Mibelis Acevedo Donís: Des-feudalizar la esfera pública

No está de más recordar lo que por estos días se apunta con frecuencia: la crisis de la verdad, que es también la del periodismo, nos habla de la crisis de la política, la crisis de la democracia. Sabiendo que verdad y política no hablan el mismo idioma; que ambas se encuentran en una tensión constante entre la naturaleza absoluta y no negociable de los hechos, y esa relativización propia de una actividad basada en opiniones, debate y acción conjunta (Arendt), el peligro -y la ironía- no es menor. Y es que la estructura misma de la realidad factual, el anclaje que sostiene a la realidad común, esté siendo vulnerada por sus pretendidos guardianes. A merced del desarreglo, el llamado periodismo militante -aquel que, rompiendo con la premisa de imparcialidad, se adhiere abiertamente a una causa para convertirse en herramienta de transformación y acción- pudiese figurar como germen y secuela de la crisis de base. La instrumentalización de la verdad, el apego al dogma, el operar como extensión de la comunicación institucional o partidaria, no pocas veces derivan en justificación “moral” para la desinstitucionalidad de los hechos.

No sorprende ni se reprocha, claro está, que el periodista se asuma como sujeto político en un rol particularmente complejo: como garante de la exactitud y fuente de modelaje, como ciudadano en ejercicio de su derecho a la libre expresión. La valiente lucha que se da desde esos espacios contra el intento de apagar la realidad para instalar “mentiras organizadas”, Arendt dixit, forma parte medular de la obligación de arrojar luz sobre la evidencia, no ocultarla. De allí que hacerse eco de la verdad en la esfera pública resulte una tarea arriesgada, en la medida en que esta tiende a cuestionar opiniones e intereses de los poderes establecidos. En ese punto, periodista y propagandista se separan de forma radical. Si a algo está forzado el periodista, aun a consciencia de sus sesgos y simpatías, es a interpelar al poder, a incomodarlo si es necesario; pero sin que ello signifique, por supuesto, ignorar datos, renunciar al equilibrio y la comprensión de fenómenos que exigen una mirada desprejuiciada.

El problema se presenta, precisamente, cuando se emplea esta plataforma de credibilidad que antes ha brindado el abordaje y difusión profesional de la información, como palanca de un ethos usado para encajar visiones o dictámenes que el emisor asume como justos, pero que podrían estar dando la espalda a la propia verdad factual. La era de la posverdad ha ofrecido potente mampara en ese sentido: no se miente, como diría la portavoz del presidente Trump en 2017, Kellyanne Conway, sino que se presentan “hechos alternativos”. Tampoco se reconoce el daño concreto que producen las infracciones, las omisiones o distorsiones de la verdad de hecho, sino que se mide su impacto en términos de la “sensibilidad” herida de los afectados, “culpables” y merecedores de sanción moral; rebajando por esa vía la responsabilidad de quien actúa no como árbitro apegado al dato verificado, sino como rabioso inquisidor.

Es evidente que el periodismo enfrenta hoy trastornos que no sólo normalizan la tendencia a la monetización de contenidos, el sacrificio de la calidad por la cantidad, los fraudes del clickbait. La crisis del periodismo, más que económica, es ontológica. Hablamos de esta profunda ruptura existencial que desactiva el marco de referencias con el que se ha interpretado el mundo, y que nos orienta sobre lo que es verdadero o falso. El colapso de las presuposiciones sobre cómo entendemos la realidad y nuestro lugar en ella, ha hecho que pasemos de un modelo de esfera pública unitaria, tal como lo describía Jürgen Habermas (1962), a otro de esferas fragmentadas. Asistimos, pues, al desmantelamiento de ese mundo común, de esa mesa en la que todos solíamos sentarnos alrededor de una misma realidad, algo que permitía la deliberación y, con ella, el consenso. La fragmentación alude al estallido de ese espacio en mil pedazos de los que cada tribu se apropia para llevarlos a habitaciones distintas. El efecto deletéreo de las llamadas cámaras de eco al que otras veces nos hemos referido, reconfigura ese espacio compartido y lo transforma en enjambre digital ruidoso, pero sin unidad; en archipiélago de “verdades” únicas que ya no se miran, que ya no se interpelan ni se entrecruzan.

