Mibelis Acevedo Donís: Oír lo que no se desea oír

Esos procesos de cálculo de la necesidad mutua que se activan de cara a las transiciones no prosperan de la noche a la mañana, fruto de alguna epifanía de actores que de pronto deciden abrazar valores democráticos. Por el contrario, invocan un intenso, crudo forcejeo entre intereses en apariencia incompatibles. Tampoco las democracias funcionan al margen de ese foco racional, la red de seguridad que los contrapesos políticos y sociales introducen en las interacciones, fuerzas amarradas a intereses propios y capacidades de veto, ninguna con capacidad de aplastar a la otra o decidir de forma unilateral. Los hitos de democratizaciones más y menos emblemáticas, de hecho, muestran reuniones diversas y complejas, signadas incluso por el particular diseño físico y simbólico de los espacios en que se realizaban; cumbres de rivales históricos obligados a convivir -recurriendo para ello a esa contención de la “destrucción mutuamente asegurada”, el diseño de garantías de salida y la heterogeneidad de las coaliciones- y solucionar la crisis a partir de la habilitación de equilibrios.

Equilibrio es, pues, palabra mágica. La democracia -en curso o por desarrollar- consiste básicamente en refrenar las fuerzas centrífugas de las intransigencias que inclinan la balanza hacia sus cotos, para sustituirlas por fuerzas centrípetas, esas que atraen al sistema hacia el centro, fomentando la unidad, los pactos amplios, blindando la gobernabilidad al evitar que los extremos ideológicos fragmenten y destruyan el entramado institucional. Procurar un espacio de deliberación que permita incorporar y digerir los contrastes resultará vital para ir allanando el camino hacia transformaciones que permitan el giro hacia un nuevo orden.

Sabemos que el poder, por su propia naturaleza expansiva, requiere de fricción. La acción de un liderazgo necesita obligatoriamente de visiones e intereses contrapuestos para no descarrilarse, no ser presa de la hȳbris. Lo vivido en Venezuela a partir de 1998 indica que cuando esa autoridad opera en un vacío de oposición interna o en ausencia de controles institucionales, su acción pierde tracción con la realidad. El autoritarismo, al concebir los contrapesos como obstáculos para la eficacia -anulando los sistemas bipartidistas o de coalición multipartidista, el consenso institucional, la identidad nacional compartida, y promoviendo la polarización, el populismo, la escisión- destruye la posibilidad de procurar los equilibrios republicanos cruciales para la estabilidad del Estado.

El diseño de los contrapesos modernos encuentra su mejor formulación en El Federalista no.51. James Madison argumentaba en 1788 que, para evitar la tiranía, «la ambición debe multiplicarse para contrarrestar a la ambición». No hablamos de un idealista, claro está. El ilustre constitucionalista entendía que entre los seres humanos no cunden los ángeles y que, por tanto, el desempeño político siempre tenderá a la concentración del poder. A merced de la imposibilidad de encontrar líderes puros o infalibles, la solución será apelar a un sistema donde los intereses de un sector choquen inevitablemente con los de otro. El valor de la contradicción resulta acá crucial. Poderes públicos fuertes e independientes, partidos políticos con agendas propias, alas de disidencia interna, organizaciones intermedias con influjo y representatividad, son avíos que quizás hacen más lenta la toma de decisiones, pero también infinitamente más robusta en tanto negociada, defendida con datos duros, despojada de sus aristas más dogmáticas.

La fase del “unanimismo” en la gestión pública tan propia de los años de Chávez y Maduro sirve para entender los peligros de la homogenización de visiones bajo una sola premisa. La sustitución de cuadros técnicos críticos por lealtades personales coincidió con una merma de la capacidad de corrección del rumbo ante extravíos económicos y políticos cada vez más severos. Sin desacuerdos que pinchen la burbuja del información del poder (allí donde el conflicto es asumido como “desestabilizador” y no aliño inapelable, connatural a la puja entre contrarios, situación que no admite “solución final”, según Julien Freund), la previsión no sólo será el error ejecutado a gran escala, el diseño de políticas sin sentido de realidad. También la precarización de un desempeño incapaz de representar e incorporar eficazmente a la heterogeneidad. En su análisis sobre la quiebra de las democracias, por cierto, Linz advertía sobre los peligros de líderes que interpretan la lealtad como ausencia de crítica, para acabar rodeados de «leales» que no les sirven de nada cuando la realidad se impone. Esos procesos documentados de ruptura democrática en América Latina y Europa demuestran cómo el aislamiento informativo del líder respecto a la sociedad precedió al colapso.

