En entrevista con Jorge Olavarría para el Programa «Historia Viva» (Venevisión, 1995), el dramaturgo José Ignacio Cabrujas afirmaba que “Venezuela tiene la inmensa catástrofe de contar su historia de una manera moral. Es decir: este es bueno, este es malo”. Prueba de esa propensión es que hicimos de Bolívar un ser “todopoderoso, la bondad infinita, un hombre que no cometió un solo error, impoluto”; pero no se dice “que jamás concedió un indulto”. Si bien señalaba que, dada su compleja circunstancia, “pasarle esa factura resulta muy difícil”, habría que admitir que el héroe “no tuvo capacidad de perdón”.
El hilo de aquella conversación conecta con debates que seguimos dando en pleno siglo XXI. Las nociones absolutas malogran la posibilidad de comprender a fondo las dinámicas sociales y sus actores, de diseccionar matices y atascos; de discernir situaciones, motivaciones, causas y efectos, aquello que condiciona la acción del sujeto histórico. Esa condena o absolución que omite el contexto, la del sesgo presentista, nos priva además de la necesaria visión diacrónica, roba profundidad y textura a la figura histórica, la des-humaniza, la vuelve una caricatura. (En ese sentido, conviene diferenciar la Historia -en tanto disciplina que procura el conocimiento objetivo y general del pasado- de la Memoria, una estimación inherentemente subjetiva, parcial, siempre mudable.)
Pero volvamos al episodio en cuestión. Cabrujas va un poco más allá en su intento de deconstrucción del mito, al señalar que otros personajes han sido presentados como “el diablo” cuando, con más ponderación y menos arrebato («sine ira et studio», como recomendaba el historiador romano Tácito en sus Anales) debía analizarse su impacto como parte constitutiva de nuestra historia. De cara a ese ejercicio sereno e imparcial de valoración del pasado, no podemos explicarnos “ni le podemos explicar el país a nuestros hijos sin un Juan Vicente Gómez”, por ejemplo. “Es una necesidad”.
Al margen de la afinidad o no que despiertan tales posturas, la reflexión sobre esa tendencia a moralizar el registro del pasado (y con ella, el ejercicio del poder en presente) resultaría, insistimos, particularmente pertinente en estos tiempos. La contraposición entre seres de carne y hueso, hombres forjados y forzados por su circunstancia, pero convertidos en virtud del storytelling en representaciones del “héroe” o el “monstruo”, luz y oscuridad, ángeles y demonios, no deja mucho margen para la valoración realista de los grises y su aporte en la búsqueda del equilibrio.
Paradójicamente, el escritor de telenovelas lo sabía mejor que nadie. Contar una historia es más efectivo si se apela a la clave sentimental, la eliminación de complejidades, el retrato de personajes con conductas “sin medias tintas”, gente “sin pelos en la lengua” (¿habrá otra condición más antipolítica?); caracteres bidimensionales, despojados de esa profundidad que afina la percepción y el análisis. Los mitos surgen también de la necesidad de cohesionar percepciones mediante la exacerbación de virtudes, el borrado de máculas, el emponzoñamiento de rasgos de los antagonistas; mediante la anulación de contradicciones propias de la naturaleza humana para presentar versiones planas no sólo en lo descriptivo sino en lo ontológico, hechas a la medida de los sesgos y atajos cognitivos de las audiencias. Algo que, en las últimas décadas, ha signado la aproximación a la esfera pública, allí donde el desplazamiento ha ido desde la deliberación racional basada en argumentos hacia la mera sentimentalización.
