Mibelis Acevedo Donís: Transiciones pactadas, «arquitectos grises»

Al reflexionar sobre lo ocurrido en Venezuela durante las últimas décadas, toca concluir que, en buena medida, la frustración acumulada responde a la disonancia entre la expectativa romántica y una realidad que exige abordaje pragmático, disposición a sacar máximo beneficio a lo escaso y disponible. El liderazgo opositor y la base social han oscilado repetidamente entre la esperanza del colapso mágico, el «quiebre inminente», el levantamiento popular decisivo y el rechazo a las negociaciones por considerarlas «entreguistas», no representativas del deseo e interés de las masas. Frente a esa visión, el chavismo en el poder demostró una resiliencia cimentada en el control militar y una represión sistemática que bloqueaba de antemano la vía revolucionaria tradicional, esa “toma del cielo por asalto” que asigna a la calle un poder casi numinoso. Hoy, varados en este interesante interregno al que nos trajo el 3E, podríamos decir que las circunstancias y motivaciones de los actores han variado, que se ha impuesto la lógica carnívora del realismo político, pero eso no ha menguado del todo la vocación por idealizar dinámicas que requieren menos sentimentalización, menos épica y más desempeño estratégico.

Lo cierto es que frente a esa discreta ventana de oportunidad que se abre para disolver el trastorno, será necesario volver al inevitable barro de la historia, negociaciones entre élites, concesiones dolorosas y un diseño institucional seguramente imperfecto pero proclive a la evolución. Recordar las cualidades a las que, según García Pelayo, todo político debe aspirar, resulta útil en ese sentido: saber qué se quiere, o conciencia de finalidad; saber qué se puede, o conciencia de posibilidad; saber qué hay que hacer, o conocimiento de la instrumentalidad; saber cuándo hay que hacerlo o sentido de oportunidad; saber cómo hay que hacerlo, o sentido de la razonabilidad. La “épica” que se erige en torno al liderazgo que opera en el marco de una transición, pues, está ligada a ese singular discernimiento, a la eficacia derivada de él. Lejos de gestas románticas, dichos procesos son obras de ingeniería alzadas sobre un terreno minado que toca desactivar continuamente. De allí que aceptar que el camino hacia la democracia estará lleno en nuestro caso de sombras, pactos incómodos, decisiones intervenidas por el tutelaje externo y actores moralmente cuestionables no supone capitulación a priori, al contrario; supone vencer los reduccionismos, tomarse la política con la gravedad que requiere, “enérgica doma de la propia alma” (Weber) y no mera exaltación romántica.

No perdemos de vista, claro está, la paradoja sociológica que surge a propósito de la lucha contra los autoritarismos. La impronta populista en los intentos de transición suele aparecer como reflejo de la inmadurez cívica y la dependencia histórica del mesianismo. Sociedades oprimidas, exhaustas por el abuso de poder y la percepción de injusticia, tienden a buscar la salvación en vengadores implacables, siempre polarizantes. Si bien la razón sugiere otros derroteros, el pathos lleva a anhelar un liderazgo que sea el envés del gobernante rechazado, sí, pero que al mismo tiempo comparta su fuerza avasallante, su probable carisma, la capacidad para invalidar a sus enemigos y reivindicar a quienes encarna. La mecánica de la transición obliga a entender, no obstante, que lo saludable es neutralizar esas apetencias signadas por la patología del ego, la visión de suma cero, el monopolio de la legitimidad; la incapacidad para leer al adversario, compartir el protagonismo o diferenciar la complejidad sistémica de los eventos lineales de causa-efecto. El molde de una democratización exitosa no tiene precisamente esos rasgos, no traza líneas rectas hacia la utopía, no es epopeya de un solo héroe ni mucho menos se ve favorecido por ese arquetipo. Se trata más bien de un ejercicio espinoso de reconstrucción institucional que mitiga el peso del personalismo y lo traslada al juego de equipo, a la cauta combinación entre presión, timing e idoneidad de las reformas y el acuerdo por condiciones para que los cambios se concreten.

