Henrique Capriles habló de la “corrupción espiritual”

Henrique-Capriles

Una mujer, para más señas una jueza, ha sido condenada por el régimen de una manera tan cruel, indolente e injusta que han tenido que inventar una categoría para justificar el exceso: “corrupción espiritual”, así comenzó Capriles su artículo de opinión.

Porque hasta ese punto ha llegado el régimen usurpador de Nicolás Maduro y sus cómplices: inventar categorías, etiquetas, delitos. Inventar lo que sea necesario para que los excesos de una dictadura se disimulen, detrás de una retórica que ya no consigue pendejos que se las crean.

Muchos han emitido juicios en cuanto a eso que vivió la jueza Afiuni, alegando que alguna vez estuvo del lado de la dictadura, que ella también fue injusta con inocentes.

Es una trampa terrible caer en ese terreno de odio fácil, porque la idea de justicia que sostiene a las repúblicas libres es que cada quien sea juzgado por aquello que haya cometido, ¿pero inventar la idea de “corrupción espiritual”, con la única intención de ensañarse con una mujer que incluso fue víctima de una agresión sexual durante su presidio? Hay que ser verdaderamente miserable para hacer algo así.

Y esta semana fueron todavía más lejos: al ver que no pudieron engañar a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, enviada por Michelle Bachelet, la dictadura y sus esbirros soltaron sus monstruos y fueron contra el Director del Despacho de nuestro Presidente encargado Juan Guaidó, el abogado Roberto Marrero; además de haber agredido de manera flagrante y violado la inmunidad parlamentaria del diputado Sergio Vergara, apenas unas horas después de que Michelle Bachelet leyera el primer informe que expuso a Nicolás Maduro como el dictador y usurpador que es, junto a toda su parranda de cómplices y malandros.

Yo quisiera que alguno de esos que le sembraron las armas a Roberto Marrero, se esfuerce en explicarle al país cómo es que una persona que tiene armas (supuesto cabecilla de una “célula terrorista”) deja que le tumben la puerta, le rompan la pared y lo secuestren, sin utilizar esas armas que supuestamente tenía.

Yo quisiera que alguno de esos efectivos de la policía política de la dictadura, o alguno de los dos fiscales o la propia jueza que se atrevió a formar parte de este circo le expliquen al país ese mínimo detalle en la cadena de mentiras que han montado para justificar cada exceso.

De la misma manera que no pueden explicar el secuestro de Juan Requesens, el asesinato de Fernando Albán, tampoco tienen manera de argumentar lo que hicieron con la jueza Afiuni, ni con Roberto Marrero ni con Luis Páez, el chofer del diputado Sergio Vergara. Jamás podrán explicar el secuestro del periodista Luis Carlos Díaz, la condena a un obrero como Geovany Zambrano, la agresión al periodista polaco Tomek Surdel o el allanamiento a la casa de la madre de la diputada del Movimiento Tupamaro, Kelly Perfecto.

La única manera de explicar todos estos excesos, toda esta demostración de la descomposición del sistema de justicia, es que el régimen usurpador se asuma como la dictadura que tanto han querido ocultar que son, pero que ha quedado en evidencia como consecuencia del desespero de verse prácticamente desplazados del ejercicio político del Poder.

Además, no debemos perder de vista la miseria que hay detrás de haber evadido la responsabilidad de una crisis homicida como el apagón que durante cinco días mató a personas en los hospitales, arruinó negocios, hizo que las familias perdieran los alimentos que a duras penas habían podido comprar, pero además sirvió para apresar a un trabajador y secuestrar durante horas a un perodista que hoy tiene prohibido hablar de lo que le pasó, porque la dictadura decidió no hacer investigaciones ni juicios, como manda la ley, sino robarles la libertad.

El país entero está atravesado por el dolor de las madres que pierden a sus hijos en hospitales que no sirven. Y a eso debemos sumarle que alguien que estuvo durante años a cargo del IVSS, como el militar Carlos Rotondaro, hoy confiese que durante años en el régimen se creyeron con la potestad de decidir quiénes merecían seguir viviendo y quiénes no.

¿Cómo se les puede llamar a quienes privaron de medicamento a pacientes oncológicos? ¿Cómo se les puede llamar a quienes negaron los tratamientos de alto costo para pacientes con VIH? ¿Cómo se les puede llamar a quienes impidieron diálisis, transplantes, operaciones que iban a salvar vidas? ¿Cómo se les puede llamar a quienes se robaron los presupuestos que habrían evitado ver en nuestras maternidades a recién nacidos en cajas de cartón?

A mí sólo se me ocurre una palabra: asesinos.

