Salud mental en adolescente: por qué es clave detectar el malestar y construir redes de apoyo

En las consultas recibo adolescentes atravesados por una sensación que les resulta difícil contar. Hablan de vacío, de una sensación de pérdida que no siempre pueden identificar, de tristeza, de anhedonia —la imposibilidad de sentir placer o interés por aquello que antes los convocaba— y, sobre todo, de no encontrar un lugar ni en el presente ni en el futuro. Por esto último, no saben cómo “arrancar” ni para dónde dirigirse, dicen.

Algunos sienten que nacieron sin vocación; otros, que no cumplen con lo que se espera de ellos, con lo cual cualquier esfuerzo no vale la pena. Otros se sobreadaptan: participan de todas las actividades, sostienen el rendimiento escolar y mantienen una vida social aparentemente activa, pero no logran sentirse parte de nada. Se sienten mal. Lo manifiestan con angustia, desasosiego, ansiedad y temores profundos.

Durante 2024 murieron por suicidio 345 adolescentes de entre 10 y 19 años en la Argentina: casi uno por día. El 69% eran varones y el 31%, mujeres.

Entre los 15 y 19 años murieron 219 varones y 75 mujeres. Entre los 10 y 14 años ocurrió lo contrario: murieron 32 mujeres y 19 varones.

Los datos pertenecen a la Dirección de Estadísticas e Información en Salud del Ministerio de Salud de la Nación.

Adolescente sentado en un pupitre de un aula, con la cabeza apoyada en los brazos sobre la mesa, rodeado de pupitres vacíos junto a una ventana.La soledad y el desamparo emergen como factores clave del malestar adolescente, según la clínica y los datos oficiales (Imagen Ilustrativa Infobae)

La tasa creció de manera muy marcada desde comienzos de la década de 1990: pasó de 2,5 muertes cada 100.000 adolescentes en 1990-1992 a un máximo de 7,2 en 2011-2013. Posteriormente descendió: fue de 6,5 en 2017-2019 y de 5,4 en 2020-2022.

Estos datos evidencian un problema que aumentó históricamente, permanece en niveles preocupantes y adopta formas diferentes según la edad, el género y el lugar donde se vive.

Por otra parte, las notificaciones de intentos de suicidio muestran otra dimensión.

Entre abril de 2023 y octubre de 2025 se registraron 22.249 eventos en personas de 10 años o más.

El 61% de aquellos en los que se informó el sexo correspondió a mujeres y el 39%, a varones.

Una joven acostada en la cama en una habitación oscura mira su teléfono móvil cuya pantalla ilumina su rostro.Los adolescentes mencionan vacío, anhedonia y dificultad para encontrar un lugar en el presente y el futuro (Imagen Ilustrativa Infobae)

El grupo de 15 a 19 años tuvo la tasa notificada más alta y, dentro de esa franja etaria, la correspondiente a las mujeres duplicó la de los varones. Sin embargo, el porcentaje de intentos que terminó en muerte fue cinco veces mayor entre los varones.

Estos registros todavía no representan la totalidad del país y el propio Ministerio de Salud advierte que el aumento de las notificaciones responde principalmente a la ampliación del sistema de vigilancia.

Estos datos, leídos junto con lo que se escucha en la clínica, dejan ver algo fundamental: la soledad y el desamparo en que se encuentran las y los adolescentes hoy. Un intento no fatal no es una actuación trivial ni una simple forma de llamar la atención; es un llamado urgente, una caída que hay que atender sin demoras.

Una lectura multifactorial del suicidio consiste en comprender que no existe una relación lineal entre un hecho y una muerte. Pueden intervenir trastornos depresivosconsumos problemáticosviolencias sexuales, conflictos familiares, hostigamiento escolar, discriminaciónaislamientoprecariedad económica, dificultades para acceder a tratamientos y ausencia de redes de cuidado.

Primer plano de un adolescente con camiseta azul y un perro de pelaje dorado, con sus frentes tocándose y manos del joven en el cuello del animal.La negligencia afectiva y la ausencia de vínculos seguros afectan el desarrollo emocional y neurobiológico desde la infancia (Imagen Ilustrativa Infobae)

La Asociación Mundial para la Salud Mental Infantil advierte que la negligencia afectiva, la violencia, la ausencia de vínculos seguros y los cuidados insuficientes durante los primeros años pueden afectar de manera duradera el desarrollo neurobiológico y emocional.

Cuando un bebé no encuentra el sostén necesario para construir confianza en los vínculos y regular sus estados emocionales, pueden quedar condiciones de vulnerabilidad que más tarde se expresen en trastornos graves de salud mental, dificultades para tramitar el sufrimiento y conductas heteroagresivas o autoagresivas.

