Mibelis Acevedo Donís: Perdón político, confianza, institucionalidad

En “Hacer el mal: Un estudio sobre nuestra infinita capacidad para hacer daño” (2019), Julia Shaw recordaba los estudios de Martin Reimann y Phillip Zimbardo sobre dos procesos protagónicos en dinámicas asociadas al “lado oscuro” de los encuentros sociales: desindividuación y deshumanización. La desindividuación tiene lugar cuando “nos percibimos como entes anónimos”: la persona deja de pensar en sí misma como individuo y se funde como parte anónima en un grupo, lo que la lleva a sentir que no es responsable de su conducta. La deshumanización, conectada con sentimientos como la rabia y el miedo, ocurre cuando dejamos de ver a los demás como seres humanos para considerarlos como menos que humanos. “Los autores también explican que la deshumanización es una catarata cortical. Una percepción borrosa en la que dejamos de ser capaces de ver en realidad a los demás”.

Podemos entender esto cuando hablamos de los “malos”, dice Shaw, “una afirmación que deshumaniza. Asume que existe un grupo homogéneo de individuos que son ‘malos’ y que son diferentes de nosotros. En esta dicotomía, por supuesto, somos ‘los buenos’, un grupo diverso de seres humanos que toman decisiones éticamente sólidas”. La división del mundo en buenos y malos, propia de visiones tendientes a la exclusión del distinto y la hegemonización, ha degenerado en argumentos inquietantes, como afirmar por ejemplo que aquellos que eran perseguidos “no eran ‘malos’, sino que ni siquiera llegaban a ser humanos”.

Recordar episodios de la historia teñidos por semejante descarrío, guerras y formas de sometimiento excusadas por la supuesta incompatibilidad moral entre seres humanos, nos lleva por dramático contraste a pensar en procesos de reconciliación y perdón que han reparado lo que esas mismas sociedades consideraron insalvable. Hablamos de perdón político, claro está, quizás uno de los conceptos más complejos y difíciles de tramitar a la hora de emprender procesos de transición a la democrática. Distinto al perdón moral o religioso, ese que se restringe a la esfera íntima entre dos individuos, el perdón político afecta lo público, lo colectivo. No procura la reconciliación afectiva “porque sí” entre personas enfrentadas por causa de sucesos que dejaron heridas profundas, sino la restauración de la confianza cívica, la posibilidad de una convivencia precedida por la norma, lo institucional.

No en balde Hannah Arendt sostenía que, allí donde hay posibilidad de sanción proporcional y justicia, allí donde el mal ya no puede destruir el marco mismo de la humanidad ni la comprensión generar tensión con la rendición de cuentas, el perdón es la única facultad que permite a las sociedades liberarse de la irreversibilidad, la carga paralizante del pasado. Y es que la acción humana, explica, viene acompañada de un rasgo trágico: una vez ocurre, es imposible deshacerla, nos atrapa en sus efectos. Hay allí una emboscada que suele empujarnos a revivir permanentemente el trauma, a sumirnos en una dinámica infinita de reacciones, venganzas y represalias.

Sin ser liberados “de las consecuencias de lo que hemos hecho, nuestra capacidad de actuar quedaría, por así decirlo, confinada a un solo acto del que nunca podríamos recobrarnos; seríamos para siempre víctimas de sus consecuencias». Operando en conexión con la promesa, eso que nos protege de la incertidumbre del futuro, el perdón surge entonces como respuesta a la trampa, como alternativa a la predecible necesidad del desquite y el mantenimiento del ciclo natural de la acción, dando fe de la capacidad humana de iniciar algo nuevo. Visto como acto político invoca, por tanto, esa dimensión del «entre-nosotros», requiere de la presencia de otros, del activo contraste, allí donde la identidad propia también adquiere sentido. Es lo que permitirá que los ciudadanos sigan actuando juntos a pesar de los errores cometidos, lo que mantendrá la funcionalidad de una esfera pública no exenta de nuevas disonancias y choques.

Sudáfrica, Alemania, España, Irlanda del Norte, Ruanda, entre otros ejemplos. En el marco de democratizaciones y gestión de procesos de paz, el perdón político figura, ciertamente, como un compromiso pragmático, la decisión consciente de eludir la dicotomización moralista que ha separado a “buenos” y “malos”, “patriotas” y “apátridas”, “verdaderos” y “falsos”, todo eso que conllevó a la desindividuación y la deshumanización. Se trata de la disposición a no permitir, en fin, que las ofensas, dislates y heridas del pasado dicten el diseño del futuro. Es importante insistir en esto: el perdón político no requiere necesariamente un «sentir» afectuoso hacia el adversario, sino una voluntad de coexistir en el desacuerdo. Tal como se desprende de los informes de Mark Salter y Zahbia Yousuf en 2016 como parte de la serie Accord Insight, la reconciliación no debe ser vista como un concepto «blando» o puramente emocional, sino como movida estratégica para reconstruir relaciones dañadas por el conflicto y la violencia.

Salter menciona dos tipos de relaciones que corresponde reparar. Relaciones horizontales, entre personas y grupos de la sociedad; y verticales, propias de esa interacción entre ciudadanos e instituciones enriquecida por la confianza cívica. Una sanación que puede verse impulsada, además, con enfoques de «adentro hacia afuera» (Middle-out), no sólo desde élites hacia las bases o desde el seno de las comunidades, gracias a intermediarios, líderes sociales o comunitarios que puedan «escuchar hacia abajo y hablar hacia arriba”.

¿Cabe pensar que tales fórmulas pueden aplicarse al caso venezolano? Es lo ideal, aunque lo cierto es que trajinamos con lastres que complican el abordaje. Hablamos por ejemplo de la fragmentación de la esfera pública, esa gresca encarnizada entre “verdades” paralelas que, gracias al feudalismo comunicativo, promueve la parálisis, la dificultad para hablar, actuar juntos y concertadamente, para imaginar un horizonte compartido. Seguimos tropezando con los síntomas que describía Julia Shaw. Años de una retórica que restringe la pugna por el poder a mera confrontación existencial, persiste en naturalizar la construcción de identidades políticas sobre la base del rechazo absoluto al distinto. Hablar de perdón se ha vuelto así capitulación, traición imperdonable a la tribu.

La erosión de la confianza horizontal y vertical opera acá como traba, un inconveniente que no es menor, pues si algo requiere el perdón político es de instituciones confiables. Mientras reine la percepción de que el sistema contribuye con la reproducción de las condiciones del conflicto, y aún cuando, en suerte de “mea culpa”, se hable de reconocer y corregir errores pasados, la posibilidad de que el Estado actúe como árbitro parece elusiva. Sometido por la precariedad y la incertidumbre en materia de reglas de juego, es difícil para el ciudadano común priorizar la reconciliación por sobre la supervivencia o el deseo de retaliación. En el marco del “nuevo momento político” y de la saludable promesa de una reforma completa del Estado, harán falta hechos, acciones significativas con resultados tangibles y oportunos para superar la desconfianza.

A sabiendas de que la vinculación cotidiana en las bases facilita la cohesión, es lógico pensar que romper esos ciclos depende sobre todo de construir “corriente arriba», de fomentar procesos de micro-reconciliación en el tejido social. Es así, pero nuestro caso pide todavía más: un llamado a la responsabilidad de élites en materia de superación de esa irreversibilidad, de esa carga paralizante del pasado. El perdón, no una imposición romántica sino máxima expresión de realismo político, resulta acá ineludible para quienes comprenden que, en una nación fracturada, la opción más inteligente es reparar puentes, no empeñarse en compartir la “belleza” del abismo.

@Mibelis

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