«Los océanos se encuentran en un punto crítico»

Barcelona ha acogido esta semana la Conferencia del Decenio del Océano 2024, organizada por la Unesco, para definir el papel de la ciencia en la protección de los mares de todo el mundo, y preservarlos de acciones humanas como el cambio climático, la contaminación o la sobrepesca. La cita responde a un propósito global, el Decenio del Océano, que se ha marcado el plazo 2021-2030 para alcanzar las metas del Objetivo de Desarrollo Sostenible número 14 de la Agenda 2030.

La influencia de los océanos es fundamental para la vida sobre la Tierra, aunque en las últimas décadas estos han sufrido un alarmante proceso de deterioro. El mar se ha convertido en un gran vertedero, cada vez más cálido por efecto del cambio climático, una situación que amenaza con atrofiar al verdadero pulmón del planeta (los océanos capturan la mayor parte del CO2 emitido, además de producir oxígeno por medio del fitoplancton, que genera más de la mitad del oxígeno liberado a la atmósfera). Los datos de 2023, el último año del que se tienen registros, han disparado las alarmas en la comunidad científica.

«Los océanos se encuentran en un punto crítico, y estamos viendo señales recientes bastante preocupantes, sobre todo en relación con el cambio climático. 2023 fue un año extraordinariamente cálido en los registros de temperatura de la superficie del mar», expresa a RTVE.es Rafael González-Quirós, investigador del Instituto Español de Oceanografía (IEO) y delegado de España en la Comisión Oceanográfica Intergubernamental de la UNESCO, organizadora de la conferencia de Barcelona.

«Las temperaturas de 2023 son las más elevadas que se han registrado nunca, y con una diferencia de aproximadamente medio grado de media por encima de los registros anteriores», continúa, y explica que, «aunque medio grado puede parecer poco, de un año para otro es muchísimo, y hay que tener en cuenta que eso equivale a una cantidad de calor tremenda que ha absorbido el océano».

Este incremento desproporcionado de la temperatura coincidió con el fenómeno El Niño, que es cíclico y está relacionado con el calentamiento del océano Pacífico ecuatorial debido a un debilitamiento de los vientos alisios. Entre sus principales efectos, El Niño es responsable del aumento de las temperaturas a nivel global, además del agravamiento de fenómenos meteorológicos extremos. Los científicos reconocen que este fenómeno ha contribuido en parte a que los termómetros de la superficie oceánica se disparasen en 2023, aunque también descartan que este haya sido el motivo principal. «Se ha producido un incremento de la temperatura muy alto en el Atlántico norte, y no tenemos muy claro cuál es la conexión directa con El Niño. En episodios anteriores de El Niño no se había visto nada así», apunta González-Quirós, quien también dirige el Centro Oceanográfico de Gijón.

«Los organismos del océano generan más del 50% del oxígeno que respiramos, mientras que el océano ha absorbido el 90% del calor producido por el cambio climático. Si los mares se continúan degradando, hay señales de que algunos ecosistemas que almacenan grandes cantidades de carbono, como por ejemplo los manglares o las praderas de posidonia, acabarán liberando este carbono a la atmósfera, con lo cual no solo no van a dejar de ser una solución, sino que se van a convertir en parte del problema», explica este especialista.

Cambio de la circulación oceánica

La también oceanógrafa Carolina Gabarró, que desarrolla su trabajo en el Institut de Ciències del Mar, coincide al apuntar que «en 2023 hemos visto un calentamiento de las aguas sin precedentes, que nos está indicando que estamos en una situación de cambio global importante». «Aunque sin duda El Niño ha influido, nunca se habían visto unas anomalías semejantes» comenta a RTVE.es.

Gabarró ha dedicado una gran parte de sus investigaciones a estudiar el impacto del cambio climático en el Ártico, y destaca que este podría tener consecuencias nunca vistas a nivel global. «El calentamiento del Ártico podría provocar un cambio importante en la circulación oceánica, que implicaría un cambio en el clima global del planeta», mantiene.

