Mibelis Acevedo Donís: Los laberintos de la intransigencia

En 1991, Albert O. Hirschman -un economista heterodoxo que huyó de la Alemania nazi, combatió en la Guerra Civil Española y fue traductor en los juicios de Núremberg- publicaba su célebre Retóricas de la Intransigencia. Allí, el hombre que observaba con ironía el triunfalismo conservador tras la caída del Muro de Berlín y el auge de la era Reagan-Thatcher, se propone mucho más que diseccionar ese discurso: se trataba, más bien, de desentrañar las claves de la arquitectura mental que anticipa la resistencia al cambio. Tras notar que los argumentos contra el Estado de Bienestar en EE.UU. eran similares a los usados contra el sufragio universal en el siglo XIX y contra la Revolución Francesa en el XVIII, Hirschman evita cuestionar el contenido de esas ideas para concentrarse en sus formas. Esto es, el uso de moldes retóricos fijos al que recurre el pensamiento reaccionario para desactivar cualquier avance social, cualquier avance de la democracia, sin antes ponderar sus méritos reales.

El autor identifica entonces tres argumentos “maestros” que se repiten de forma cíclica, cada vez que alguien propone una reforma progresista. En primer lugar, está el popular efecto de la perversidad: «todo intento de empujar a la sociedad en una dirección determinada resultará, por vía de una cadena de consecuencias no deseadas, en un movimiento en la dirección opuesta». Esta tesis sostiene que toda acción política desplegada para mejorar un estado de cosas sólo servirá para empeorarlo; una vía para convertir al reformista en un ingenuo que terminará destruyendo todo aquello en lo que cree.

En segundo lugar, aparece la tesis de la futilidad: la creencia de que el cambio es ilusorio, que cualquier esfuerzo en materia de participación será un gasto de energía inútil, ya que el statu quo es todopoderoso y su daño, incurable. «Puedes cambiar leyes”, se aduce, “pero el poder real seguirá en las mismas manos”; aspirar al cambio es “arar en el mar». El tercer pilar de la intransigencia remite a la tesis del riesgo: incluso cuando la propuesta de cambio luzca promisoria, pondrá en peligro logros anteriores, mucho más valiosos. Una manera de inducir a la parálisis por miedo, de validar el dilema entre renovación y continuismo, entre el incierto progreso y la conservación de lo establecido, lo que “ya es y funciona”.

Al margen de tales hallazgos, Hirschman aclara que las retóricas de la intransigencia no se reducen al discurso de la derecha, y que el pensamiento de izquierda también acoge trampas argumentales. Habla, por ejemplo, de la ilusión de la sinergia, creer que todas las reformas buenas son compatibles entre sí, aun cuando los choques sean evidentes. Asimismo, denuncia eso que podríamos asociar al legado del idealismo, cierto optimismo antropológico radical que se revela como síndrome, la idea de la inevitabilidad histórica mostrando la contracara de la futilidad: esa percepción de que el progreso es una ola cuyo potente envión nada ni nadie puede detener.

Perversión, futilidad, riesgo. El propósito de ese análisis, dice Hirschman, “no es sustituir un conjunto de prejuicios por otro, sino más bien limpiar el camino para un debate que sea algo más que un diálogo de sordos». Ante el sabotaje de resentimiento a la perspectiva de evolución, advierte: cuando el debate se reduce a fórmulas prefabricadas, la deliberación muere. Si se parte de la premisa de que la propuesta ajena es perversa, si el otro está convencido de que la resistencia a su propuesta es fútil, la conversación acabará reducida a un estéril choque de consignas.

Revisitar a Hirschman en el marco de una eventual transición resulta especialmente útil. Sabiendo que estas rigideces pueden obstruir la construcción de una ruta clara hacia la democratización, eliminando la «zona de posible acuerdo» (ZOPA) y convirtiendo la negociación en mera lucha existencial, lo pertinente será identificarlas y neutralizarlas. (A propósito de tales trabas, por cierto, en 1990 Douglass North reflexionaba sobre la dependencia de la trayectoria, “path dependence”, la tendencia de instituciones e individuos a quedar atrapados en modelos previos por asumir a priori que los costos de salida serán emocional y económicamente inmanejables.)