Nicolás Maduro es la cabeza del régimen y por tanto responsable de cada uno de los excesos del mismo. Y si quiere escurrir ese bulto, va a tener que cantar y decirle al país a quiénes les va a echar la culpa.

Es evidente que el régimen usurpador, además de podrido, tiene todas las líneas de mando cruzadas. Sin embargo, tampoco se puede perder de vista que estos crímenes que no prescriben condenarán a cada efectivo de la policía política, a cada fiscal y a cada juez que haya decidido formar parte de este estercolero en que han convertido a la justicia venezolana.

Verdugo no pide clemencia.

Y tienen que considerar algo muy significativo: decidieron participar en toda esta cadena de crímenes, agresiones y delitos mientras estaba una Comisión de Derechos Humanos de la ONU en el país, levantado los informes que han terminado de saldar cualquier duda sobre la dictadura en Venezuela.

Es momento de prepararse para todo lo que significará el informe de Michelle Bachelet en el tablero político mundial.

A la izquierda europea que ha decidido guardar silencio, le va a tocar confrontar estas pruebas incontestables. Y la izquierda latinoamericana que ha apostado por la solidaridad automática le tocará hacer memoria de sus dictaduras militares y los desmanes que aún enlutan a sus familias, porque será necesario que evalúen, quizás por última vez, el respaldo que han decidido darle a un régimen corrupto y asesino.

Y el Grupo de Contacto, que tanto ha ocupado a la Unión Europea y a algunos países hermanos de nuestro continente, tendrá que admitir que un informe como el de la Alta Comisionada de la ONU replanteará los tiempos y la rotundidad de los pronunciamientos.

En especial porque ninguno de estos amedrentamientos, ninguno de los secuestros y ninguna de las amenazas de persecución han amilanado la valentía de un Pueblo que ha decidido mantenerse en las calles hasta el cese de la usurpación.

Por más mentiras que repitan quienes hoy se empeñan en atornillarse en el Poder, el pueblo, la comunidad internacional y hasta los efectivos de la Fuerza Armada saben que hay una persona que no fue electa democráticamente.

Saben que en Venezuela hay un dictador.

Y las fuerzas democráticas debemos mantenernos unidos y en las calles, siguiendo esa ruta planteada por nuestro presidente encargado Juan Guaidó, porque si bien el cese de la usurpación es el primer paso para dar cabida a una transición que recomponga institucionalmente al país, eso sólo tendrá lugar si nos mantenemos movilizados.

Merecemos vivir en Democracia y Libertad. Si el 20 de mayo hubo un mega fraude, ¿entonces qué es lo que hay en el poder? ¡Un usurpador que pretende sostenerse a punta de la fuerza y la violencia! Pero cada vez les resulta menos. Cada actividad de calle lo demuestra: Nicolás Maduro ya ni llena una plaza, a menos que sea a punta de chantaje.

Los venezolanos no tenemos por qué aceptar vivir en una dictadura. En 1958, cuando Venezuela vivió su última dictadura antes de la mal llamada revolución, el Pueblo y las Fuerzas Armadas abrieron la posibilidad de que la Democracia fuera una realidad en en este país.

Y también en aquel perezjimenismo había quien creía que sería imposible, que nadie los sacaría del Poder, que no habría manera de quitarse de encima a la barbarie. Y los calabozos estaban llenos de presos políticos. Y parte del liderazgo más destacado, entre ellos Rómulo Betancourt, estaba en el exilio. Pero aun así la Democracia supo hacerse verdad en la vida de la República.

Pronto viviremos la idea de un Consejo Nacional Electoral que permita la libre expresión del pueblo a través del voto, un Tribunal Supremo que verdaderamente imparta justicia, un Contralor General confiable y un Defensor del Pueblo que defienda a los venezolanos.

Y entonces nuestro pueblo decidirá.

¿Quienes son los únicos que se oponen a eso? Aquellos que verdaderamente ejercen la corrupción espiritual: quienes secuestran a defensores de la Libertad y la Democracia, quienes pretenden chantajear a los más pobres con una caja de comida, quienes hundieron los hospitales en la desidia, quienes obligan a las familias a vivir sin agua y sin luz para hacerlos más dependientes, quienes persiguen, amenazan y asesinan.

Son ellos los corruptos de espíritu. Son ellos quienes deben ser juzgados y condenados. Son ellos los únicos que están de más en una idea de futuro que nos incluye a todos los venezolanos que desean una Venezuela Libre.

¡Qué Dios bendiga a Venezuela! ¡Seguimos adelante! ¡Nadie se rinde!