Mibelis Acevedo Donís: Posdemocracia: ¿ciudadanos o seguidores?

Las elecciones brasileñas y su parcial desenlace, la segunda vuelta que disputarán un político dinástico, Flávio Bolsonaro (47,03% de votos) y un líder curtido, carismático y del cual hoy depende casi enteramente el PT, Lula da Silva (45,16 %), dan fe de un fenómeno que se replica en otros países de la región y el mundo: la creciente tendencia de los votantes a favorecer discursos más pragmáticos y de derecha, incluso en su versión más extrema (una derecha antisistema, antipolítica, no pocas veces autoritaria). En ese sentido, el resultado legislativo es aún más elocuente. El Partido Liberal sería la primera fuerza del Senado, con 28 de los 81 escaños y dos de los diputados más votados de la historia del país, los jóvenes influencers Nikolas Ferreira y Lucas Pavanato, con más de tres millones de votos cada uno… ¿Acaso la posibilidad de realización del ideal democrático se ha roto sin remedio; algo que cristaliza en cinismo, este bostezo pospolítico que eleva al entertainer por sobre el estadista?

De entrada, toca reconocer que el sistema brasileño funciona con eficacia notable: escrutinio electrónico casi inmediato, abstención del 21% (relativamente baja, aun considerando la variable del voto obligatorio) y un expresidente condenado a 27 años por intentar un golpe de Estado tras su derrota en 2022. La maquinaria electoral y judicial ha hecho hasta ahora lo que se esperaba. Todo ello condiciona los abordajes e incorpora matices a la hora del análisis. No es el procedimiento lo que luce roto en este caso (como sí pudiera esgrimirse en el caso venezolano o nicaragüense), sino la antropología que el ideal democrático presupone. Hablamos de ese sujeto que delibera, pertenece a organizaciones, comparte un mundo de hechos con sus adversarios y exige cuentas. Así, lo que aparece erosionado a nivel global es el sustrato histórico que fabricaba ese sujeto (el partido de masas, el sindicato, la parroquia, el periódico nacional, la escuela pública) y no tanto el marco axiológico que lo sostenía. Peter Mair describió ese vaciamiento como el repliegue de los partidos de la sociedad hacia el Estado. Siendo así, más que una cura expedita y circunstancial, se trata -otra vez- de reconstruir las instituciones que producen ciudadanos.

Al respecto, Giovanni Sartori y Colin Crouch acertaban en sus diagnósticos. En Homo videns, Sartori anuncia su temor de que el dominio de la imagen empobreciera el pensamiento abstracto y desplazara a la palabra como fundamento de la opinión pública. Su esquema suponía un emisor (la TV) y una audiencia. Actores como Ferreira y Pavanato no aparecen en un medio: son el medio. La desintermediación es acá aún más radical que la videopolítica, porque desaparecen a la vez el editor, el partido y el filtro. Bernard Manin ya había anticipado esta deriva con su “democracia de audiencia”, una en la que el líder se dirige directamente al votante; y, sin duda, las plataformas digitales llevan ese planteamiento al límite.

Crouch, por su parte, describe como Posdemocracia aquellas formas democráticas intactas con vitalidad vaciada. Esto es, ciudadanos pasivos ante un espectáculo gestionado por equipos profesionales, mientras las decisiones se negocian con élites corporativas. Los casos del italiano Beppe Grillo (cómico), Trump en EE.UU. (televisión), Milei en Argentina (comentarista y redes) y Ferreira en Brasil comparten ese patrón, el de la audiencia que se convierte en electorado. Pero en el Brasil de 2026, como en la Francia de los Gilets Jaunes en 2018 o la Rumanía de Georgescu en 2024, se advierte una paradoja. El sujeto no aparece exactamente como ente pasivo, sino hiperactivo: comenta, comparte, ataca, vota en masa, pero sin lograr incidencia institucional. Ha perdido no la actividad, sino la agencia. Jodi Dean habla en este caso de un “capitalismo comunicativo” en el que las expresiones pasan a funcionar como mercancías destinadas a generar más tráfico y engagement: la circulación incesante de mensajes sustituye a la respuesta institucional, de modo que cada contribución se pierde sin producir efecto político. La posdemocracia de la atención no genera apatía, pues, sino participación sin poder.

