El día que el Conas se metió a mi casa para vigilar a un malandro

Cuando vives en un barrio de la Gran Caracas es probable que le temas más a los funcionarios de seguridad que a los delincuentes.

La figura del mandamás de los cerros de la capital se ha convertido en una especie de Robin Hood venezolano; roban y matan en otras zonas, cobran vacuna a comerciantes de lugares cercanos y más fechorías, pero a sus vecinos no los tocan, y hasta comodidades les ofrecen, siempre que no hagan nada que los delate o perjudique.

Contamos el caso de Marta*, quien hace unos días vivió un episodio de nervios y desesperación cuando unos funcionarios del Comando Nacional Antiextorsión y Secuestros (Conas) entraron a su hogar como Pedro por su casa, para vigilar a uno de los delincuentes más buscados del sector.

En ese momento, la vista panorámica que tenían de la zona pasó de ser una ventaja a ser una desgracia. Eran muchas las opciones que podían tomar los delincuentes si se enteraban, y todas daban vueltas en su cabeza.

«¿Van a creer que soy una sapa? Me pueden matar por eso… ¿Y si se vienen en grupo a matar a estos cuatro funcionarios? ¿Será que hay más allá afuera? ¿Y si les pido que se vayan?», pensaba Marta.

En un país normal, llamas a la policía cuando te sientes en peligro ¿Pero a quién llamas cuando es la misma policía la que te pone en riesgo? De todas formas, no podían usar los teléfonos, tuvieron que apagar las computadoras, estaba prohibido atender cualquier llamada. Ella y su hija estaban secuestradas por el mismísimo comando antisecuestros de la Guardia Nacional.

El hecho recuerda que en el 2018 la diputada Delsa Solórzano denunció que el Conas secuestró a un niño de tres años, como medida de presión para que se entregara su padre, quien presuntamente había cometido un delito.

Después de una hora de incertidumbre la hija se rebeló, y atendió una insistente llamada, ignorando las órdenes del Conas y justificando su acción con la preocupación que tendría su padre, si ya se había enterado de que los funcionarios estaban ahí.

No era su padre, era una vecina, que entre claves y monosílabas entendió la situación: había intrusos en la casa. Al principio pensó que algún delincuente se estaba refugiando allí, lo cual es común. Pero bastó enviar un mensaje a otro habitante, quien respondió haber visto entrar a «cuatro tipos con pinta de pacos», peor aun.

La buena noticia para Marta: Ángelo*, el delincuente que buscaban, ya estaba enterado. El Conas llegó a esa casa por la advertencia de que Ángelo había salido de su trinchera a visitar a su nuevo hijo; no había problemas, él sabía que entraron sin preguntar, no fueron invitados.

Quedaba claro entonces que no tomaría represalias contra la familia, y por la cercanía de su hijo, tampoco se enfrentaría en esa zona. Pero no había forma de avisarle a Marta. La situación dentro de su casa se prolongó por una hora más, hasta que uno de ellos recibió un mensaje a través del radiotransmisor.

Les ordenaron retirarse, «el sujeto» había sido visto en otro lugar, más arriba, en donde pocas veces la policía se ha atrevido a pisar. Era mentira, lo tenían como dicen por ahí, en sus narices. Pero la orden de retirarse fue evidencia de la influencia que tienen los delincuentes dentro de los organismos de seguridad.

Ahora Marta lo cuenta entre risas, pero conoce el miedo de tener en casa al enemigo, que debería ser tu amigo, reseña Caraota Digital