Así se fraguó la pesadilla de dos venezolanas víctimas de violencia machista

Un perpetrador actúa con mucha astucia hasta que logra tener posesión total de su víctima.  Una ola de manipulaciones, celos extremos y prohibiciones tan solo fue el inicio de una pesadilla que las envolvió lentamente hasta dominarlas sin escape. Desde adolescentes, enlazaron sus vidas a quienes más adelante sería su agresor.  Dos mujeres sumergidas en relaciones abusivas, violencia, maltrato psicológico, intento de violación y más, contaron su terrible experiencia para revelar la negligencia, el abuso de poder y promover un cambio en las políticas de protección como respaldo a estos casos.

A pesar de que el femicidio es una calamidad mundial, el registro oficial de estos crímenes es inexacto hasta la fecha. La violencia intrafamiliar es un tema común del que mucho se ha comentado anteriormente, pero pocas tienen el valor de hablarlo por diversas razones: Vergüenza y miedo a poner en riesgo el bienestar propio y el de sus seres queridos. La lucha para erradicar los abusos contra la mujer persiste. ¿Qué debe ocurrir para romper con el ciclo? La muerte no debe ser la respuesta.

“Al principio fue por celos“, así comenzó la desgarradora historia de Mercedes, quien por cuestiones de seguridad prefirió mantener su verdadera identidad en el anonimato.

Hace quince años, mientras se encontraba embarazada de una de sus hijas empezó la tortura psicológica y física que hasta la actualidad no la ha dejado dormir por las noches. Nadie la preparó para lo que enfrentaría con quien había decidido formar una vida.

El machismo de su expareja no vio con buenos ojos la decisión de Mercedes de trabajar en la calle. Sin escrúpulos, optó por vilipendiar su moral y su reputación, afirmando que “la mujer que trabajaba le monta cacho al marido“, y de esa manera iniciaron los maltratos. “Me decía que yo tenía hombres en la calle y empezó todo por celos, me seguía, me acosaba, me ofendía, me ponía como la peor mujer del mundo. Me amenazaba de muerte, muchas veces lo hizo”.

La violencia se hizo costumbre en esta conflictiva relación. El sujeto la golpeaba frente a sus hijas, la agredía verbalmente, incluso intentó violarla. “Buscó hacerlo, pero gracias a Dios no lo logró. En ese momento fui a Fiscalía, lo llamaron, lo hicieron firmar un papel y ya, ahí quedó todo”, expresó.

Las amenazas eran constantes. Para el agresor no fue suficiente el maltrato hacia su víctima y acudió a la vil artimaña de chantajearla con hacerle daño a sus pequeñas. “En las noches no dormía pendiente de que él me fuera a hacer algo, porque me daba miedo por mí y las niñas, porque me amenazó con hacerles algo”, manifestó.

Negligencia judicial 

Las autoridades ignoraron las primeras señales que arrojó Mercedes. Estaban conscientes de que corría un gran riesgo y aún así no hicieron lo suficiente para protegerla en ese entonces. “Me llegó a marcar, poco pero sí lo hizo. Estos casos sucedían como en temporadas de fiestas, y ya cuando iba y ponía las denuncias el forense no me veía porque estaba descansando. Cuando ellos tomaban el caso que me querían evaluar, las lesiones habían desaparecido porque eran muy pequeñas. Más que todo me halaba el cabello y se metía en el cuarto a darme golpes mientras dormía”, aseveró.

Cansada y atormentada después de seis años de atropellos, la venezolana tomó el valor de poner fin a su relación y ejecutó medidas radicales contra su atacante. “Llegó un momento que él me agredió en la calle, me ‘jaloteó’, me insultó y decidí ponerle un límite porque ya era demasiado”.

Su primer paso para salir de esa cruda situación fue buscar ayuda en la policía. Los llamados para el agresor iban y venían por parte de las autoridades y el expediente quedaba en una firma ineficaz. Todo cambió cuando la Fiscalía tomó acción y su caso llegó a tribunales. “Estuvo presentándose por unos meses y durante esos meses él estuvo tranquilo. No se metía conmigo”.

Al dejar de hacerle seguimiento, los maltratos volvieron. “Como al mes de haber terminado de presentarse, empezó otra vez a meterse conmigo verbalmente y una vez llegamos a los golpes“, acusó.

Las medidas de seguridad impartidas por la justicia venezolana no han frenado al ex de Mercedes de seguir con el acoso y el maltrato cada vez que puede. A pesar de las órdenes de restricción a su favor, Mercedes vive cada día al lado de su victimario.

“Vive conmigo en la misma casa y no me parece porque si él tiene unas medidas de seguridad y protección, no debería de estar allí”.

