaron a la casa, Garrido la desnudó – lo único que le dejó conservar fue un anillo con una mariposa, del que no se desprendería durante los siguientes 18 años – y la obligó a bañarse con él. Después la dejó encerrada durante cinco días, esposada a una cama. Nancy le liberaba las manos solamente para que pudiera comer. Después de esos días de “ablande”, Garrido la violó por primera vez y ya no dejó de hacerlo. Nancy la alimentaba y alternaba gestos supuestamente tiernos con maltratos. Cada mañana, Jaycee se despertaba sin saber si ese día le pegarían o la tratarían bien.

En su encierro solamente la dejaban ver dos series de televisión: “La doctora Quinn” y “Who’s the boss?”. Esos dos programas la marcarían para siempre. Como sus secuestradores se negaban a llamarla por su verdadero nombre, les propuso que la llamaran Alyssa, por uno de los personajes secundarios de “Who’s the boss?”. De “La doctora Quinn”, una médica de un pueblo del oeste estadounidense, aprendería a cuidar niños, lo que le resultó útil cuando tuvo, a los 14 años, a Ángel, la primera de las dos hijas engendradas por las violaciones de Garrido. A los 17 tuvo la segunda, Starlet.

Durante todo ese tiempo, la familia de Jaycee no dejó de buscarla. Se hicieron campañas para encontrarla se hicieron remeras con su cara, se crearon canciones dedicadas a ella. La policía seguía teniendo abierto el caso, pero la investigaba mal, hasta que finalmente la dejó de buscar.

Jaycee DugardPhillip Garrido, en la imagen superior, fue sentenciado a 431 años de prisión a cadena perpetua, y su esposa Nancy a 36 años de prisión a cadena perpetua por su participación en el secuestro de Jaycee Lee Dugard, en el Tribunal Superior del Condado de El Dorado en Placerville, California, el jueves 2 de junio de 2011

La prisión de la mente

Las condiciones del secuestro de Jaycee fueron cambiando con el correr de los años. Fue tal la dependencia que llegó a tener de Garrido y su mujer, que llegó a comportarse como una suerte de cómplice de su propio calvario. Primero pudo moverse con cierta libertad dentro de la casa y luego salir a la calle. Nunca se le ocurrió escapar. Cuando llegaban policías u oficiales de libertad condicional para entrevistar a Garrido, éste la presentaba como su sobrina, hija de uno de sus hermanos, y ella no lo desmentía.

Entre los vecinos corrían muchos rumores sobre esa familia tan extraña. Nadie había visto embarazada a Nancy, pero el matrimonio tenía ya dos pequeñas hijas, que eran más parecidas a “la sobrina” que a la supuesta madre. Eso tampoco llamó la atención de la policía. Las dos nenas de “Alyssa” crecieron creyendo que eran hijas de Nancy, porque – años después dijo que lo hizo para protegerlas – Jaycee nunca les dijo la verdad.

Phillip y Nancy la dejaban moverse con libertad. Sabían que la tenían atada con algo mucho más poderoso que las esposas de metal: las cadenas de la dependencia psíquica. La habían convertido en una esclava sin voluntad de rebelarse. Así, Jaycee empezó a trabajar en un negocio de imprenta y fotocopias que abrió Garrido, diseñando tarjetas de presentación e invitaciones para fiestas y casamientos. Allí atendía a los clientes, tenía teléfono y una computadora conectada a Internet. Sin embargo, nunca se atrevió a denunciar nada ni tampoco trató de comunicarse con su madre. También colaboraba con Garrido en una misión que él mismo se había encomendado, la de creer que tenía un mensaje de Dios para entregar al mundo. Repartía folletos que ella misma diseñaba en la imprenta.

Fue ese delirio religioso de Garrido el que terminó abriendo las puertas de la libertad para Jaycee y sus dos hijas, de 11 y 15 años, el 26 de agosto de 2009, cuando pudo acercarse a uno de los policías en la Universidad de Berkeley y susurrarle: “Soy Jaycee Dugard”. Después explicó que se atrevió a hacerlo porque sus hijas Ángel y Starlet estaban con ella y no con Nancy en la casa.

Jaycee DugardJaycee Dugard posa junto a u madre Terry Probyn tras recibir el Hope Award en el National Center for Missing and Exploited Children annual Hope Awards in Washington, Tuesday, May 7, 2013. (AP Photo/Cliff Owen)

Una vida recuperada

Cuando se reencontró con su familia, Jaycee supo que nunca habían dejado de buscarla. Su madre descubrió que, además de poder abrazar a su hija perdida, también tenía dos nietas. Unos días después, su tía Tina contó cómo había sido el momento en que volvieron a estar juntos después de 18 años: “Reímos y lloramos juntas. También pasamos mucho tiempo sentadas, tranquilas, disfrutando la compañía de unas y otras”, dijo.

A los 29 años, con 18 de calvario sobre sus espaldas, Jaycee se propuso iniciar una nueva vida, no solo para ella sino también para sus hijas. Como parte de su proceso de recuperación, creó una fundación, JAYC, que busca acompañar a las familias que vivieron situaciones traumáticas.

El estado de California la indemnizó con 20 millones de dólares por los daños que sufrió debido a la negligencia de la policía y la justicia. Con ese dinero, Jaycee creó la fundación. Garrido fue condenado a 431 años de prisión y, Bocanegra, a 36 por el secuestro de Jaycee y el robo de identidad de sus hijas. A pesar de todo, Ángel y Starlet le pidieron permiso para visitar a su padre biológico en la cárcel. “Les he enseñado a tomar sus propias decisiones en la vida. En ese sentido, al ser su elección me parecerá bien lo que hagan”, explicó cuando le preguntaron si lo permitiría. Lo que le molesta, y dice cada vez que tiene oportunidad, es que la gente piense que no escapó antes porque sufría el Síndrome de Estocolmo. “No me gusta que la gente piense que he estado enamorada de él, simplemente es que no quiero albergar odio en mi corazón”, explica. A lo que Terry, su madre, suele agregar: “Tranquila, tengo odio suficiente para las dos”.

Como parte de su proceso de sanación y de recuperación de la identidad, Jayce Dugard escribió dos libros: Freedom: My Book of First y Una Vida Robada, en los que cuenta el aislamiento y la angustia que padeció el tiempo que estuvo secuestrada a manos de Phillip y Nancy Garrido. “Vivía en mi propio mundo. El abuso físico es todo lo que conocía, pero a medida que pasó el tiempo me acostumbré a todo tipo de cosas”, dijo durante la presentación del último, tratando de explicar por qué no había podido escapar cuando tuvo oportunidad. También se hicieron dos documentales sobre su caso, The Abduction of Jaycee Dugard, dirigido por Scott Holubek y estrenado en 2010, y Kidnapped for 18 Years: The Jaycee Dugard Story, un especial de televisión centrado en sus años de cautiverio y las fallas de la investigación policial.

por INFOBAE

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