Según describe, el aumento de la temperatura del aire y de las aguas oceánicas provoca que se derrita el hielo ártico y antártico, tanto marino como continental, y esto «hace posible un cambio en la circulación oceánica, que está guiada por la densidad de las aguas». «Esta densidad está definida por la combinación de temperatura y salinidad del océano. Si las cambiamos, estamos cambiando la densidad, y por lo tanto las corrientes», continúa, para aclarar que el principal factor que altera la salinidad marina es la aportación de agua dulce procedente de ese deshielo de los polos.

«No sabemos qué va a pasar, es algo que está en debate, pero cada vez hay más artículos científicos que confirman que se está produciendo una ralentización de la corriente global», añade, y subraya que «si las corrientes cambian, o cambia su velocidad, es muy probable que vaya a cambiar el clima en todo el planeta, lo que va a tener un impacto enorme en el ser humano», aunque en todo caso reconoce que en este proceso «aún hay mucha incertidumbre».

Recientemente, un estudio publicado en Geophysical Research Letters evidenciaba que el flujo de agua transportada por la corriente del Golfo a través del estrecho de Florida se ha ralentizado un 4% en las últimas cuatro décadas. Esta corriente oceánica desempeña un papel crucial no solo en el clima del Atlántico norte y de Europa occidental, sino también a escala global, por lo que su debilitamiento podría tener importantes implicaciones que añadirían aún más interrogantes a un futuro marcado por el calentamiento.

La corriente del Golfo forma parte de un sistema mucho mayor, conocido como «circulación de vuelco meridional del Atlántico» (AMOC, por sus siglas en inglés), que está compuesto por corrientes superficiales y profundas -la del Golfo es superficial-. En la actualidad, existe un gran consenso científico en que, a medida que el cambio climático se intensifica, la AMOC se debilita. Algunos trabajos apuntan incluso a un colapso más o menos inminente de todo el sistema, dando lugar a cambios climáticos trascendentales, como por ejemplo pequeñas glaciaciones en Europa.

El aumento de las temperaturas está provocando que se derrita el hielo ártico y antártico. GETTY IMAGES

Crecimiento de la economía azul

Sin embargo, aunque muy importante, el cambio climático no es el único enemigo de los océanos. La explotación de los recursos oceánicos, conocida como «economía azul», está creciendo a pasos agigantados, y no siempre por medio de prácticas respetuosas con el medio ambiente. «Según un informe de la OCDE, está previsto que la economía relacionada con el océano se duplique entre 2010 y 2030, en un momento en el que más o menos la economía mundial va a estar estancada. Y es cierto que la economía del océano está creciendo a esas tasas e incluso un poco por encima», manifiesta Rafael González-Quirós.

«Estamos aprovechando cada vez más el océano como una fuente de recursos, generadora de riqueza. Eso está muy bien, pero hay que hacerlo de forma sostenible», advierte, para apuntar a que esta explotación se ha convertido en un nuevo elemento de presión sobre los mares, aunque cree que «hoy en día tenemos suficiente conocimiento científico» para afrontar esta situación.

Así, los océanos de todo el mundo se ven acosados por múltiples amenazas, a las que hay que añadir otras como la contaminación por plásticos y químicos, la acidificación, la modificación de la línea de costa, la sobreexplotación de los recursos pesqueros, la presión turística, el impacto del tráfico marítimo, la pérdida de biodiversidad… Demasiados frentes abiertos para este medio tan frágil, maltratado sistemáticamente por un ser humano cuyo futuro depende en buena medida de su salud.

Por ello, uno de los ejes de la Conferencia del Decenio del Océano ha sido el de ofrecer un punto de encuentro entre la ciencia y la política, para que la primera guíe a la segunda a la hora de tomar las mejores decisiones en relación a la protección del medio marino. Sin embargo, este diálogo no es todo lo fluido que debería ser, por lo que «hacen falta estructuras de comunicación entre ciencia y política». «Podemos tener mucha información científica, y muy buena, pero si esa información no se traslada adecuadamente a las decisiones políticas, no sirve de mucho», recalca González-Quirós, quien cree que este proceso «debería hacerse más rápido, y de forma efectiva». «No es un problema exclusivo de los políticos, pero al final ellos son los que deciden, mientras que nosotros los científicos solo ponemos la información», reflexiona.