Enrique W. Guzmán: Positivo, negativo… e interesante

Hoy fui a la jornada de puertas abiertas de un colegio aquí en Italia. Mi hija empieza la secundaria dentro de dos años, pero aquí los colegios se eligen con tiempo, y uno termina recorriendo aulas mucho antes de lo que imaginaba. Este combina un modelo organizativo inspirado en Finlandia con herramientas para enseñar a pensar. Su nombre: Young Thinkers.
Me llamó la atención el nombre. Un nombre en inglés, en un colegio italiano, con un modelo finlandés. Pero lo que de verdad me detuvo no estuvo en la presentación. Pudimos entrar en varias clases, con profesores y alumnos de verdad, y ver cómo deciden: antes de opinar, identifican lo positivo, lo negativo y lo interesante  (PNI) de cada propuesta, primero cada uno por su cuenta y luego en grupo. Lo más revelador fue escuchar a los alumnos explicarnos sus experiencias con una naturalidad que ninguna diapositiva puede fingir.
Yo tenía ocho años la primera vez que hice ese ejercicio. Fue en la Escuela Básica Experimental “Carmen Cabriles”, en mi querida Guarenas, en una materia que se llamaba “Aprender a Pensar.” En nuestra versión, la tercera columna decía “neutro” (PNN).  El ejercicio era el mismo: no saltar a la conclusión, mirar la idea por todos sus lados antes de decidir qué pensar de ella. Teníamos otra materia, Guiatura, donde aprendíamos a decidir con un maestro al lado que unas veces nos confrontaba y otras nos apoyaba, según lo que hiciera falta.
Aquella materia venía de una idea que entonces muchos consideraron extravagante. Luis Alberto Machado, ministro para el Desarrollo de la Inteligencia entre 1979 y 1984, sostenía que la inteligencia no es un don que se reparte al nacer. Se cultiva, y un Estado serio tenía la obligación de cultivarla. La herramienta la había creado Edward de Bono; el mérito venezolano fue llevarla a las aulas públicas, a niños de una ciudad dormitorio a las afueras de Caracas. Fuimos el primer país del mundo con un ministerio dedicado a eso. Hubo quien se burló, comenzando por el partido de gobierno que la apoyó. Supongo que se dieron cuenta del “peligro” que  corre la clase política cuando una sociedad piensa y discierne.
No necesito suponer que Finlandia tomó nada de Venezuela. La conexión que reconocí en ese colegio italiano tenía un nombre propio: Edward de Bono. Sus herramientas también formaban parte de aquella materia de mi infancia. Lo que hoy encontraba buscando colegio para mi hija, yo lo había aprendido en un aula de Guarenas hace más de cuarenta años.
En Guarenas, pensar tenía su hora en el horario, entre Castellano y Matemáticas. Aquí lo vi aparecer en el trabajo de distintas clases. Más allá de cómo se organice, reconocí la misma intención: que los alumnos aprendan a examinar una idea antes de pronunciarse sobre ella.
Pienso en todo esto en una época en la que se ha normalizado llamar opinión a lo que uno vio anoche en un video de Instagram o de TikTok. Culpar a las plataformas es fácil. Más incómodo es aceptar que a la mayoría nunca le enseñaron a examinar lo que ve. Un país que ha pagado tan caro confundir propaganda con información debería saberlo mejor que nadie.
Quizá el cambio de palabra tenga su lección. Lo neutro no inclina la balanza. Lo interesante, en cambio, pide quedarse un rato más con aquello que todavía no sabemos cómo valorar. Y eso es justamente lo que un video de treinta segundos no deja tiempo de mirar.
Tengo cincuenta años y aquel ejercicio sigue siendo mi manera de pensar. También está presente en mi trabajo en CERNYVA, ayudando a las organizaciones a actuar sobre lo que ya saben. Lo que hoy hago con ellas empezó con una hoja dividida en tres columnas.
Eso mismo es lo que he intentado dejarles como legado a mis hijos: que no sigan a nadie como borregos. Que construyan su propio criterio, lo mantengan y lo defiendan, sin que eso los cierre al criterio y al pensamiento de los demás.
Aprender a Pensar fue la única materia que nunca aprobé del todo. Sigo cursándola.

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