En el caso venezolano, tal articulación de pesos y contrapesos debería operar con mayor razón como antídoto para esa visión negadora de los matices, dicotomizante y maniquea que ha bloqueado las dinámicas de intercambio societal. La confluencia de actores con pasados distintos, ideologías divergentes e intereses económicos contrapuestos; el saber que durante una transición se atraviesa por un momento de máxima plasticidad institucional en el que las viejas reglas ya no rigen del todo y las nuevas todavía no están consolidadas, y el margen de error permitido es mucho menor, exige por tanto de los conductores una actitud contraria a la idea de que «la unidad exige uniformidad». Los contrapesos en una coalición de cambio, de hecho, cumplen funciones vitales en materia de garantías mutuas (la casuística sugiere que sectores reformadores del régimen saliente cooperarán si en la acera opositora ven contrapesos que limiten el poder del líder principal; si perciben allí una fuerza vertical e incontestable, preferirán mantener el statu quo por temor a ser barridos en el nuevo esquema). Una sociedad compleja, además, exige mirada distinta a la de Polifemo: la presencia de intereses encontrados dentro de la misma coalición institucionaliza el conflicto de manera pacífica, obliga al político a convertirse en árbitro y tejedor de consensos, uno capaz de maniobrar no a pesar de la resistencia sino con ella, en lugar de un comandante afanado en la emisión de directrices.

Por supuesto, es precisamente ese intersticio donde los liderazgos enfrentan su mayor tentación, la de rodearse de quienes confirman su visión y prescindir de quienes la cuestionan. Un acicate con una lógica perversa pero comprensible: quien aspira a liderar una transición suele hacerlo bajo presión, con legitimidad disputada, de modo que necesita avanzar rápido. El disenso en este contexto se percibe a menudo como fricción innecesaria; pero es justamente allí donde hace falta una habilidad superior, donde el contraste se vuelve indispensable, no una traba para el cambio sino como condición para su viabilidad. Valorar ese contrapunteo será clave para salvarse de la trampa de escucharse solo a sí mismo, víctima de las cámaras de eco de los aduladores -un daño operativo, más que ético- y la subestimación de los factores reales de poder.

En este sentido, los contrapesos no son solo institucionales, externos. Hay un nivel más íntimo y menos visible, el de aquellos que operan dentro del propio círculo de decisión. Son los asesores que advierten que algo no funcionará, técnicos que aportan datos incómodos, aliados que advierten un error antes de que se cometa. Cuando ese espacio se vacía de esas voces y se llena de laudatorios, el líder pierde la última línea de defensa contra sus propios sesgos. En su estudio clásico sobre el Groupthink, Irving Janis mostró cómo grupos cohesionados de decisión, integrados incluso por personas inteligentes y bien intencionadas, pueden tomar caminos desastrosos precisamente por la presión de la unanimidad. Ejemplo paradigmático fue la invasión de Bahía de Cochinos: un equipo de lúcidos asesores que, por evitar el disenso, validó un plan que cualquiera de ellos, por separado, habría considerado inviable.

He allí un desafío para el político consciente de que la lealtad saludable aplica al proyecto republicano, no a la persona. Cuenta Tácito que “Tiberio aborrecía la lisonja, y por eso muchas veces no acertaban los romanos a hablar delante de él”, o que Claudio no sabía dejarse llevar por el consejo de otro ni guiarse por el suyo propio. Siglos más tarde, Maquiavelo hacía en El Príncipe un diagnóstico preciso de esta patología del poder. Allí distingue entre el consejero que habla con verdad y el adulador que dice lo que el príncipe desea oír. Un gobernante solo puede protegerse de la adulación, afirma, si crea condiciones para que se le hable con franqueza. “El príncipe prudente guarda un justo medio, escogiendo hombres sabios por consejeros, y permitiéndoles a ellos solos que le digan francamente la verdad sobre las cosas que les pregunte, y nada más”. La receta no es prescindir de consejeros, ya que “el que está falto de luces jamás acierta a aconsejarse bien”; se trata de rodearse de los idóneos. Quien actúa en contrario, o prescinde de la parresía («decirlo todo»), o se pierde en la majadería de los serviles de ocasión, o cambia de opinión compulsivamente por las muchas voces que escucha, terminará siendo poco estimado… ¿está al tanto el liderazgo venezolano de los alcances de tal calamidad?

@Mibelis

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