Por supuesto, esto no determina un destino, pero permite comprender por qué, en algunos adolescentes, un acontecimiento actual impacta sobre un terreno psíquico que venía siendo debilitado desde mucho antes, sin que se haya notado en el entorno cercano.

Muchas veces, las conductas disruptivas en adolescentes, los silencios cerrados, los enojos permanentes y el aislamiento se leen como reacciones esperables de esa etapa de la vida. Lo son, pero con límites. No debe tomarse a la ligera el sufrimiento ni el malestar permanente, que, como en un adulto, son signos de alarma.

Hombre de pie gesticulando y joven sentado en un sofá con un teléfono móvil y auriculares, en una sala con una mesa y una ventana.Cuando un adolescente no encuentra sostén adulto, la soledad y el desamparo pueden profundizar su malestar (Imagen Ilustrativa Infobae)

La Organización Mundial de la Salud advierte que los factores de riesgo se combinan y que buena parte de los padecimientos psíquicos adolescentes permanece sin ser reconocida ni tratada. Advierte, además, que, en todo el mundo, 1 de cada 7 jóvenes de entre 10 y 19 años padece algún tipo de trastorno mental, lo que representa el 15% de la carga mundial de enfermedad para este grupo etario.

Sin embargo, que no exista una causa única no significa que no haya un acontecimiento que pueda precipitar una escalada de violencia contra sí mismo o contra otros. Puede ser una separación, una humillación pública, la sextorsión, la violencia sexual, el grooming, el bullying, el ciberbullying, una pelea familiar, una situación de hostigamiento, una expulsión, una sanción o un fracaso vivido como definitivo.

Desde afuera, algunos hechos pueden parecer insuficientes para explicar la magnitud de lo ocurrido. Pero el acontecimiento no actúa sobre una tabula rasa: decanta sobre una historia previa y puede hacer eclosionar algo que, hasta ese momento, había podido mantenerse precariamente contenido y disimulado.

Un estudio sobre muertes por suicidio de adolescentes de 10 a 19 años en Estados Unidos encontró que el 34% había atravesado una crisis durante las dos semanas anteriores. Entre las circunstancias registradas aparecían conflictos familiares, problemas en las relaciones afectivas y dificultades escolares. Casi 6 de cada 10 no tenían registrado un diagnóstico previo de salud mental.

Una adolescente de cabello castaño sentada en un sillón con la cabeza baja mira hacia abajo frente a una mujer adulta que escribe en una libreta.El sufrimiento adolescente muchas veces no recibe diagnóstico ni tratamiento, uno de cada siete padece algún trastorno mental (Imagen Ilustrativa Infobae)

Estos porcentajes pueden ayudarnos a comprender que la ausencia de un diagnóstico no equivale a la ausencia de sufrimiento, y que un acontecimiento próximo puede funcionar como precipitante sin constituir la causa total de la muerte.

En la adolescencia, una ruptura amorosa puede derrumbar una organización psíquica que descansaba casi por completo en ese vínculo. Una mala nota puede vivirse como la caída de la única imagen valiosa que alguien cree poder ofrecer. Una humillación puede adquirir la dimensión de una expulsión del mundo cuando no existe otro espacio de pertenencia capaz de relativizarla.

La era digital profundizó esa exposición: niños, niñas y adolescentes pueden quedar sometidos a la mirada, la evaluación y el monitoreo constantes de sus acciones. Las plataformas, además, amplifican prácticas violentas como el hostigamiento y el ciberacoso, prolongan la agresión más allá de la escuela y vuelven difícil encontrar un lugar de resguardo.

Por eso, no alcanza con preguntar qué ocurrió ese día; es necesario preguntarse qué cadena de pérdidas, violencias y silencios convirtió ese hecho en algo imposible de tramitar.

Una familia sentada en un sofá: la madre a la izquierda con la mano en el hombro del hijo, el hijo en el centro y el padre a la derecha, todos conversando.La presencia de adultos que permanezcan cerca sin minimizar el sufrimiento es clave para acompañar a los adolescentes (Imagen Ilustrativa Infobae)

En cuanto a la mayor mortalidad de los varones de 15 a 19 años, una revisión sistemática reciente aporta una clave posible para pensarla: la exigencia de autosuficiencia, el control emocional, la vergüenza y el estigma dificultan que muchos adolescentes y jóvenes varones pidan ayuda. Se les permite expresar el enojo con mayor facilidad que la tristeza, la dependencia o el miedo. Muchas veces, el pedido aparece tarde, cuando el sufrimiento ya no encuentra palabras.