Hoy “no pensamos; nos alineamos. No argumentamos; compartimos. No dudamos; confirmamos”, señala Máriam Martínez-Bascuñán al explicar cómo esa dinámica que hace unos años parecía inadmisible, hoy se va haciendo parte del paisaje. Y con el concurso, añadimos, de quienes solían figurar como albaceas de la verdad. “Mentir de manera indiscriminada ya no tiene como objetivo hacer que las personas crean en una mentira específica, sino hacer que nadie crea nada en absoluto (…) la verdad misma se ha vuelto irrelevante”. Martínez-Bascuñán advierte que esa segmentación no sólo se refiere a las opiniones, sino que abarca lo epistemológico. En las esferas fragmentadas, la verdad deja de aparecer como un resultado del juicio y valoración de la evidencia para convertirse en marcador de identidad. Lejos de ser un individuo libre, el usuario de redes queda atrapado así en circuitos de autoconfirmación. Creer en algo puede prescindir entonces de procesos de legitimación rigurosa, autónoma y consciente del conocimiento, para mutar en eco distintivo de aquello en lo que mi grupo cree, eso que glorifica o desprecia.

En tanto fenómeno que desarticula las bases del gobierno de la opinión, no cuesta ver que la crisis del periodismo inmersa en tales dinámicas remite a una preocupación que camina más allá del solo interés de los profesionales de la comunicación. Recordemos que en el modelo democrático tradicional, característico de la modernidad sólida, el periodismo fungía como cemento de la esfera pública. Independientemente de sus ideologías y afinidades políticas, los ciudadanos compartían una base factual común. Eso permitía la construcción del entre-nos, ese espacio atravesado por distintas subjetividades y agendas. Ya no es así. A merced de esta suerte de feudalismo comunicativo cebado por el auge del marketing político y el vasallaje del algoritmo (eso que hace del espacio público un escenario de mera exhibición), cada esfera fragmentada se adscribe al coto de sus influencers y líderes de opinión, «señores» del feudo que filtran, procesan datos, protegen a sus seguidores de la «contaminación» con realidades externas. De este modo, la idea de la plaza pública sostenida por la pluralidad, muta en sistema donde la información es un bien que se transfiere por lealtad, no porque sea intrínsecamente veraz.

Al traicionar su esencia -el compromiso con la factualidad- el periodismo deja de ser visto como mediador válido para toda la sociedad. Pasa de fungir como testigo y árbitro a asumir la armadura del campeón que lucha por el honor de su feudo, lo que no pocas veces incluye recurrir al sensacionalismo para mantener a la audiencia movilizada y atenta. Se vuelve entonces un escudo, un nicho para el activismo, sí, pero deja de ser un foro. Profesionales que optan por acoplarse a las necesidades de una esfera (no pocas veces rendidos ante la lógica de la oferta y la demanda) también suelen acabar operando como proveedores de munición para su clan de confianza, su propia burbuja-filtro informativa. Ocurre en contextos comunicacionales como el venezolano, donde es usual toparse con titulares falaces, en grosero contraste con el contenido de la noticia; con “clowns” del infotainment, personajes dotados de un histrionismo tan pícaro como capaz de transformar clichés y datos sin relevancia en ingredientes para la distracción dolosa y la explotación de la indignación. Todo vale. Incluso asumir que la ética del oficio es un corsé ajustable a la ocasión.

Menudo problema. Porque des-feudalizar la esfera pública de cara a la recuperación democrática se suma a la serie de pendientes que acumula la sociedad venezolana, también sitiada por la censura y la necesidad. Donde se ha desmantelado el debate público con el concurso de tirios y troyanos, habrá que hacer un esfuerzo titánico para volver a juntar fragmentos, para distinguir al otro al final de la mesa. Allí el periodista, en vez de señor de herméticos feudos y amplificador de gritos deberá ser constructor de mundos (Martínez-Bascuñán), dibujar mapas capaces de ayudar a cada ciudadano a transitar fuera de sus burbujas.

@Mibelis