Recordemos cómo la tesis de la perversidad como excusa de control cundió en la Venezuela del Socialismo del siglo XXI. Desde el Estado se socializó la creencia de que cualquier reforma, cualquier apertura económica o política genuina sería “subversiva”, llevaría al caos. Buena parte de la población alineada con el liderazgo de Chávez asumió entonces que “restearse” con la precariedad del presente era preferible a la incertidumbre del cambio a futuro: “Con hambre y sin empleo” … Operando cual llave funesta, la tesis de la futilidad conspiró en paralelo contra la posibilidad de que la participación ciudadana socavase aquella creencia: «lo hicimos todo, pero nada de eso fue ni será útil». Una manera de anular la potencia de una sociedad para derrotar la trampa del determinismo, esa que aún cobra sus deudas con desconfianza.

El fracaso de la política no puede sino desembocar en miedo, en aversión al riesgo, en sensación de que cualquier mudanza es un salto al vacío. El tercer pilar de la intransigencia nos persigue así como cuchillo de doble filo, acotando un interregno que hoy exige reformas estructurales complejas, a veces dolorosas: ajustes económicos, reinvención de instituciones, pactos incómodos, imperfectos; cesión de protagonismos en aras del bien común, procesos de justicia transicional que no colmarán todas las expectativas. No faltan quienes desde ya anuncian que el remedio será más traumático que la enfermedad, que “el mal sigue instalado en Venezuela” o que la consolidación de un madurismo-sin-Maduro es inevitable. Que la “impureza” de los ejecutores contaminará cualquier intento de avance, que cualquier interacción con el poder no solo es fútil, sino activamente dañina. Con lo cual, una renovada inercia, una nueva hemiplejia política podría estar legitimándose.

En ese sentido, algunos fenómenos no pasan por alto: a merced de la contingencia, el chavismo en el poder se adapta y vuelve a mutar, incorpora discursos, toma decisiones audaces que semanas atrás habrían sido impensables; no cede el control, pero abre discretamente el juego. Y todo esto -que no necesariamente significa compromiso absoluto, inmediato y consciente con el cambio de reglas que define a una transición-, mientras importantes sectores de oposición se mantienen aferrados a lecturas marchitas y declaraciones principistas, más propias de contextos como los de 2019 o 2023, poco o nada vinculadas con los ímpetus de la nueva realidad. He allí una señal de que los cambios en curso, además del asunto práctico sobre cómo incidir en acuerdos y soluciones, instan a la superación retórica: una que logre esquivar, finalmente, la lógica suma-cero.

Perversión, futilidad, riesgo. Avanzar hacia la normalidad democrática para que esta se perciba como solución, no como amenaza, requiere entonces desmentir la fatalidad hirschmaniana. Esto es, combatir la idea de que el cambio es un proceso lineal del cual solo cabe esperar consecuencias indeseables, o que la transición sólo cuenta como purificación. De otro modo, las intransigencias transformarán toda cooperación en «veneno» para la libertad; la tesis del riesgo estrujará la “inutilidad” de una amnistía que sólo entraña impunidad y amenaza para la integridad moral de la futura república; la figura de la presidencia encargada, lejos de servir de puente entre lo viejo que muere y lo nuevo que no acaba de nacer, de abrir espacios propensos al «caos gestionado», será reducida a otra trampa de futilidad; una cebada por esa descalificación moral que suprime toda posibilidad de gestionar el miedo del adversario, de hacer política, y que erosionaría la base de relacionamiento pragmático que EE.UU. necesita para demostrar que Venezuela es «gobernable». El éxito de tales retóricas radica en su efectividad para urdir una trampa lógica, claro: si a cada movida le sigue un resultado opuesto al esperado, la única solución racional será la inacción. El corolario, sin embargo, no podría ser más contraproducente: ¿o acaso la autoexclusión opositora no deja el terreno libre para que el acuerdo transaccional entre Washington y los actores pragmáticos del chavismo se consolide sin contrapesos?

Los cambios difíciles que Venezuela transita obligan a considerar que la intransigencia, más que una postura heroica, deviene en barrera cognitiva. La democracia -un sistema de incertidumbre institucionalizada- no llegará con un evento súbito, sino como consecuencia de la capacidad colectiva para comprender que el costo de la inacción es, a largo plazo, mucho más alto que el riesgo de la propia transformación.

@Mibelis