Enrique W. Guzmán: ¡Mojigatos!

Siempre me llamaron la atención las portadas de la revista “Despertad” que con tanto cariño regalaban los Testigos de Jehová. Sociedades perfectas en las que un tigre podía vivir en el Caribe en perfecta armonía con un tucán y cuatro niñitos corriendo felices.
A veces tengo la impresión de que terminamos viviendo en una de esas portadas.
Quizá no somos la sociedad más conservadora de la historia, pero sospecho que sí somos la más mojigata.
Lo curioso es que nos creemos exactamente lo contrario.
Hemos dejado atrás muchas de las cosas que escandalizaban a nuestros padres y abuelos. A casi nadie le importa ya que una pareja viva junta sin casarse, que alguien se divorcie dos o tres veces o que una mujer tenga un hijo sin marido. Cosas que hace unas décadas alimentaban conversaciones familiares durante meses hoy apenas merecen comentario.
Pero las ganas de juzgar no se fueron a ninguna parte. Lo que ha cambiado ha sido el motivo.
Basta mencionar Palestina, Trump, inmigración, feminismo o el cambio climático para que una cena agradable termine convertida en campo de batalla, donde de repente todo el mundo parece tener la verdad y la autoridad moral de su lado.
Y muchas veces ni siquiera estamos discutiendo lo que el otro dice sino tratando de averiguar qué clase de persona puede decir una cosa así.
Ahí comienza la mojigatería.
Porque el mojigato nunca se limita a pensar que haces algo que él considera incorrecto. Necesita que ese comportamiento diga algo sobre ti. Porque discrepar es una cosa. Convertir esa discrepancia en un juicio sobre la persona es otra. Ya no basta con pensar que alguien está equivocado: necesitamos que su opinión revele algo sobre quién es.
“¿Qué clase de persona piensa eso?”
Y la bendita superioridad moral le agrega pimienta al asunto.
No solo estás equivocado. Yo soy mejor persona por no estarlo.
Eso ocurre a izquierda y derecha con una simetría casi cómica. Unos descubren fascistas con una facilidad asombrosa; los otros encuentran comunistas hasta debajo de las piedras. Unos llaman odio a cualquier cosa que atraviese determinadas fronteras, mientras los demás hablan de degeneración cada vez que el mundo deja de parecerse al de su infancia.
Y todos están convencidos de que los intolerantes son los otros.
Yo incluido, sospecho, cada vez que me descubro preguntándome qué clase de persona puede pensar según qué cosas.
Quizá no somos más conservadores. Ni siquiera juzgamos ya las mismas cosas. Pero seguimos sintiendo la necesidad de juzgarnos unos a otros por lo que pensamos.
Y las ganas de sentirnos moralmente superiores siguen intactas.

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