Enrique W. Guzmán: Qué vaina, Gustavo

Acabo de terminar de ver el “Concierto para Venezuela”, que tuvo lugar anoche en el Hollywood Bowl, y me conmovió ver la gran cantidad de artistas que quisieron aportar su granito de arena para ayudar a Venezuela.
Con la piel de gallina y las lágrimas a punto de salir, solo pensé: “Qué vaina, Gustavo”.
Qué vaina, Gustavo.
De verdad.
Mira que empeñarte durante tantos años en hacer que uno tenga que explicar que un venezolano puede hacer algo extraordinario sin necesidad de preguntarle primero por quién votó, con quién se fotografió, a quién saludó o qué dijo (o dejó de decir) cuando alguien decidió que tenía que decirlo.
Qué vaina Gustavo, que manía la tuya.
Podrías habernos hecho la vida más sencilla. Podrías haber sido solamente uno de los directores de orquesta más importantes de tu generación. Haber llegado a Los Ángeles siendo un chamo, dirigir durante diecisiete años una de las grandes orquestas del mundo y marcharte ahora a Nueva York para asumir la dirección de una institución por cuyo podio han pasado nombres como Gustav Mahler, Arturo Toscanini y Leonard Bernstein.
Pero tampoco te conformaste con eso. En el camino has dirigido a la Filarmónica de Viena, la Filarmónica de Berlín, la Royal Concertgebouw de Ámsterdam y así un largo etcétera de las mejores orquestas sinfónicas del mundo. En Viena, incluso, te convertiste en el director más joven en ponerse al frente de su célebre Concierto de Año Nuevo.
Y, sin embargo, pareciera que para algunos de nosotros nada de eso termina de ser suficiente. Porque no importa cuántas veces te inviten Viena, Berlín, Ámsterdam, Los Ángeles o Nueva York. Aquí todavía necesitamos resolver una pregunta aparentemente mucho más importante:
¿Gustavo está de nuestro lado?
Porque en Venezuela hace tiempo que dejamos de juzgar a las personas exclusivamente por lo que hacen. Primero necesitamos saber dónde colocarlas: de qué lado están, qué dijeron, cuándo lo dijeron, por qué no lo dijeron antes y por qué no lo dijeron exactamente como nosotros queríamos que lo dijeran. Sobre todo, necesitamos saber si su posición política coincide suficientemente con la nuestra como para conceder valor a lo que han conseguido.
Contigo llevamos años haciéndolo. También con El Sistema.
Una institución nacida en 1975, que ha atravesado gobiernos de signos muy diferentes y que probablemente sea una de las pocas creaciones venezolanas contemporáneas cuyo nombre se reconoce y se estudia mucho más allá de nuestras fronteras, terminó atrapada en la misma trituradora en la que hemos metido prácticamente todo: la política.
Y aquí quizá debería decir algo que hasta ahora he omitido: yo también salí de allí.
No soy músico profesional. Mi vida tomó otros caminos. Pero estoy bastante seguro de que una parte importante del profesional que soy hoy se la debo a haber formado parte de El Sistema. Allí aprendí mucho más que música: disciplina, constancia, a escuchar a los demás y algo que muchos años después sigo considerando fundamental: que hacer bien tu parte sirve de poco si el conjunto no funciona.
Quizá por eso me resulta particularmente extraño que algunas de las voces que durante años han dedicado mayores esfuerzos a desacreditar a El Sistema o a cuestionarte a ti tampoco lo conocieron desde afuera. Salieron de allí. Se formaron allí. Algunas compartieron escenarios, orquestas y hasta atriles contigo.
Eso no invalida sus críticas. Haber pertenecido a El Sistema no nos obliga a defenderlo, y haberlo conocido desde dentro puede darnos mejores razones para señalar sus errores y exigir transparencia. Pero hay una distancia enorme entre querer que una institución sea mejor y querer verla destruida.
Yo puedo cuestionar muchas cosas de El Sistema. Lo que no puedo hacer es fingir que aquello no dejó nada en mí. Y seguramente hay miles de venezolanos que nunca hicieron de la música su profesión y que todavía llevan consigo algo de lo que aprendieron frente a un atril cuando eran niños.
Por eso, cuando hace apenas unos días se anunció que 57 millones de dólares provenientes de Estados Unidos serían destinados a repotenciar El Sistema, completar infraestructura para la formación musical y financiar programas culturales y educativos, pensé precisamente en esos muchachos.
Uno habría pensado que 57 millones de dólares para que otros niños tengan esa oportunidad podía ser, al menos por unas horas, una buena noticia.
