“Cada uno aprende sólo aquello que puede aprender;
el que sabe aprovechar el momento oportuno
es el verdadero hombre”.
(Goethe, “Fausto”)
Con inopinados virajes y aceleraciones en espacios de tomas de decisión que antes del 3E parecían tragados por la inercia, el “día después” sigue su curso en Venezuela. En lo que algunos califican como cambio gatopardiano, una “evolución dentro de la misma causa” en tanto persiste una lógica y una estructura de poder dirigida por un elenco harto conocido, asoman sin embargo algunas movidas interesantes. Se trata, por ahora, de respuestas más cercanas a la necesidad de adaptación a intereses estratégicos bilaterales que al compromiso inmediato con una incierta democratización. Un condicionamiento que, sin embargo, perfila oportunidades en el largo plazo. La situación invita a seguir reflexionando, a compartir consideraciones sobre la intensa marcha.
1.- “Vender el alma al diablo” supone para el desprotegido deudor una vida en riesgo. En este punto, sin embargo, vale recordar a Weber cuando afirma que la política implica «pactar con los poderes diabólicos», refiriéndose a la naturaleza ineludiblemente violenta y trágica del poder político: “quien se mete en política, quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo”. Violencia y coacción, desplegadas por quienes pueden imponer su voluntad dentro de una relación social signada por lo asimétrico, lo fáctico, no son elementos ajenos a una historia en la que actores que se creían con sobradas ventajas terminaron fuera de la ecuación final, y viceversa. El forzoso acomodo y “obediencia” a la figura del tutelaje externo hoy pone a unos y a otros a conciliar sus inocultables contradicciones.
Las amenazas para los distintos actores no se anulan, en fin; se redimensionan. Operar en estos terrenos movibles sin cálculo realista de consecuencias ni conocimiento de las motivaciones e intereses de rivales y socios, presagia una posición indeseable. Quedar al descampado como quedó el célebre doctor Fausto (cuya imprudencia Christopher Marlowe compara con la de Ícaro); aferrarse a la intransigencia moral en desmedro de la eficacia política, de nuevo deja ver una seria debilidad estratégica. El deseo desesperado del personaje que luego desarrolla Goethe, la necesidad de trascender y calmar la sensación de vacío en la que lo sumergió su propia obsesión, resulta al final una trampa.
2.- Lo “atado y bien atado”: un caso, el de España, reaparece como un referente útil para Venezuela. La muerte de Franco, el “hecho sobrevenido”, figura como uno entre muchos hitos relevantes en un largo y complejo camino hacia la transición; camino y desenlace que desmantelaron incluso la meticulosa previsión del dictador. La renovación institucional adoptada a partir de 1959 a fin de rescatar a una economía «al borde del abismo» empezó a sentar bases de la democracia por venir. La mudanza gradual de paradigmas aupada por el propio franquismo, sin búsqueda a priori de cambio político o sustitución de nóminas, fue crucial. La reforma del Estado, la modernización del entramado legal, la progresiva transformación cultural aprovechada por la sociedad española para ganar agencia, sirven de guía en cuanto a lo que conviene incentivar: esas adecuaciones estructurales internas que habiliten la participación de actores democráticos y den piso a demandas cada vez más elevadas. Hablamos de esas nuevas reglas que a los venezolanos interesa “atar y bien atar” en aras de los intereses nacionales. El por qué del “democratic backsliding”, regresiones democráticas recientes como la de Nicaragua en 2006, los frutos de la expansión del poder ejecutivo más allá de los controles y contrapesos provistos por otros poderes, o del énfasis retórico en la idea de que «la autoridad política legítima se basa exclusivamente en la soberanía popular y el gobierno de la mayoría” (Pippa Norris, 2017), son entonces asuntos que vale la pena dilucidar con anticipación.
3.- ¿Transición o no? He allí el no-dilema: Demasiada “liquidez”, demasiado temprano para intentar adivinar si lo que ocurre se trata de un simple repliegue táctico o no, si abonará a las bases de un nuevo régimen de libertades o no, un cambio político, económico, social, cultural de fondo. Lo relevante ahora es descifrar -un movimiento no siempre exento de dolor, renuncias y tensiones- cómo se puede asegurar que haya nuevas reglas de juego, apelando también a la actitud pragmática de actores del sistema autoritario con deseos de sobrevivir (Breslauer, 2002). Así, a la deconstrucción de un orden deslegitimado pero que evidentemente aún detenta poder institucional, se opondrían fuerzas transformacionales para intentar asegurar la cooperación de los antagonistas, para institucionalizar y legitimar un orden nuevo y predecible: lo propio de la democratización institucionalizada. En ese sentido argumenta el profesor del IESA, Víctor Carrillo: “las democratizaciones caóticas son productos de victorias contundentes, aplastantes y de corto plazo (…) Mientras que las democratizaciones institucionalizadas son productos de victorias parciales a corto plazo de líderes transicionales y transformacionales, que sientan bases del contrato que hará viable el nuevo sistema” (2017).
4.- ¿Rectificación de hecho o redención simbólica?: En abril de 2002, tras los eventos que lo separaron del poder durante las breves horas del Carmonato, el presidente Chávez reaparecía ante la opinión pública besando un crucifijo en gesto de paz. A pesar de la solicitud de perdón y las promesas de reparación de errores, lo que vino después fue la radicalización en materia de fichaje y exclusión de la disidencia. No extraña que un país tan herido, azuzado por el enojo moral y la propensión a la sentimentalización de la política, se sienta tentado a reclamar esos gestos teatrales de arrepentimiento. La amarga experiencia, sin embargo, indicaría que lo prudente será trascender las trampas de la espectacularización y exigir la rectificación de hecho, esa asunción visible de la responsabilidad política que allana la vía de la reconciliación. Hasta que un proceso de justicia transicional pueda ser activado -ojalá lleguemos a ese civilizado punto- cabe esperar que ese sentimiento de culpa, la consciencia individual del “pecado” sea gestionada en lo privado. Entretanto, de cara a una rehabilitación de la gestión pública ligada a nuevos anuncios y medidas, corresponde al ciudadano reapropiarse de la función de vigilancia y accountability, la exigencia de rendición de cuentas.