Proiuris

Un fenómeno silencioso 

Resulta inquietante cómo los casos de femicidios en el país mantienen una tendencia alcista a través de los años, sin políticas de Estado que eviten más dolor en las familias venezolanas.

Debido a que el Ministerio de Interior, la Fiscalía, ni los organismos policiales han publicado una data actualizada de los femicidios en Venezuela, la ONG Utopix se encargó de compilar cada caso mediante informaciones publicadas en medios digitales, y detalló en su más reciente informe que en los primeros cuatro meses del 2022 se contabilizaron un total de 75 femicidios en todo el país.

Esta cifra representa un aumento en la media de 1 femicidio cada 39 horas, donde los estados con mayor incidencia de casos son Carabobo, Anzoátegui y Distrito Capital.

Señales de un perpetrador

Cristina es otra venezolana que sufrió fuertes torturas en silencio. Más de 20 años de matrimonio junto a un hombre que cambió su conducta dócil por reacciones violentas en el momento menos esperado. Estas diferentes manifestaciones de agresión permanecen ocultas y generalmente, se desconocen. En este sentido, la población femenina lo identifica cuando es demasiado tarde. A dicha clasificación se le denomina “violentómetro” y no es más que una escala que representa los riesgos que protagonizan las mujeres hasta llegar a su punto más devastador.

Los perpetradores abordan a sus víctimas bajo perfil. Los primeros síntomas son: Descalificar sus opiniones, la intimidación, control de su apariencia y núcleo social, restricciones en el hogar, dependencia económica, prohibición de actividades laborales, disposición de los bienes de la víctima, acecho en redes sociales, irrespeto a la privacidad, celos excesivos, maltrato físico, psicológico y verbal, amenazas de muerte hasta llegar a su punto más atroz, el femicidio.

Según testifica Cristina, muchas de estas características las percibía como hechos “normales” en cualquier relación de pareja. La manipulación se hizo presente, estalló la agresión física y verbal, pero lo ocultó durante mucho tiempo por miedo.

“Sentí que mi vida corría peligro, las agresiones eran muy fuertes delante de mis hijos y tenía que darle un stop a esto. Era un mal ejemplo para ellos. Temí por mi vida ya que las agresiones se hicieron más drásticas. Ahora puedo reconocer lo que es el violentómetro y ya estaba en el último paso que era el femicidio”, declaró.

Al borde del abismo 

Los maltratos producto de la manipulación iban y venían constantemente. El plan despiadado de su ex, era sentirse imponente y que ella dependiera totalmente de él, negándole el derecho al esparcimiento. El núcleo familiar de Cristina lo asumió como una situación cotidiana y sin mayores preocupaciones hasta que las agresiones físicas se hicieron evidentes.

Cristina callaba delante de ellos por vergüenza. Ocultaba en reiteradas ocasiones el daño que le hacía su pareja. Cuando comenzaban las discusiones, le amenazaba. “Vamos a matarnos”, era el reto que le profería una y otra vez para que ella lo enfrentara y de alguna manera justificar su accionar.

Hay palabras que golpean y agresiones que dejan marcas tanto física como emocionalmente. Las secuelas de esta violencia hicieron de Cristina una mujer insegura, al punto de inducirla a una fuerte depresión.

“Me sentí sola, que no era nadie, abandonada, como desorientada, que no podía salir adelante porque tenía un apego con esa persona y uno crea inconscientemente esa dependencia. Los manipuladores más que todo se basan en eso, te cierran todos los caminos, no te dejan relacionarte con nadie. Uno depende totalmente de ellos, para caminar, para seguir avanzando”, expuso.

Vulnerable ante los abusos, detalló que su salud se vio afectada física, psicológica y emocionalmente. “Lo que hacía era llorar, encerrarme, de esa experiencia quedé padeciendo de la tensión porque la situación era demasiado fuerte. Cuando uno está en ese proceso le da mucha ambivalencia, se siente que lo que está haciendo es lo correcto para buscar la solución y darle fin a este ciclo de violencia, pero a la vez no, debido a la confusión de los sentimientos encontrados. Cuando hay hijos de por medio es la parte más difícil para uno poder tomar esa iniciativa”.

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Referencial | FreePik

Abuso de poder 

Al verse maltratada delante de sus hijos, con el apoyo de amigos y familiares, tomó la decisión de actuar por cuenta propia. Procedió a denunciarlo, pero en el camino aseguró que fue defraudada por las autoridades luego de acudir en reiteradas ocasiones para solicitar ayuda. Su exesposo es funcionario público y se encargó de sacar a flote sus influencias y cerrar todas las puertas en el caso. “Ha sido una batalla constante que todavía sigo luchando para buscar una solución, porque lo que quiero es tranquilidad. No quiero que esa persona me vea ni se acerque más. Sé que es difícil porque tenemos hijos en común, pero siento que es lo mejor”.

