Mibelis Acevedo Donis: Héroe, villano, víctima: arquetipos y poder

No afirmaremos nada que la cotidianidad de las redes sociales no pongan a cada rato en evidencia: las sociedades no gestionan el conflicto sólo a punta de argumentos, lo hacen a través de personajes que lejos de operar como etiquetas literarias, resultan en herramientas de procesamiento cognitivo y emocional. La política contemporánea se apoya cada vez más en un triángulo narrativo que apela a tres tropos básicos, tres arquetipos que emergen en imágenes, reclamos, narrativas. Hablamos del héroe, el villano y la víctima. Las fronteras asociadas a esa geometría de la comunicación son más frágiles de lo que parecen, tal como explican Bergstrand y Jasper (2018), quienes al cruzar la teoría del carácter -de raíz cultural- y la teoría del control afectivo -de raíz psicosocial-, contribuyen a descifrar lo qué ocurre cuando los liderazgos sustituyen la potencia por la compasión, la acción por la impostura.

La teoría del control afectivo que desarrolla Heise (1979) a partir del diferencial semántico de Osgood, Suci y Tannenbaum, sostiene que las personas atribuyen a identidades, conductas y situaciones ciertos significados afectivos, medidos en tres dimensiones: evaluación (bueno/ malo), potencia (fuerte/ débil) y actividad o agencia (activo/ pasivo). La teoría del carácter que aporta Jasper y sus colaboradores examina cómo esos actores  políticos construyen y disputan reputaciones y culpas mediante personajes públicos. Ambas teorías desmenuzan los rasgos centrales de la tríada y permiten predecir las reacciones de las audiencias. La teoría del carácter incorpora, además, el origen cultural de los perfiles, la existencia de subtipos y la observación de que los personajes se definen unos a otros. Para existir, el héroe necesita un villano y una víctima, y viceversa.

Una sucinta caracterización de estos arquetipos permite describir al villano como malo y poderoso, a la víctima como buena, pero débil y pasiva; y al héroe como amalgama de virtudes, gran fuerza y capacidad de acción. Dicho esquema anticipa un correlato clave cuando se traslada a la arena política. Víctima y héroe comparten la misma bondad moral y se separan por la potencia; la distancia entre ambos, que en la realidad es inmensa, en el discurso puede abreviarse con apenas una frase. La heroicidad, por otro lado, se define acá por lo que se hace, se arriesga, se protege, se logra. La condición de víctima, en cambio, puede reclamarse sin haber logrado nada. Es allí donde aparece una tentación para el liderazgo que fracasa y no asume responsabilidad por ello. Si no puede exhibir potencia, conserva la bondad y la ofrece como sustituto: «nos persiguen, nos impiden, no nos dejan». La víctima pide compasión, no rendición de cuentas, y el fracaso, atribuido al villano, queda entonces exonerado de antemano.

Esto puede degenerar en ardid de doble filo. El político sigue pidiendo lo que se le concede a un héroe -obediencia, paciencia, sacrificio- y reclama al mismo tiempo la inmunidad que se dispensa a la víctima; pretende el derecho a mandar del poderoso, y la exención del juicio en el caso del débil. Precisamente, en su estudio sobre Las emociones de la protesta -no simple añadido irracional a la acción colectiva, sino elemento que atraviesa todas sus fases: la movilización inicial, la permanencia en el movimiento, las decisiones estratégicas y el declive- Jasper concluye que los relatos morales movilizan porque conectan con la indignación, la compasión y la admiración. Esa misma eficacia emocional explica por qué resulta tan tentador manipularlos cuando no son precisamente resultados lo que se puede exhibir. En este sentido, los propios autores destacan el carácter estratégico de estas figuras, los tipos de personaje pueden desplegarse en el terreno político para orientar metas y dinámicas de grupo. Pero la distinción que aquí resulta relevante es ética, no solo analítica: una cosa es estar al tanto de una victimización real, otra explotarla ad nauseam como recurso de blindaje frente a la crítica.

Cuando un liderazgo falla repetidamente y se siente eximido de la necesidad de ofrecer explicaciones -pues parte de la premisa de que su legitimidad es moral y no de desempeño-, suele recurrir a un repertorio reconocible. Allí destaca la archisabida narrativa que reduce el conflicto en la lucha entre bien y mal, borra complejidades y transmuta la crítica interna en traición; un discurso binario que aparece como rasgo definitorio de ciertas formas de populismo, la política vista como lucha existencial entre un pueblo virtuoso (la víctima que genera simpatía automática y absuelve de responsabilidad) y una élite malvada. A merced de ello, el disidente interno deja de ser un interlocutor y pasa a ser un cómplice del villano. Inserto en ese confuso espacio, se impone el arquetipo victimizante: la propia tribu política, a menudo identificada con la nación entera, se presenta como víctima colectiva, lo que de entrada vuelve inadmisible cualquier exigencia de eficacia política.