Alimentar el mito de las transiciones como asalto frontal de un pueblo holístico que, guiado por su avatar, derriba el muro autoritario, poco o nada se ancla a la evidencia histórica, esa casuística que induce a separar el motor del volante, la chispa de la conducción. Ciertamente, la movilización ciudadana, protestas, huelgas y resistencia cívica jugaron un rol activo a la hora de generar crisis de gobernabilidad, elevar costos de la represión y quebrantar las adhesiones del bloque de poder en diversos países. Es el caso de Polonia, donde Solidarność y un carismático Walesa («no quiero, pero tengo que», solía decir) negocian con la cúpula del Partido Comunista, cediendo ante un acuerdo en principio claramente asimétrico, pero que fue germen de la gradual ocupación democrática del poder. De Sudáfrica, donde un líder tan popular como Mandela se unió a De Klerk para evitar que el país se encaminase a un baño de sangre sin ganadores, promoviendo las conversaciones de CODESA y el intercambio de justicia punitiva por verdad histórica y paz política. De Chile, donde las jornadas de protesta entre 1983 y 1986 coronan con una negociación de cara a elecciones y un reparto de cuotas de poder que lucía inaceptable para factores más intransigentes. De Portugal, donde el ímpetu revolucionario que casi desemboca en una dictadura de izquierda fue luego neutralizado por el pacto entre cúpulas militares moderadas y líderes civiles. O de Brasil, la fórmula diseñada por la propia dictadura militar, una «apertura lenta, gradual y segura», según rezaba la doctrina de Geisel y Golbery. Durante esos procesos documentados del siglo XX (la variable temporal pesa, la revolución tecnológica del siglo XXI plantea otros desafíos y dinámicas) el pueblo en la calle creó la urgencia, sí, pero no diseñó la salida.

Si nos atenemos al consenso académico sobre transiciones pactadas (O’Donnell, Schmitter), lo que podría esperarse como corolario del desgaste venezolano es el consecuente método para agilizar el cambio, la negociación cupular, la aceptación de coexistencia temporal con enclaves autoritarios. Aunque la idea luzca odiosa, toca reconocer que en los casos ya mencionados fueron las élites políticas, económicas y castrenses las que redactaron pactos, diseñaron amnistías, establecieron garantías militares, configuraron el nuevo sistema electoral. Las transiciones pactadas son, por definición, gestionadas desde el poder. En la Mesa Redonda de Polonia, los Pactos de la Moncloa en España o las negociaciones en el Centro de Convenciones de Kempton Park en Sudáfrica no fue un pueblo abstracto el que se sentó en las sillas. Allí acudieron delegados de las partes en conflicto (no siempre poseedores de legitimidad formal, pero sí de representatividad de facto) forzados por la coyuntura a dar curso al tipo de transacciones que una multitud enardecida jamás habría aprobado a mano alzada.

La transición pide, por ende, tanto ciudadanos con pies en tierra que auditan logros responsablemente, como políticos que domeñan su hambre, aptos para navegar un espacio público fragmentado reconociendo que no existe una sola «voluntad general», sino intereses contrapuestos que deben ser arbitrados mediante reglas claras. El triunfo está asociado acá no a la idea de una persona coronada por las masas en medio de un clímax heroico. La carga apunta hacia élites que, relacionadas hasta ese momento como enemigas, suscriben compromisos blindados por tecnicismos legales: la garantía de que, en lo adelante, el poder no será monopolio de un sector sino fruto del procedimiento institucional. Hablamos de decisiones profundamente pragmáticas, racionales y, desde una perspectiva moral estricta, quizás incluso insatisfactorias. Demostraciones, a la vez, del triunfo del posibilismo sobre la pureza.

La propia historia venezolana da fe de esas pautas, la perspicacia y plasticidad de los “arquitectos grises” en materia de construcción de bases funcionales para el largo plazo. Lejos de cometer el error de prolongar la patología histórica, de combatir el caudillismo con más caudillismo, la instauración de la era democrática más estable del país se logró gracias al manejo pragmático de Betancourt. A pesar de encabezar el partido con mayor arraigo popular y de su propio peso político, los errores del trienio le sirvieron para entender que la hegemonía de un solo partido o el personalismo precipitarían otro golpe militar. Prefirió el poder compartido, ceder terreno a sus rivales y crear un programa mínimo común, priorizando el diseño del naciente orden por encima del aplauso inmediato. Algo de esa razón práctica merece reivindicarse en esta hora marcada por la complejidad, en fin. El reduccionismo es una trampa propia de la inteligencia ciega, decía Morin, aquella que fragmenta la realidad, mutila el contexto, busca explicaciones unidimensionales. El principio dialógico, la capacidad intelectual para mantener unidas, interactuando en un mismo espacio, dos certezas que aparentemente se excluyen o contradicen, también resultará vital en nuestro caso.

@Mibelis

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