“Lo atacas porque lo odias” … “la criticas porque la envidias”. “¡Traidores!” … “La lucha es contra una alianza diabólica”. “Él es nuestro salvador”. “El pueblo ama a…” “Nunca amará al otro, el farsante” … “Es ahora o nunca”. «Con el mal no se habla». “Mis seguidores están hoy más enamorados de mí”. Frases que, compartidas incluso en apps prestas a gestionar “el amor de los votantes”, seguramente no habría desperdiciado Alexandre Dumas para aliñar los diálogos de “El conde de Montecristo” o “La reina Margot”. Sí, vivimos la era de la
política del folletón. Tiempos emocionales, exaltados, fecundos en tejemanejes, idas y venidas; dignos de contarse en entregas, esclavos del “
cliffhanger” y la compulsión del clímax. Un fenómeno que no es meramente estético, sino que redefine la realidad política no como gestión de intereses o visiones de mundo, sino como campo de batalla emocional donde el resentimiento opera como motor principal de movilización.
Política
Nos referimos, claro, a ese rencor, ese re-sentir duradero, incesante, esa reconfiguración existencial profunda a la cual se refería Nietzsche en su Genealogía de la moral (1887). Una nacida de la sensación de impotencia, de la búsqueda de compensación mediante la creación de una escala reactiva de valores, la transvaloración. Así, a diferencia del «espíritu fuerte» y su moral activa, dice Nietzsche, el sujeto impotente sufre los cuerazos de la realidad. Esa emoción que corrompe desde adentro se manifiesta entonces como memoria hipertrófica del agravio. En este punto, y a fin de sobrevivir psicológicamente, opta por una solución peligrosa: convencerse de que la debilidad no es defecto, sino una elección moral, una virtud.
El proceso sigue entonces la lógica binaria que conocemos de sobra. La búsqueda de una verdad compartida es reemplazada por el consenso emocional. Convertido el resentimiento en herramienta estratégica, el sujeto político ya no se define por aquello que propone, sino por el agravio que ha sufrido. La acción política se ve reducida por esta vía a la búsqueda de venganza simbólica contra un enemigo percibido, más que a la solución técnica y concreta de problemas estructurales. En terreno cultivado por identidades políticas cada vez más excluyentes, la sentimentalización está jugando un rol clave, sin duda.
Sus mordeduras están a la vista. Por un lado, echando mano de una narrativa simple pero efectiva, pensada para eliminar la ambigüedad y reforzada por el carisma de quienes llenan vacíos de fe en una civilización sin dioses, el mundo tiende ahora a ser presentado y dividido en categorías estancas. Lo sagrado ha vuelto disfrazado de populismo, de
pathos salvador y díscolo; de caos, teatralidad y choque. Por otro lado, los ánimos se hacen proclives a esa reducción moralista que el dramaturgo asociaba a nuestra visión de la historia: la acción humana, lejos de ser analizada bajo criterios de eficacia y responsabilidad, se diluye en la mentada dicotomía de “buenos” y “malos” que también contagia y disloca a los medios de comunicación, que hace del periodista-narrador otro personaje del melodrama. Frente a eso, la anulación del debate político es llegadero del cual es difícil librarse. Si el otro es “malo”, si sentimos que ha contribuido directa o indirectamente con nuestra impotencia y sufrimiento, sus posturas y argumentos no merecen ser escuchados, sino erradicados. Las ideas, esas saetas incómodas, ya no cuentan; lo que cuenta es la calidad moral del interlocutor, su “energía”, su presencia benefactora y disruptiva.
En medio de coletazos que definen la política de estos tiempos, la afectada por algoritmos que premian la indignación y el frenético “engagement”, la Venezuela del siglo XXI, tan distinta y tan parecida a la del XX, brega con sus propias rémoras. ¿Qué amenazas conlleva el agobiante drama de identidades, esta lucha moral absoluta? Entre otras cosas, el despojo de herramientas indispensables para que la ciudadanía gestione la transacción democrática. Recuperar esos centros de gravedad que nos permiten evaluar opciones sin sentir que dejamos de ser “buenos” o que somos infieles al elenco con el que nos identificamos, será esencial de cara al largo, intenso, complejo capítulo que está escribiéndose.
@Mibelis