Enrique W. Guzmán: La Señora Carmen Navas

Hay una cosa que siempre he admirado profundamente de Alemania. Cuando se hicieron públicos los archivos de la Stasi, millones de personas pudieron descubrir que un vecino, una esposa, un primo o incluso un hijo había colaborado con un sistema que destruyó vidas. La gente podía enterarse de quién los denunció. Quién mintió. Quién ayudó a encarcelar inocentes. Quien ayudó a que alguien muriera torturado. Y aun así, la sociedad alemana no se lanzó masivamente a una cacería humana interminable.

Eso siempre me ha parecido una de las mayores demostraciones de madurez colectiva que he visto. No porque no sintieran rabia. No porque no sintieran odio. Sino porque entendieron algo terrible: una sociedad puede terminar pareciéndose demasiado a aquello que la destruyó.

Pensé mucho en eso al leer sobre la señora Carmen Navas.

Una madre de 83 años pasó 16 meses buscando a su hijo desaparecido. Visitó cárceles. Marchó. Habló con autoridades. Suplicó respuestas. Pero solo encontraba silencio. Pocos días antes del Día de la Madre finalmente le confirmaron la verdad: su hijo había muerto bajo custodia del Estado muchos meses antes. Ya lo habían enterrado, sin nombre, sin flores, sin nadie que lo llorara. Enterrado como enterraban a los que morían de la peste.

Durante una de sus últimas apariciones públicas, en Plaza Altamira, sostenía una foto de su hijo mientras hacía una pregunta devastadora: “Que me den fe de mi hijo, ¿dónde me lo tienen? Si está vivo… porque desde que lo apresaron no lo he visto una sola vez”. Eso me destruyó.

Doña Carmen no era una activista. Ni una figura política. Ni siquiera una señora protestando. Ahí estaba hablando una madre atrapada en el lugar más cruel al que puede llegar un ser humano: no saber si su hijo está vivo o muerto. Y ayer, la señora Carmen murió. Pero la señora Carmen realmente murió el día que desapareció su hijo el 1 de Enero de 2025 cuando iba a llevarle hallacas y bombones para darle el “Feliz Año”. La señora Carmen aquel día simplemente hizo un pacto con la muerte para que la dejara quedarse hasta descubrir qué habían hecho con su muchacho.

Y aquí es donde quiero ser completamente honesto: Casos así hacen muy difícil defender la racionalidad. Y quizá ahí es donde realmente se pone a prueba la diferencia entre inteligencia emocional e inteligencia racional sobre las que escribí hace dos días. Porque la inteligencia emocional reconoce el dolor, la rabia y el deseo de destrucción que una injusticia así puede despertar. Pero la inteligencia racional intenta impedir que ese dolor decida en qué nos convertimos después. Y sostener ese equilibrio frente a historias como la de la señora Carmen Navas probablemente sea una de las cosas más jodidas que puede hacer un ser humano.

Porque lo humano no es sentir calma. Lo humano es desear algo peor para quienes hicieron eso. Imaginar castigos. Querer destruir. Cualquiera que diga que nunca ha sentido eso frente a una injusticia monstruosa probablemente está mintiendo. El problema es que el odio tiene una capacidad aterradora: convencer a las víctimas de hablar el mismo lenguaje (in) moral de quienes las destruyeron.

Por eso admiro tanto el ejemplo alemán. Porque entendieron que una sociedad no se reconstruye convirtiendo la venganza en identidad colectiva. Eso no significa renunciar a la justicia.

Significa entender que justicia y venganza son cosas distintas. La justicia intenta reconstruir el orden moral. La venganza intenta aliviar el dolor. Y precisamente porque alivia, es tan peligrosa.

Quizá por eso sigo admirando tanto esa madurez alemana.

Porque solo una sociedad extremadamente consciente del horror entiende que sobrevivir no basta.
También hay que evitar convertirse en él.

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