He allí un campo fértil para el abuso de la figura del redentor, la promesa de salvación inminente, con fecha, con desenlace, con un «ya casi». Cada promesa incumplida erosiona la credibilidad, pero el arquetipo obliga a formular otra mayor para sostenerse. El resultado es una inflación de expectativas que suele acabar en desafección. En estos cursos son además usuales las trampas retóricas, los falsos dilemas («o conmigo o contra mí»), las apelaciones a la pureza moral, las deslegitimación del adversario como ser irredimible y el uso del sacrificio ajeno como prueba de virtud propia.

Si pensamos en una transición, habrá que admitir que estas expresiones comparten un defecto estructural: el convencimiento de que con el villano absoluto, fuente del daño original y la transgresión moral, es inaceptable negociar directamente. Otra atolondrada auto-trampa; pues es esa negociación que fomenta la transformación de actitudes observables lo que prácticamente define la naturaleza de la democratización por vía de pactos. ¿Cómo trajinar entonces con tal contradicción? Responder a eso quizás exige distinguir entre movilizar y transitar. Los arquetipos pueden ser eficaces para lo primero. Para lo segundo, la literatura clásica es más escéptica, al subrayar que, en las democratizaciones exitosas, el cálculo racional de los actores pesa más que la epopeya, el inflexible relato de pureza y revancha que tiende a dificultar más que a despejar atascos.

Algunos casos ilustran diáfanamente el punto. En el Chile de 1988 se evitó deliberadamente la retórica de la víctima y la venganza, se movilizó al país sin partirlo en mitades irreconciliables, dejando abierta la puerta para la negociación posterior. En España y Polonia las transiciones pactadas fueron posibles porque los actores centrales renunciaron a la lógica de bien vs mal. Pero allí donde el liderazgo opositor combinó la promesa redentora reiterada con la explotación de su condición de víctima –como el intento fallido de regreso de Sam Rainsy a Camboya, en 2019- dicho repertorio narrativo tendió a agravar la fragmentación y el desgaste de la movilización. Tanto la historia reciente como los sondeos de opinión en Venezuela sugieren, de hecho, que la ciudadanía tolera el sacrificio mientras percibe avances, y se cansa del relato y sus personajes cuando deja de percibirlos. Existe, además, un riesgo a posteriori que deviene en suerte de “liderofagia”: los héroes victoriosos pueden mutar en el nuevo villano cuando no pueden mostrar concreciones. Está visto que una autoridad construida sobre la sola épica dispone de recursos limitados para impactar la política real y cambiar la correlación de fuerzas. En ese sentido, contamos con nuestra propia galería local de héroes caídos en desgracia: antes dueños de un impresionante capital político, que luego se licuó en la espera y la frustración.

En Venezuela, ese triángulo narrativo ha sido explotado por todos los sectores, sin duda. El discurso oficial apeló por años a la figura de la “víctima del imperio”, al respaldo del panteón de héroes bolivarianos y una lógica de confrontación maniquea que moldeó la competencia por el poder. Del lado opositor, los ciclos han oscilado entre la épica de la salida inminente y la denuncia de victimización. Si bien ha habido riesgo y opresión real, el patrón de promesas que sobrepasan la capacidad de cumplirlas es reconocible. Todo ello arrastra hoy un doble costo. Por un lado, una ciudadanía exhausta que ya no distingue entre quién arriesga y quién promete, y que por tanto desconfía de ambos. Por otro, una polarización híper-moralizada que lleva a encuadrar toda interacción como traición, o como batalla final, o como paso por las horcas caudinas, justo cuando se necesitan interlocutores capaces de reconocer al adversario en tanto actor político, un vínculo más complejo y dinámico que el del villano-héroe de la tríada. El desafío entonces consiste menos en encontrar otro héroe que en devolver a la heroicidad su sentido original, humano, el de un acto verificable y no una pose para el olvido. Ello entraña necesariamente promesas modestas y de probable cumplimiento, rendición de cuentas, dignificación de la víctima real sin usarla como escudo, capacidad de pactar. Esto es, verdadera potencia y menos épica.

@Mibelis

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