A partir de 2010 el mundo observó con sorpresa y no poco optimismo la serie de protestas laicas, manifestaciones populares, levantamientos y rebeliones antigubernamentales que a favor de la democracia cundieron en gran parte del mundo árabe. Tal reacción apuntaba a la caída de gobiernos autocráticos de larga data como el de Zine El Abidine Ben Ali, en Túnez, que ya alcanzaba los 23 años, o el de Hosni Mubarak, en Egipto, con 30 años en el poder. El de Muamar El Gadafi en Libia, con 42 años, y el de Bashar al-Ásad, en Siria, con 11. El de Ali Abdullah Saleh, en Yemen, con 21 años, o el de Abdelaziz Buteflika, en Argelia, con 12. A lo largo de ese periodo, sin embargo, la esperanza de la llamada Primavera Árabe -disparada tras la impactante inmolación del vendedor ambulante tunecino, Mohamed Bouazizi- perdió brío en la mayoría de los casos, sepultada en medio de la violenta represión por parte de las autoridades, el caos, la inestabilidad por guerras civiles e intervenciones militares. Con excepción de Túnez y su Revolución de los Jazmines -donde protestas pacíficas y altamente planificadas enfrentaron a un gobierno un poco menos restrictivo que el de otros de la región, menos dado a otorgar privilegios sistemáticos al ejército- las revueltas no lograron abrir puertas a regímenes democráticos.
¿Qué lleva al aborto de ese impulso, a eso que la politología bautiza como una transición fallida? Las razones varían según las realidades y coyunturas específicas de cada nación. Entre ellas, la dificultad para consolidar nuevas reglas, la falta de diálogo y consenso, el desempeño de actores inmaduros, el blindaje de intereses de la élite que se pretende desplazar, una oposición débil y dispersa, la ausencia de flexibilidad por parte del liderazgo; así como los apremios poco racionales de las fuerzas de cambio por implantar lo que, en el vidrioso interregno, aún no ha terminado de gestarse y nacer.
A propósito de eso, cabe detenerse en el caso egipcio y su “Revolución Blanca”: un ejemplo de cómo el triunfo táctico en las calles puede mutar en derrota estratégica por mala gestión de los tiempos políticos. Recordemos que, tras apenas 18 días de protestas en la plaza Tahrir, el régimen de Mubarak colapsó en enero de 2011. El 10 de febrero este cedió el poder al vicepresidente Omar Suleiman, quien luego anunció la dimisión definitiva de Mubarak a favor del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Lo siguiente fue la promesa de levantar el estado de emergencia que se mantenía desde hacía 30 años, así como la celebración de elecciones libres en un plazo no mayor de un año. La ventana de oportunidad que se abría en ese punto crítico, no obstante, puso a correr el reloj en contra de los revolucionarios. No faltaba entusiasmo democrático entre ellos, sin duda, pero sí la consciencia de una severa asimetría en la preparación de los actores que concurrían a este nuevo juego político.
La oferta del Consejo se tradujo en un cronograma electoral acelerado, con elecciones parlamentarias fijadas para finales de 2011, apenas meses después de la caída de Mubarak. Ante el anuncio, los jóvenes de Tahrir responden con mesura: solicitan postergarlas, previendo que crear partidos, obtener recursos para la campaña y darse a conocer en las provincias eran tareas que exigirían tiempo. De allí la exigencia de un ajuste en la secuencia del proceso: «Constitución antes que elecciones». Esto es, fijar antes las reglas para el juego democrático y el respeto a derechos humanos. Por el contrario, la Hermandad Musulmana, única organización con décadas de trabajo social, redes en cada mezquita y por tanto más apta para capitalizar ventajas organizativas, endosa la propuesta de “Elecciones primero”. Algo que jugó a favor del interés del ejército, el uso del evento para legitimar rápidamente un nuevo-viejo orden, una mutación gatopardiana en la que ellos mantuviesen el control.