En la consulta también se escucha un malestar epocal: muchos jóvenes quedan detenidos en la adolescencia y no saben cómo crecer. La pubertad irrumpe, transforma el cuerpo y obliga a realizar un intenso trabajo psíquico. La identidad ya no puede sostenerse únicamente en las identificaciones infantiles, mientras las nuevas todavía son frágiles. Se vuelve necesario elaborar la pérdida del cuerpo de la infancia, revisar el vínculo con los padres, encontrar nuevos objetos de amor y construir un lugar propio desde el cual desear.

Pero este trabajo no ocurre sin sostenes. La época actual ofrece menos referencias estables para orientar la separación y la entrada en la vida adulta. Se han debilitado los rituales de pasaje, las instituciones que organizaban las transiciones y las promesas colectivas capaces de dar sentido al esfuerzo. Al mismo tiempo, se exige elegir, rendir, mostrarse y construir una identidad propia en un contexto de incertidumbreprecariedad y cambios constantes. La adultez aparece, entonces, como una responsabilidad sin un horizonte claro: se espera que los jóvenes sean autónomos, pero no siempre encuentran condiciones materiales ni simbólicas para serlo.

Primer plano del rostro de una joven adolescente con acné en la frente y mejillas, mirando hacia abajo con expresión pensativa. Viste una camiseta azul.Una ruptura amorosa puede derrumbar la organización psíquica de un adolescente, dejando huellas profundas en su bienestar (Imagen Ilustrativa Infobae)

A esto se suma una cultura que prolonga la juventud como ideal y que convierte la novedad, la flexibilidad y la posibilidad de recomenzar en valores permanentes. Crecer puede vivirse así como una pérdida: implica renunciar a ciertas opciones, asumir límites y aceptar que no todo puede conservarse abierto. Frente a esa dificultad, permanecer en la adolescencia ofrece una forma de postergar decisiones y protegerse de un futuro que no garantiza demasiado.

Cuando el futuro deja de funcionar como promesa, puede producirse una suspensión del trabajo adolescente. No se trata simplemente de no querer crecer. Postergar decisiones, replegarse del mundo exterior o permanecer en una posición de dependencia respecto del cuidado parental pueden funcionar como defensas frente a las pérdidas, las separaciones y los riesgos que implica crecer. Cuando no hay un horizonte hacia el cual dirigirse, detenerse puede parecer una manera de no caer.

El tiempo psíquico queda, entonces, pendulando: se comienza algo y se abandona; se ensaya una salida y se retrocede; se espera una certeza que nunca llega. La adolescencia puede prolongarse no por comodidad, sino porque el futuro ha dejado de ofrecer un lugar simbólico que resulte posible habitar. Esta prolongación puede observarse incluso a los 30 años o más. Así, algunas de las operaciones psíquicas propias de ese tiempo permanecen suspendidas. Ese “no sé cómo arrancar” que escuchamos en la consulta no siempre expresa falta de voluntad: puede nombrar la imposibilidad de encontrar una dirección hacia la cual invertir el deseo.

Una joven de pelo oscuro sentada en una cama mira su teléfono móvil. La luz natural entra por la ventana en la habitación con ropa de cama gris.La era digital amplifica el hostigamiento y la exposición, dificultando encontrar un lugar de resguardo para los jóvenes (Imagen Ilustrativa Infobae)

En ese contexto, la anhedonia no es pereza. Puede expresar una retirada de la energía psíquica con la que, hasta entonces, se investía el mundo: aquello que daba placer deja de convocar y los vínculos pierden intensidad. El aislamiento tampoco constituye siempre una elección; a veces es un repliegue defensivo frente a un exterior experimentado como hostil o demasiado exigente. La caída del rendimiento puede ser la marca visible de un psiquismo que está utilizando todos sus recursos simplemente para sostenerse y conservar algún lugar conocido, aunque ese lugar ya no alcance para vivir.

Prevenir en salud mental requiere tratamientos accesibles y continuos, pero también adultos capaces de permanecer cerca sin minimizar el sufrimiento, familias acompañadas, escuelas que no respondan con expulsión y políticas públicas que garanticen atención antes de que la urgencia se transforme en catástrofe.

Un adolescente que no puede imaginar un futuro propio puede necesitar que otro sostenga provisoriamente esa posibilidad, sin apabullar, dando lugar a la palabra y al tiempo necesario para salir de la encerrona trágica en la que se encuentra.

Antes de pedirles que encuentren su lugar en el mundo, hay que hacerles lugar.

por INFOBAE

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