Un Estado débil fija los límites de lo posible en una transición a la democracia, pero no decide por sí solo qué se hace dentro de esos límites. Túnez y Egipto atravesaron en 2013 crisis políticas de similar talante -un polo islamista y un polo laico enfrentados, instituciones frágiles, asesinatos y protestas masivas, una economía deteriorada-, y sin embargo sus desenlaces fueron opuestos. En Túnez, los actores aceptaron un diálogo nacional y cedieron posiciones; en Egipto, la polarización terminó en un golpe. La diferencia no se explica solo por las condiciones de partida. Se explica, en gruesa medida, por la calidad de la lectura que hicieron las élites de la situación en la que se encontraban.
Mibelis Acevedo Donís: Sin Estado no hay transición (II)

Insistimos en lo que ya hemos afirmado: la ausencia de capacidad estatal condena a muchas transiciones al fracaso. Un problema con muchas aristas, pero con una variable distintiva que opera sobre ese terreno. Hablamos de la capacidad de las élites, de gobierno y de oposición, nacionales y externas, para leer el momento con sentido de realidad. Tal como lo describió Isaiah Berlin, el sentido de la realidad (que no equivale a resignación ni a cinismo) es una competencia política específica, distinta de la inteligencia, la erudición o la convicción moral, y cuya ausencia remite con frecuencia a escenarios de transiciones malogradas. Al no contar con ella, élites que se debaten entre la urgencia de legitimidad democrática y la gobernabilidad posible, fracasan de maneras típicas y simétricas, tanto aquellas que bloquean el cambio como las que lo exigen sin prestar atención a sus condiciones.
Sí: podríamos afirmar que en Venezuela esos déficits de lectura están repartidos generosamente entre actores relevantes; no obstante, la invocación al inmediatismo electoral merece una consideración más exhaustiva.
Para ello, volvamos a Berlin. En 1996, el politólogo e historiador de las ideas se preguntaba qué distingue a quienes poseen buen juicio político de quienes, pese a su inteligencia o saberes, fracasan una y otra vez en la práctica. Su respuesta es que no se trata de un conocimiento científico ni de una teoría aplicable mediante reglas, sino de una capacidad de síntesis: percibir una situación concreta como un conjunto de elementos que encajan o no entre sí, captar qué combinaciones son viables, qué puede hacerse con los datos disponibles, qué efectos tendrá una decisión, cómo reaccionarán los demás. Una destreza práctica más que una doctrina; de hecho, los grandes sistemas explicativos tienden a limitarla, pues inducen a ver cada situación como espejo de la teoría y no como lo que es. Recordemos además que Max Weber (1919) pedía al político pasión, sentido de responsabilidad y sentido de la proporción o distancia respecto de las cosas y las personas, oponiendo la ética de la convicción -ocupada de la pureza de la intención- a la ética de la responsabilidad, la que responde por las consecuencias previsibles; mismo sentido al que apuntaba Maquiavelo cuando pedía atender a la “verdad efectiva” de las cosas, no a la imaginación.
A expensas de esta tradición, podríamos deducir lo que un liderazgo de transición debe atender sin falta. Primero que nada, saber quién controla qué recursos coercitivos, administrativos, fiscales y simbólicos, y cuál es la correlación de fuerzas después, no sólo antes del cambio. Segundo, precisar la lectura del tiempo, qué debe ocurrir primero, qué puede esperar, cuánto demora construir cada paso y qué costo político tiene cada demora. Tercero, la lectura de la contraparte y de los terceros, entender qué quieren, qué temen, qué les permite cooperar y qué los mueve a sabotear, incluidos los sponsors externos. Por último, no menos crucial, la lectura del costo: qué se está dispuesto a ceder y qué no, distinguiendo el horizonte deseable del requisito exigido.
La literatura sobre transiciones permite, asimismo, identificar conductas que anticipan el fracaso de las élites. En este campo, el maximalismo, confundir el fin con el procedimiento inmediato y subestimar la secuencia, sigue siendo un dislate fatal que puede llevar a reformistas del régimen a aliarse con los duros y estrechar el margen de maniobra de los opositores moderados. Eso contrapuntea con el atrincheramiento dilatorio, el uso de la transición como dispositivo para permanecer. El despiste de los patrocinadores externos, la importación de plantillas sin entender las especificidades del terreno -ya sea elecciones rápidas, desarme institucional o reconstrucción, como ocurrió en Irak y Afganistán- abona también al naufragio. Son errores que se amplifican cuando las élites compiten por el poder antes de construir el marco que lo hará posible; o por la preferencia del tutor en vez de coaligarse entre sí, lo que convierte a dicho tutor en árbitro, y a las élites en clientes.