Las elecciones que algunos ciudadanos acogieron con la expectativa de que se tradujeran en democracia express, no abonaron al cambio anhelado. Sin modificación sustantiva de reglas, sin sistema de pesos y contrapesos que neutralizaran el legado de enclaves autoritarios, que asegurasen competencia equitativa para todos los participantes y equilibrios ex post, el «sprint» electoral resultó en proceso formal pero institucionalmente vacío. El triunfo en 2012 del candidato presidencial de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Morsi, condujo de hecho a la polarización inmediata. Aunque visto como un moderado, Morsi no dudó en gobernar por decreto a la hora de aprobar leyes y reformas constitucionales ad hoc; su gestión, además, tampoco contaba con frenos de sectores liberales y laicos que no habían tenido tiempo de madurar políticamente. El vacío de poder civil frente al avance del islamismo dio paso entonces a la única alternativa de poder real, la que encarnaba el ejército. Menos de dos años después de esas primeras elecciones, en julio de 2013, el descontento masivo fue preámbulo del golpe de Estado que, con amplio apoyo popular, lideró el general Abdul Fatah al-Sisi.
Topamos acá con el peor de los corolarios: la superioridad y victoria consecuente del grupo más organizado, no el más democrático; su impacto en movidas que no agotaron suficientemente la vía política, y la regresión hacia un autoritarismo incluso más severo que el depuesto. Lecciones que, claro está, son útiles para la Venezuela de 2026. De nuevo, el timing luce esencial en procesos que demandan decisiones oportunas: ni apresuradas ni tardías, sino ajustadas al tiempo cuantitativo y secuencial, el de Chronos, como al tiempo cualitativo, el del inestable Kairós. Saber equilibrar ambos permite aprovechar bondades de la estructura como de lo efímero. No en balde algunos venezolanos hablan hoy de “treguas estratégicas” y prudencia. La phrónēsis, concepto que Aristóteles desarrolla en su Ética Nicomaquea y que se refiere a la «sabiduría práctica», es atributo que distingue al político eficaz, el que triunfa sobre la contingencia porque tiene con qué y sabe cómo emplearlo. Decidir lo correcto y de forma virtuosa es también hacerlo antes de que la sociedad se adapte al nuevo statu quo, sí; pero cuidando que la acción no retrotraiga oportunidades y avances en relación al gran objetivo, la conquista del poder.
La imagen a la que estos asuntos nos remiten es la del joven leopardo que acecha al pájaro. Cada paso acompañando el latido, la respiración, la contención de músculos que se orquestan para hacer eficiente el movimiento antes de que la presa pueda volar. No obstante, se trata de identificar no sólo el momento en que la audacia se encuentra con la oportunidad, sino cuándo las fortalezas propias permiten optimizarlo. El timing político no sólo es saber esperar; es capacidad para apreciar texturas imperceptibles en la coyuntura, detectar la fractura del rival y actuar responsablemente cuando se necesita. En tal sentido, el potencial tránsito de un autoritarismo a una democracia luce ideal para desplegar ese olfato, esa intersección técnica; pues es la realidad, en última instancia, lo que dominará cualquier narrativa. Si bien la ansiedad acumulada por años de disfuncionalidad política pudiese legitimar la urgencia de omitir ciclos y atreverse al aterrizaje épico, temerario y forzoso en terrenos movedizos, conviene advertir que, como en el proceso egipcio, la falta de preparación y madurez social para acoger cambios suele ser fatal para la opción democrática.
La noción del «Path dependency», la certeza de que decisiones tomadas en el pasado limitan las opciones de reforma en el presente, resulta clave para entender por qué en ciertos casos las democracias prosperan o se malogran. La presión por elecciones que en Egipto bloqueó una trayectoria que pudo haber favorecido a grupos liberales mejor organizados, contrasta por ejemplo con el diseño de una Constitución inclusiva antes de las elecciones de Sudáfrica, en 1994. El paso que conjuró allí los temores de la minoría blanca frente a la persecución inmediata, dibujó una trayectoria de estabilidad institucional, una base para futuros rendimientos crecientes. Ni saltos al vacío por Hybris ni parálisis por exceso de cálculo, en fin. En Venezuela, tras el shock exógeno del 3E, un cambio de riel sobre la marcha que pintaría proclive a los planes de corto plazo de algunos actores, también podría ser extremadamente riesgoso para una nación que ya ha sido bastante castigada por la improvisación de sus élites. He allí lo que Raymond Aron bautizaría como un error de juicio histórico: confundir deseos propios con las posibilidades reales del momento.
