Sí, el Real Madrid se metió en la gran final de Sevilla, como todos pronosticaban, pero lo hizo como sólo puede hacerlo el equipo blanco, complicándose la vida y llevando a su hinchada al borde del colapso hasta sellar el pase con épica y locura. Antonio Rüdiger, en el tramo final de la prórroga, reinó en un manicomio divino que propició la Real, un conjunto extraordinario capaz de sacar de quicio a los blancos, adelantarse en el marcador, ponerse 1-3 en el 80 y regresar de la remontada blanca en el 92, con un cabezazo de Oyarzabal. Cruel desenlace para los donostiarras, que regalaron una noche monumental.
Es tradición en cualquier eliminatoria que el Madrid afronta con ventaja en el Bernabéu que empiece dando vida al rival. Si a eso añadimos que la Real de Imanol tiene la sana costumbre de ponerse por delante cada vez que visita Chamartín, pues estaba escrito. A los 16′, 0-1, eliminatoria igualada. Y no fue en el primer remate de la Real, que ya había amenazado Barrene con un centro chut blando y Sucic con un disparo al lateral de la red. A la tercera, Pablo Marín atrajo a Lucas, peinó el pase y dejó solo a Barrenetxea que tuvo tiempo para encarar, prepararse el remate de interior y colocar con la diestra bajo las piernas de Lunin.
Se desperezaron todos los que acudieron al estadio como a un trámite. A alguno le dio por pitar a Lucas, como si el gallego hubiese recibido ayuda en el dos contra uno realista. Uno al interior, otro abierto. Respondió el Madrid con ‘eneryía’, como dice Carlo, que había apostado por el goleador de la Copa. Es verdad que antes del 0-1 pudo explotar un error de cálculo de Zubeldia marcándose una chilena. Se le marchó fuera. Después del gol, remató Vini, obligando a Remiro, y Rodrygo, cruzado, pero sin encajonar a la Real, que derrochaba personalidad con balón. Lógico cuando tienes a Zubimendi ofreciendo siempre el apoyo y Oyarzabal descolgándose para abrir espacios. Empezaba el runrún en la grada, que si no tes da para presionar, que si Vini lleva tiempo sin aparecer, y el Madrid reventó por talento. Recibió Vinicius junto a la banda, allí donde eludió a Fernandinho, para justificar el precio de la entrada con un pase de exterior maravilloso, quirúrgico, al sitio exacto por delante de la defensa realista. Dejó solo a Endrick, que picó suave por encima de Remiro.
Experto en arruinar pronósticos y pizarras, el Madrid se vino arriba con el empate. No derrochó ocasiones pero sí detalles de alta calidad. Cambios de juego, controles de tacón (Vini), sombreros (Bellingham), pero ningún remate potable. Coincidió con el esplendor de Bellingham, que volvió a Zidanear en el tramo final del primer acto. Cierto que la Real sintió el castigo de la lesión de Aguerd, de nuevo con problemas musculares. Es bueno y frágil. Tuvo, eso sí, el poso de no descomponerse después del empate y no sufrir demasiado antes del descanso. De hecho, se fue a la caseta reclamando penalti de Vinicius sobre Kubo, ya sobre la hora. Tan poco acostumbrado a las tareas defensivas, Vini jugó con fuego. Alberola, muy cerca, consideró que no era suficiente para penalti.
No hicieron cambios los técnicos. Sustituciones, se entiende. Porque Imanol volcó más a Sucic en derecha para buscar el dos contra uno con Kubo contra Camavinga. Rodrygo derrochó ingenio buscando un gol olímpico, pero lo salvó Remiro, protagonista de otro lance polémico. Tras un córner entró al segundo palo Bellingham, no lo vio Remiro y le arreó un bofetón considerable. Mucho más que aquel que se pitó como penalti de Szczesny a Messi en el Mundial.
No remachó el Madrid y creció la Real, por convicción y por fútbol. Emergió Pablo Marín en todos los sectores del campo, en bandas y en el centro, aunque no había ocasiones claras antes de los cambios. Se fue Endrick, poniendo en pie al Bernabéu, para que entrase Mbappé, y por la Real ingresó Sergio Gómez. Mano de santo. Carburó el ataque realista, que avisó con una volea de Zubimendi que obligó a un paradón de Lunin. Oyarzabal, con la derecha, reventó alto. Al Madrid le entró el tembleque y la Real fue a por la presa. Kubo, que no había aparecido mucho, atrajo la pelota y Pablo Marín derrochó clase en la conducción. Metió el pase atrás y Alaba, con el tacón, desvió en propia meta. Con el Madrid aturdido, otra internada por derecha, esta vez de Kubo, dejó la pelota atrás para Oyarzabal que remató, tocó Alaba y sumó el doblete. La Real, minuto 80, se veía en la final.
Por supuesto, el Madrid dio lo mejor de sí al verse perdido y no tener nada que guardar. Discutió Ancelotti con Vinicius, pero no le cambió. Entró Modric por Lucas, con Valverde al lateral, y el Bernabéu entró en erupción. Cabalgó Vini por la izquierda, centró atrás y Bellingham voleó a la red. Y poco despúes, en un balón largo a Mbappé, el francés se quedó quieto, entró VInicius mano a mano y Remiro hizo un milagro. No pitó Alberola el fuera de juego posicional que distrajo al central, y en el córner siguiente cabeceó Tchouaméni duro, sorprendiendo a Remiro. La locura. El Bernabéuj se adana por clasificado, pero esto es la Copa, amigos. Camavinga volvió a perder en el descuento el duelo con Kubo, hizo falta, la botó Sergio Gómez y Lunin, con una salida en falso, regaló el gol a Oyarzabal. Heroica Real. A la prórroga.
El cansancio pasó facturas varias. Asencio no podía con las medias. Tuvo una opción Vinicius de remachar, a pase de Mbappé. y otra del francés a pase de Rodrygo que remató de cabeza fuera. Tras la pausa, agotaron cambios Ancelotti e Imanol, y la indfgnación fue blanca tras un entradón de Olasagasti a Vinicius, mucho más roja que amarilla. Templó Alberola y el partido quedó expuesto a un error o una individualidad. Llegó de manera muy parecida al 3-3, un córner desde la derecha que botó Güler y Rüdiger cabeceó impecable a la red. Tenía todo el sentido. En el manicomio reinó el Loco Rüdiger.