Topamos allí con un nuevo sujeto político, uno que muta de ciudadano a seguidor. El consumidor clásico de política distinguía entre ofertas cada ciclo electoral; el seguidor mantiene una relación continua, íntima y gratuita con un personaje. Horton y Wohl llaman “interacción parasocial” a esa familiaridad unilateral con figuras mediáticas que hoy figura como el modo dominante de relación política. Afiliarse o votar ya no es el gesto elemental, lo es seguir y dejar de seguir, una política organizada como suscripción que convierte la lealtad en consumo de identidad.

A ello se suman el voto expresivo y la polarización afectiva. Un voto individual rara vez decide, de modo que su valor es más expresivo que instrumental. Las redes abaratan esa expresión y elevan su recompensa social; la política, como sostiene Lilliana Mason, se vuelve entonces identidad. Recordemos además el impacto de las corrientes “anti”, la construcción de identidad negativa, lo que hace que se vote más contra una pertenencia que a favor de un programa. Algo que, definitivamente, no se explica solamente por esa quiebra objetiva de expectativas en torno al bienestar que identifican sondeos como el de Latinobarómetro.

Como antes hemos sostenido, la política exige un mundo compartido sobre el cual discrepar. La personalización algorítmica produce hechos dispersos y, con ello, la desaparición del objeto común del desacuerdo. Habermas lo planteaba en 2022: cuando cualquiera es autor sin filtro editorial, la esfera pública se fragmenta en espacios semipúblicos sin carácter deliberativo e inclusivo. El periodismo aparece aquí menos como profesión que como infraestructura democrática en crisis. Hay indicios que no resultan menores en este contexto: en Brasil, ninguna encuesta anticipó el resultado, y Datafolha daba a Lula el 45% de votos válidos frente al 40% de Bolsonaro. También los instrumentos con que la democracia se mira y se mide van perdiendo conexión y foco sobre su sujeto.

La democracia, entendida como institucionalización de un lugar vacío, el del poder que nadie puede ocupar definitivamente (Lefort), se enfrenta al intento del populismo de llenarlo con un cuerpo. La política digital -amén de una privatización de la soberanía sobre la esfera pública, polis sin rendición de cuentas, un inopinado sentido “de la obediencia” (Dani Alves dixit) y una agencia delegada («no soy yo, es el Espíritu»)- añade intimidad: vida cotidiana, video doméstico, “sin filtros”. La autenticidad performada se convierte en criterio de legitimidad, y las instituciones, impersonales por definición, aparecen como encubrimiento (Flávio Bolsonaro prometió, de hecho, escoger jueces que no “interfieran” en las elecciones, y recordó que el próximo presidente podrá nombrar a cuatro de los once magistrados). La contrademocracia de la desconfianza se vuelve así plebiscito permanente contra los jueces y la prensa.

Buscar soluciones para los males de la democracia líquida, en fin, exige sopesar la complejidad del problema y las limitaciones que encarna. La democracia no es un organismo enfermo que mañana volverá a estar sano, sino una práctica inacabada que depende de infraestructuras que cada generación debe reconstruir. Al respecto, y si bien no prometen ser infalibles u operar a gran escala, hay algunos caminos viables. Reinventar la función periodística de cara al nuevo paradigma tecnológico; intentar cambiar lo que optimizan las plataformas a través de algoritmos de bridging, que premian lo que aprueban públicos opuestos y fomentan una lógica distinta a la del engagement, por ejemplo. O introducir “lentitud” con poder real, como hacen las asambleas ciudadanas por sorteo (Irlanda, 2016-2018), capaces de devolver deliberación y agencia, aunque funcionen a escala reducida. Otra vía -pertinente en el caso de Venezuela, donde el sistema ha diezmado el tejido institucional- es reconstruir organizaciones, no solo canales. Tufekci demostró que los movimientos digitales movilizan rápido pero carecen de la capacidad organizativa que antes favorecía la construcción lenta. El reto es crear cuerpos intermedios que den a la gente una tarea, una pertenencia, una responsabilidad.
A sabiendas de que la democracia es más que un conjunto de reglas, y que presupone capacidades entre quienes la ejercen, quizás lo irreversible es la forma histórica en que el siglo XX produjo ciudadanos: instituciones sólidas y medios masivos jerárquicos, a expensas de una escasez de canales que ya no existe y que no deberíamos empeñarnos en restaurar. Lo que sí sigue vigente y exige reconstrucción es el principio de que la soberanía popular necesita instituciones formativas. Ya no una herencia que se recibe, sino una tarea que hay que diseñar a consciencia. Que la democracia se realice plenamente nunca fue posible, como recordaba Sartori; así que lo que está en juego hoy es quién administra su déficit, si las instituciones públicas o las plataformas privadas.

@Mibelis

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