En el norte de Etiopía, la iglesia Abuna Yemata Guh se alza, tallada en un acantilado de arenisca a 250 metros sobre el valle, en la región de Tigray. Para llegar a ella, es necesario trepar por roca desnuda, completamente expuesto y sin cuerdas ni sistemas de protección.
Haylesilassie Kahsay realiza esta ascensión cada mañana como parte de su rutina diaria en el templo, perpetuando una tradición transmitida entre generaciones de religiosos. La construcción se remonta al siglo V y lleva en pie más de 1.500 años.
Hay quienes sostienen que fue erigida para acercarse más a los espíritus celestiales, mientras que otros defienden que servía como escondite estratégico contra enemigos invasores. Su origen permanece incierto, pero se atribuye a uno de los Nueve Santos de la historia etíope.
Una ruta vertical sin margen para errores
El ascenso toma aproximadamente 20 minutos por una pared rocosa estrecha, donde las manos solo encuentran apoyo en ciertos tramos. En un tramo de 10 metros, los peregrinos ascienden descalzos y sin cuerdas, en vertical, mientras buscan grietas microscópicas en la piedra para sostenerse.
Quienes inician el trayecto dejan sus zapatos al pie del acantilado como gesto de veneración antes de entrar en el espacio sagrado. Mujeres embarazadas, niños y ancianos de la región también completan la travesía para asistir a las celebraciones tradicionales y enfrentan el peligro confiados en la protección espiritual del santo patrono.
Arte milenaria preservada en la piedra
Las paredes interiores de arenisca guardan pinturas del siglo VI elaboradas con grasa animal y conservadas gracias al clima árido de la región. Figuras bíblicas y escenas de parábolas recubren las superficies, mientras las grietas de la roca permiten que la luz natural ilumine los frescos del techo.
Una de estas obras se atribuye a un sobrino del santo sirio, quien habría esculpido la iglesia en la montaña. Entre los objetos más valiosos del santuario figura una biblia antigua, encuadernada en piel de cabra y resguardada en el recinto interior.
El tramo final y sus peligros reales
Tras completar la escalada, el acceso al corazón del templo obliga a recorrer un borde de piedra angosto e inclinado, donde cualquier desliz podría ser fatal. Sin embargo, no existen registros documentados de caídas en este segmento desde que los peregrinos realizan la travesía.
Veinte clérigos atienden la iglesia bajo la dirección de un sacerdote principal, que repite la escalada cada mañana. Para quienes llegan al santuario, el esfuerzo físico y la exposición al riesgo se justifican por la sensación de proximidad con lo sagrado que parece ofrecer ese acantilado aislado.
Más de 30 templos en las montañas etíopes
La iglesia Abuna Yemata Guh no está sola en la región de Gheralta. Más de 30 iglesias ortodoxas etíopes fueron excavadas en cavernas y acantilados de esas montañas, todas de más de mil años de antigüedad.
Estos santuarios remotos cumplían funciones espirituales y estratégicas: acercaban a los fieles al Paraíso y los ocultaban de los ejércitos invasores que transitaban por los valles inferiores.
El difícil acceso convertía estos lugares en refugios espirituales y militares. Este patrón constructivo se repitió durante siglos en toda la región montañosa etíope, donde las necesidades de fe y supervivencia se entrelazaban.