Asistió a la Fiscalía y la favorecieron con una medida de orden de alejamiento. También buscó respaldo en otros entes contra la violencia doméstica, que prefirió mantener en condición anónima por protección, donde fingían que se harían cargo. “Me ayudaban, pero no me ayudaban por las mismas influencias, pues ‘te ayudo, pero a la vez no puedo, porque estoy bajo una influencia’. Me dieron las medidas de protección, porque es lo correcto que debían hacer, pero siempre retrasando todo”, explicó.

Entre la demora, preocupación e incertidumbre, encontró amparo a través de una fundación que son especialistas en ayudar a víctimas de estos maltratos. Allí recibió las herramientas para soportar este amargo episodio y salir adelante junto a sus hijos. “Tuvimos parentalidad con otras víctimas. Eso fortaleció mi valentía y ver que no solamente era mi caso, sino que también le puede pasar a cualquiera. Me gustaría ser la portavoz (aunque no he salido de esta situación totalmente), buscar la manera de ayudar compartiendo desde mi experiencia, la fortaleza que he tenido. Quizás creen que no se puede, pero vale la pena. Sí se puede salir de esto”, alegó.

Punto de quiebre 

Cristina sacó la fuerza y la determinación para separarse definitivamente. El hecho de que tarde o temprano intentara acabar con su vida fue el detonante para que hiciera relucir su valentía y poder terminar de una vez con todas.

“Eran momentos de pelea, de violencia, estábamos en el mismo círculo de volver otra vez a lo mismo. Había amenazas de muerte sin importar el sitio donde estaba porque sentía que ya no tenía el control sobre mí. Cambiaba y luego venía sumiso. Estábamos en ese círculo de violencia hasta que pude colocarle una orden de alejamiento y yo misma hacerla cumplir para no tener ningún acercamiento a él y bloquearle todos los accesos que pudiera tener”, contó.

Sin duda fue la mejor decisión. Y así lo hace notar años después de alejarse. “Primero por mis hijos, porque no podía seguir dándoles ese ejemplo. Mis hijos fueron unos niños que traje al mundo de forma deseada y planificada, pero no para que vivieran en ese contexto. Hice lo correcto para ellos”.

Ha pasado tiempo desde la última denuncia y aún el caso sigue sin concluirse. Lo que es peor, porque la vida de Cristina sigue corriendo peligro a cada minuto que pasa.

“Gracias a Dios las agresiones no fueron hacia mis hijos, pero sigo temiendo por mi vida, porque a esta fecha he visto que todavía tiene acciones ya que no supera la parte afectiva que había en aquel entonces”, agregó.

Cristina aprovechó el cambio de 180 grados que tuvo y aunque mantiene algunos temores que aún ensombrecen sus días, encara los nuevos retos con muchas ganas de seguir adelante. “La vida es muy bonita y a uno se le presentan muchas oportunidades. La dependencia total que tenía de esa persona ya no existe, gracias a Dios”.

Una lucha que no acaba

Mercedes y Cristina desean promover a través de su experiencia un mensaje de motivación para aquellas mujeres que no se han atrevido a liberarse de su agresor. Ambas concuerdan que las víctimas de violencia intrafamiliar deben perder el temor y no esperar demasiado para clamar por ayuda. Instan a romper el silencio, indagar en la asesoría legal y buscar amparo de especialistas

“Que sepan que no están solas ni sientan vergüenza, porque es algo que no decidimos tener. Fue algo que se presentó, que sucedió, que surgió allí, pero tenemos el derecho y la oportunidad de salir adelante, llevar una vida tranquila y libre de violencia“, recalcó Cristina y agregó: “Tenemos que perder ese miedo, pensar que tenemos hijos y no queremos que sigan esa cadena de ese ciclo de violencia que se viene arrastrando de tantos años”.

Con todo, el llamado también es a las autoridades a abocarse a la protección de centenares de afectadas que deben lidiar con esta violencia doméstica a la espera de no resultar parte de una cifra mortal.

“Que los organismos tomen las leyes en serio y las pongan a valer. Muchas veces uno pone la denuncia y eso se queda ahí, no hacen nada”, acotó Mercedes.

Cada día, una mujer muere a manos de estos criminales. ¿De qué sirve que las maltratadas hablen si no serán protegidas?

Por: Elizabeth Gutiérrez y Luis Eduardo Martínez | lapatilla.com

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