Los aviones parecen aterrizar rozando los tejados de zinc. Pero este viernes, ni el rugido de los motores al acercarse al aeropuerto internacional de Maiquetía —recién reinaugurado— logra sacar a los vecinos de su exaltación: llevan horas esperando a Kit Miyamoto, que se ha hecho célebre en Venezuela tras el doble sismo del 24 de junio, en el que han muerto al menos 6.509 personas y sigue habiendo cientos de desaparecidos. “Es una de las escenas más intensas que he visto en los últimos 20 años”, dice el propio Miyamoto a EL PAÍS.
El ingeniero, de origen japonés y afincado en California, llegó primero como un “gesto diplomático” de los Estados Unidos, para ayudar a evaluar los daños de 7.000 edificios. Y ahora, el Gobierno de Delcy Rodríguez lo ha contratado para que gestione los tres millones de toneladas de escombros que van a dejar las demoliciones. Es una estrella en su gremio —“el Mick Jagger de los terremotos”, como lo ha bautizado uno de sus compañeros—, pero en los barrios humildes de La Guaira es, sobre todo, la persona que creen que puede acelerar su presente: el que determinará si su casa puede repararse o debe ser demolida. Cuanto antes lo decrete, antes llegará el recomienzo.
“El chino”, “Minimoto”, “Makamoto”… según Miyamoto avanza por la barriada, se va oyendo cómo lo llaman los vecinos de La Lucha, en La Guaira. Apenas lo dejan seguir sin pedirle una selfie, un abrazo o intentar arrastrarlo hasta sus casas para que las marque. Él se para, posa, chapurrea algo de español y acude a todas las casas donde le requieren.

Miyamoto lleva dos décadas trabajando las consecuencias de los peores desastres, pero la cercanía de los venezolanos le tiene impactado. “Estoy realmente sorprendido por lo enérgica que es la gente aquí, sobre todo en los barrios obreros. Perdieron sus empleos, muchos perdieron sus casas, pero no se van a rendir. Tienen una resiliencia increíble, y casi un optimismo de que el futuro será mejor, algo que sí creo que va a ocurrir”.
—¿Le pasa en todos los países a los que ha ido?
—No, esto no es lo normal. La gente aquí tiene mucha energía para reconstruir, y es distinto. Han sido 25 años de gente reprimida, ¿no? Las cosas están cambiando. Este terremoto fue un shock encima de otro shock. Pero algo tenía que cambiar. Y cambió.
Miyamoto revisa columnas y muros de carga y emite veredictos. “Lo siento, señora, pero esta habrá que demolerla. En realidad, tuvo suerte porque no colapsó con ustedes dentro”, le dice a una mujer que empieza a ser consciente de que va a quedarse sin su casa de ladrillo visto. Las opciones, le explica una de las representantes del Gobierno en la comunidad, serán reconstruir, irse al interior del país o comprar una nueva con ayuda pública. La mujer escucha en silencio mientras procesa.

Venezuela aplica desde julio un sistema de colores que califica el estado de las viviendas: el verde puede habitarse, el amarillo señala daños parciales, y el rojo advierte de un riesgo para la vida de sus ocupantes. De las 7.000 viviendas analizadas, un 22% están colapsadas e irreparables. Pero Miyamoto insiste en no quedarse solo con ese dato: “Si solo ves las noticias, vas a ver únicamente ese porcentaje. Pero no es que todo esté mal: la mayoría de los edificios no colapsó, o puede repararse”.
El estado en el que han quedado muchos edificios de La Guaira —derretidos, desplomados como un castillo de naipes, despedazados en apenas unos segundos— ha sido objeto de discusión técnica y polémica pública. ¿Cómo se construyeron esos inmuebles para que quedaran tan destruidos? ¿Siguieron las normas sísmicas? “Suelo blando, más edificios altos sin ninguna consideración sísmica, es igual a colapso”.
—¿Se siguieron las normas?
—No. Cualquier estructura de concreto construida sin normativa sísmica es peligrosa. Y eso es exactamente lo que ocurrió aquí.
Los estragos tienen mucho que ver con la falta de controles, dice Miyamoto. “La inspección no es realmente obligatoria, así que el contratista hace las cosas a su manera, trata de saltarse detalles, recorta esquinas. Y ahí es cuando ves los defectos”.
Con complejos enteros destrozados de una forma salvaje, el doble sismo también desató críticas sobre la calidad de la construcción pública de viviendas sociales por parte del chavismo. Miles de viviendas que se entregaron en tiempo récord tras el deslave que arrasó La Guaira en 1999 y que se desintegraron con los temblores.

Un análisis satelital publicado en agosto por The Washington Post encontró que, en Caraballeda, la zona más golpeada por el terremoto, más de la mitad de los edificios de alta densidad construidos por la Gran Misión Vivienda Venezuela, el programa de vivienda social insignia de Hugo Chávez, colapsaron. Algo que solo ocurrió en uno de cada 10 edificios privados comparables, construidos bajo la misma norma sismorresistente posterior a 2001. Según el análisis del Post, casi toda la vivienda privada que sí colapsó había sido construida antes de esa norma, con reglas más antiguas y laxas.
Miyamoto se resiste a afirmar que haya sido un problema exclusivo de la Misión Vivienda, o que haya habido grandes diferencias entre la construcción pública y privada, la tesis que defendió Delcy Rodríguez cuando le preguntaron en julio por primera vez sobre este asunto. “Muchos apartamentos privados costosos también colapsaron. Es prácticamente igual de malo, tanto en lo público como en lo privado. Realmente depende del suelo”, mantiene. El ingeniero insiste en que gran parte de las discusiones sobre por qué colapsó un edificio y no otro pasan por alto un factor técnico: la resonancia entre la frecuencia del movimiento sísmico y la propia estructura. “Vi mucha vivienda informal comportarse mucho mejor que la construcción moderna, simplemente porque su frecuencia no coincidía con el movimiento del suelo”, añade.
Cientos de venezolanos siguen buscando a sus fallecidos bajo los escombros mientras ya se han demolido 39 edificios.
—¿Va demasiado rápido para la gente que aún confía en reclamar responsabilidades o encontrar a sus seres queridos?
—No creo que sea demasiado rápido, incluso podría serlo más. Creo que está muy organizado. Si los familiares ven cualquier tipo de restos, la operación se detiene. Tienen una unidad especial de bomberos que llega ahí para asegurarse, respetuosamente, de que los restos sean recuperados.
De las tres millones de toneladas que contempla el contrato —cuyo valor y detalles no son públicos—, ya se ha retirado alrededor de un millón, según Miyamoto. Por ahora, los escombros se acumulan en un depósito temporal y se contratará a empresas locales para procesarlos. Un 30% del material, asegura, puede reciclarse. “Hay una máquina recicladora de escombro de concreto —todavía no disponible aquí, pero sí en Bogotá—. Se le mete el material, separa el acero, separa el agregado y produce arena”, explica.

—¿Cómo se imagina La Guaira dentro de diez años?
—Dependerá de cómo la gente vuelva a poner dinero en su propia comunidad, y no tanto del gobierno —dice Miyamoto. Los organismos públicos, recuerda, solo suelen levantar entre el 5% y el 10% del entorno construido; el resto tendrá que salir de bolsillos privados. Pero dentro de diez años no vas a ver la cicatriz de este terremoto. Hay lugares donde no podrán volverse a levantar casas, pero va a estar completamente reconstruida.