En Estados frágiles, los extravíos pesan más, pues no hay instituciones que amortigüen su costo. El mismo error de cálculo que con un Estado funcional puede corregirse en la siguiente elección, en un tribunal o en la administración rutinaria, acá se proyecta como crisis de seguridad, ruptura de la legitimidad o colapso del aparato.
Tras revisar experiencias de construcción de paz en los 90, Roland Paris (2004) sostenía que la liberalización política prematura -esto es, celebrar elecciones antes de contar con instituciones capaces de procesar la competencia- tiende a reavivar los conflictos que, en teoría, debía resolver. No se trata de afirmar que exigir elecciones sea un error, claro está, sino que exigirlas como sustituto de las condiciones que las hacen significativas, sin una ruta clara de cómo se gobernará el día después ni garantías para quienes pueden bloquearlas, es un déficit de sentido de la realidad. De eso dan fe casos como el de Angola, donde los comicios de 1992 se celebraron sin haber completado la desmovilización de las fuerzas armadas rivales; cuando Jonas Savimbi perdió, UNITA desconoció el resultado y la guerra se reanudó con mayor violencia que antes. En Bosnia, los comicios de septiembre 1996 consolidaron a partidos nacionalistas que habían hecho la guerra. En Irak, el ayatolá Alí al Sistani insistió en elecciones directas tempranas; pero al celebrarse en enero de 2005, a ellas acudieron los principales partidos suníes en boicot, lo que sectarizó el resultado y la Constitución posterior. Las de Haití, en noviembre de 2010, convocadas poco después del terremoto y durante un brote de cólera, acabaron en una disputa que solo se resolvió con intervención de la OEA. En Egipto, en un entorno donde el aparato militar y judicial permanecía intacto, el referéndum de marzo de 2011 y las parlamentarias que siguieron antes de contar con una Constitución dieron la victoria a quienes estaban mejor organizados, los Hermanos Musulmanes; saldo que al final fue revertido cuando el ejército depuso a Mursi en 2013.
Las crónicas del fallo ilustran el diagnóstico previo: élites que confundieron la urgencia con la preparación, la prudencia con la permanencia, tutores que confundieron sus propios moldes con la realidad del país. Casos exitosos como los de España o Sudáfrica quizás no tuvieron mejores élites en términos morales, pero sí actores que leyeron la fuerza, el tiempo y a la contraparte con más exactitud, y aceptaron concesiones dolorosas. El caso de Venezuela, con un Estado con capacidad de entrega erosionada, espera para pasar esa prueba. Para ello, lo ideal sería que los actores dejasen de llamar realismo a su propia conveniencia, o principio a su propia impaciencia.
Sin omitir la amenaza que la falta de un cronograma introduce -que el chavismo en el poder apele a la coartada realista de la permanencia- toca admitir que el inmediatismo electoral está operando como un importante déficit de lectura de la circunstancia. Los raquitismos en esta materia no han faltado. Se ignoró, por ejemplo que el tutor decidió priorizar la estabilidad y la cooperación petrolera, y trabajar con el aparato existente; un liderazgo con sentido de realidad habría tomado esa preferencia más como dato central que como contingencia por revertir. La tensión sobre quién representa a la oposición, si una dirigencia con legitimidad invocada o una negociadora escogida por el tutor, sigue sin resolverse; fragmentación que es, en sí misma, una forma de fracaso de lectura.
Si bien las alternativas no sobran para una oposición sin leverage, podrían considerarse algunas vías para una incidencia constructiva y que trascienda el “modo campaña”. Apuntar a fijar fechas que dependan de hitos verificables y con consecuencias, por ejemplo, un calendario público tentativo y con condiciones institucionales medibles; convertir la presión electoral en agenda de gobernabilidad creíble, acompañarla de un plan de soluciones concretas; leer al tutor sin depender de él, asumir sus intereses y relojes como datos, diversificar el acompañamiento y buscar respaldo bipartidista que sobreviva a la alternancia en Washington. Hay allí además una tarea no menos crucial: hacer pedagogía, explicar el tiempo de los cambios a los ciudadanos. Huntington advertía que la brecha entre expectativas y capacidad es lo que erosiona a las democracias nuevas. Un liderazgo realista, no demagógico, sabrá gestionar tal brecha, diciendo la verdad sobre cuánto tomará construir cada pieza de esa armazón.
@Mibelis
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