En “Las huellas de la Transición: 50 años de cambio y conflicto en democracia” (2025), Robert M. Fishman e Ignacio Sánchez-Cuenca se abocan a precisar los epílogos y legados, los significados, rasgos principales, las causas y consecuencias del cambio político en la España post-Franco. “No hay forma de establecer una lectura totalmente cerrada sobre las líneas más importantes de algo tan complejo como el paso de un régimen autoritario a uno democrático”, advierten los autores. Verbigracia: en España aún conviven las visiones nostálgicas con las de impugnación (esta última basada en la idea de superación del “pecado original” de la democracia, su origen franquista), ambas juzgando la transición como si fuese “un producto acabado, un conjunto de hechos con un principio y un final que merecen valoración retrospectiva”. Pero la propuesta de los autores es otra. Se trata de ver este tránsito no como simple conjunto de acontecimientos, acuerdos y reglas institucionales; sino incorporar, con un enfoque más ecléctico y “prometeico”, las actitudes, principios y valores que antes no sólo hicieron posible la democracia, sino que la siguen condicionando y ampliando en el presente.
En ese sentido, hay ciertos productos culturales o políticos referidos al proceso que se vuelven emblemáticos, que parecen condensar el espíritu de la época. Uno de ellos, la canción “Libertad sin ira” interpretada por el grupo Jarcha (1976). “Dicen los viejos que en este país hubo una guerra/ Que hay dos Españas que guardan aún el rencor de viejas deudas (…) Yo solo he visto gente (…) que tan solo pide vivir su vida, sin más mentiras y en paz/ Libertad sin ira / Guárdate tu miedo y tu ira”. La canción, sin dejar de ser crítica respecto a lo vivido, invitaba a trascender el pasado y mirar hacia adelante, al futuro, apelando a una audaz noción de libertad en la que no prevaleciese el ánimo de venganza: una libertad sin miedo. Asimismo, dibujaba una paz que contrastaba con el “logro” que por años se adjudicó el régimen autoritario, el obtenido a cuenta de la supresión de las diferencias y el conflicto, de la eliminación de la política de la vida pública.
Un lenguaje para la integración
La palabra, el poder de lo simbólico, comenzaba también a acompañar esa sacudida de la consciencia colectiva que precede al cambio político de fondo, que le da textura emocional y práctica. Códigos y símbolos que, además, contribuyen a generar percepciones para la exitosa combinación de demandas que, desde abajo, “producirían cambios institucionales desde arriba”. Sin un guion escrito, como apuntó Adolfo Suárez; con un futuro que estaba radicalmente abierto, a partir de 1977 la puja entre inmovilismo y ruptura se va resolviendo en los hechos mediante pactos plurales entre los reformistas del régimen y la oposición. En esa fase, un modo de hacer política basado en el reconocimiento mutuo, en la necesidad de evitar la exclusión que había llevado al país al enfrentamiento cainita, a la hostilidad existencial, empieza a cobrar cuerpo. Los relatos “en caliente” y el nuevo lenguaje para referirlos forman parte medular de esos desarrollos.
En reciente informe en el que se pregunta hacia dónde se dirige la transición en Venezuela, el politólogo Ricardo Sucre apela a los apuntes de Dankwart Rustow sobre transiciones dinámicas (1970), a la generación de un sentido de unidad nacional como ingrediente previo, esencial de aquellas. Resolver un desafío tan complejo -para lo cual no parece haber especial disposición en este momento en nuestro país- tendrá, nos dice Sucre, que partir del conflicto y de la diferencia. Esto es, de la ventilación ordenada del agravio, reconociendo la pluralidad de miradas sobre asuntos difíciles y el inobjetable derecho a disentir, dando ese debate de carácter axiológico que -como también señalan los autores de “Las huellas de la Transición…”- resulta clave para fomentar el espíritu perdurable de la integración.
Identificar, poner en práctica, darle una voz aglutinadora a la democracia, como antes hemos sostenido, resulta por eso tan vital a la hora de construir un espacio que dé humana -no incondicional, no amnésica, sí generosa- cabida a todos los que quieran formar parte del nuevo orden. El desacuerdo no cesa, naturalmente, pero tiende a transformarse, a superar la amarga escisión entre “vencedores” y “vencidos”; a aceptar un vocabulario común que excluya los términos beligerantes del pasado. En España, por cierto, ese camino contó con un impulso adicional gracias al gran consenso que invocó la Ley de Amnistía de 1977. Un arreglo que, en materia del traumático pasado, “incluía renunciar a usarlo políticamente, pero no olvidarlo”, como subraya Javier Cercas.Asimismo, el fin de la censura previa que promueve la famosa “Ley Fraga” en 1966, aun con sus restricciones y control a posteriori, ayudó a dar mayor protagonismo a valores que permitieron inaugurar nuevas plazas públicas para el debate intelectual. La prensa empieza a fungir de traductora del deseo de cambio: medios de comunicación, como el propio diario El País, sirvieron de diccionarios para una sociedad que estaba aprendiendo a hablar para y por la democracia posible.
Lo dicho: el caso español no sólo remite al cambio fundamental de leyes, procedimientos y estructuras; constituyó, ante todo, una revolución semántica. Similar a lo que se intentó en Venezuela entre 1945-48 tras la polémica “Revolución de octubre”, hubo consciencia de que el lenguaje instauraba un modo distinto de abordar el hecho político y de legitimar las mudanzas, actuando como puente para cruzar desde la visión del «Estado soy yo» al «Nosotros, el pueblo». La creatividad lingüística se puso allí a prueba. Se apeló a términos que permitieran a los reformistas del régimen y a la oposición democrática encontrarse en un punto medio, evitando el trauma de percepción de la disolución violenta. Nos referimos a una síntesis dialéctica donde aquello que en el discurso oficial se bautizaba como «reforma», funcionaba en la práctica como «ruptura».
Libertad sin miedo, libertad sin ira
Así, las democratizaciones operan en muchos sentidos y planos. No se restringen sólo a lo visible, a lo concreto, a la crucial adopción de mecanismos para habilitar la democracia electoral. Pasan también por la transición del habla, esa metamorfosis que, en lo individual y colectivo, se vuelca al rescate de palabras y representaciones antes clausuradas, liberadoras. Requieren introyectar, por ejemplo, nuevos mitos que nos alejen de la nostalgia heroica, las proclamas disolventes, la compulsión revolucionaria. O reconocer que el aferramiento al monólogo doctrinal -una sola verdad, un solo emisor, un mensaje que no admite cuestionamiento- es quedarse atrapado en la lógica dictatorial. Comprender eso permite anticipar que el trayecto desde un punto “A” a un punto “B” no será posible sin la recuperación de la polisemia y la confluencia plural en el debate público.
“Libertad sin ira / Guárdate tu miedo y tu ira”: qué importante será entonces librarse del miedo a decir, de la censura oficial, del chantaje identitario, de las restrictivas y tribales gramáticas de los grupos de interés. Esto es, pasar de la estigmatización e instrumentalización de términos como “diálogo”, “transacción”, “reinstitucionalización”, “reconciliación”, “protesta”, “desacuerdo”, “conflicto” o “libertad”, y hacerlos pilares del relacionamiento en la nueva realidad cotidiana, integrarlos mediante prácticas generalizadas (Durkheim). Mucho por atender y mucho por decir, en fin, mucho por atreverse a hacer mientras otras mutaciones no siempre evidentes están teniendo lugar.
@Mibelis