Pues no. También conseguimos convertir eso en una pelea.
Qué vaina, Gustavo.
Durante años te reclamaron que hablaras. Cuando no hablabas, tu silencio era complicidad. Cuando finalmente hablaste contra la violencia y la represión y pediste al gobierno escuchar al pueblo venezolano, tampoco fue suficiente. Quizá porque nunca se trató solamente de que hablaras. Se trataba de que dijeras exactamente lo que algunos querían escuchar, en el momento en que querían escucharlo y utilizando las palabras que ellos habían decidido que eran las correctas.
Y eso es algo muy distinto.
No escribo esto como alguien que te conoce. Te escribo como venezolano. Como uno de tantos que ha visto durante años cómo nuestro país fue perdiendo instituciones, empresas, talento, confianza y referencias comunes. Hasta pareciera que perdimos la capacidad de reconocer algo bueno sin preguntarnos primero quién puede beneficiarse políticamente de ello.
Y quizá por eso me cuesta entender esa necesidad casi compulsiva de destruir también lo poco que todavía funciona.
El Sistema no resolvió los problemas de Venezuela. Nunca fue su responsabilidad hacerlo. Tampoco tú podías hacerlo. Un director de orquesta no tenía que resolver aquello que no pudieron resolver presidentes, ministros, empresarios, militares, partidos políticos ni millones de venezolanos.
Tu responsabilidad era otra.
Y resulta que aquel muchacho que salió de Barquisimeto terminó levantando la batuta frente a algunas de las mejores orquestas del planeta. Cada vez que lo hiciste había algo que ninguna discusión política, ningún tuit y ninguna campaña podía quitar de allí: eras venezolano.
Tal vez por eso resulta tan extraña cierta forma de patriotismo que hemos inventado.
Entre un piano que insiste en hacer variaciones del Gloria al Bravo Pueblo, se pide que te censuren, que se boicoteen tus conciertos o los de la orquesta en cualquier lugar del mundo. Todo, naturalmente, en nombre de Venezuela.
Debe ser una forma muy particular de patriotismo: tocar el himno mientras se intenta silenciar a quienes llevan décadas haciendo que el nombre del país suene en algunos de los escenarios más importantes del planeta.
Y aquí es donde empiezo a sospechar que algunas de estas discusiones tienen bastante menos que ver con Venezuela de lo que aparentan. Porque la crítica necesita argumentos. El desacuerdo necesita razones. La denuncia necesita pruebas. Pero cuando durante años el objetivo parece ser siempre el mismo —desacreditar, censurar, boicotear, impedir— quizá ya no estamos hablando solamente de crítica.
A veces, entre tantos acordes de piano, comienza a escucharse otra cosa. Rencor.
Y el rencor tiene una característica incómoda: puede aprender a hablar perfectamente el idioma de los principios. Puede vestirse de indignación, de moral, de patriotismo y hasta de amor por un país. Pero sigue siendo rencor.
Porque destruir es mucho más sencillo que construir algo que pueda compararse con aquello que estamos destruyendo. En las redes sociales se puede lapidar una trayectoria completa entre un café y el almuerzo. Construir una orquesta toma décadas. Formar un músico toma años. Crear una institución capaz de sobrevivir medio siglo en Venezuela parece casi un acto de insensatez.
Y lograr que un niño agarre un violín en un barrio donde probablemente había muchas otras cosas que podía agarrar también debería contar para algo.
No sé cuándo comenzamos a confundir el amor por Venezuela con la obligación de despreciar cualquier cosa venezolana que haya pasado cerca del poder que detestamos. Tampoco sé cuándo decidimos que reconocer un logro equivalía a absolver todo lo demás, o que admitir que algo bueno sobrevivió dentro de un país roto era una forma de traición.
Quizá algún día podamos discutir sobre El Sistema sin necesidad de convertir cada conversación en un referéndum sobre el chavismo. Investigar sus errores sin negar sus logros. Exigir transparencia sin desear su desaparición. Criticar a Gustavo Dudamel sin tener que disminuir a Gustavo Dudamel.
Y quizá podamos aceptar algo todavía más sencillo: que reconocer algo extraordinario hecho por un venezolano no significa apropiarnos de su mérito, compartir sus posiciones ni absolver aquello que merezca ser cuestionado.
Mientras tanto, sigue con tu vaina, Gustavo. Sigue levantando la batuta.
Nosotros todavía estamos intentando aprender algo bastante más difícil:
a reconocer lo extraordinario incluso cuando quien lo hace no cabe cómodamente en uno de nuestros bandos.

Contenido Patrocinado / Recomendado para ti