Elon Musk lo llama «Sam el tramposo», «Sam el estafador» a lo que Sam Altman le responde en la red X criticando la poca calidad de los autos Tesla: así se observa desde lejos un pleito entre multimillonarios, donde Musk asegura que Altman robó dinero a una organización sin fines de lucro —como se definió en un principio a la empresa OpenAI—, y que deberá pagarle millones de dólares porque se benefició de su inversión y visión del negocio.
Casi diez años atrás, Elon Musk fue uno de los socios fundadores de OpenAI, un negocio cuyo éxito financiero nadie vio venir y que podría convertir a su actual CEO, Sam Altman, en uno de los hombres más ricos del mundo.
Por lo mismo, Elon Musk ha elevado sus exigencias monetarias en la demanda, exigiendo una compensación que oscila entre 79 mil millones y 134 mil millones de dólares a OpenAI y Microsoft, argumentando que ambas empresas se beneficiaron indebidamente de su dinero y su estrategia de negocio.
Musk sostiene que OpenAI y Sam Altman traicionaron su misión original, la de ser una empresa «sin fines de lucro» para transformarse en una entidad «cerrada» y altamente lucrativa bajo el control de facto de Microsoft.
Pero la compañía ha calificado la demanda como un intento de Elon Musk por frenar la competencia y favorecer a su propia empresa de inteligencia artificial, xAI, calificando su conducta como anticompetitiva.
Los abogados de Altman también aseguran que Musk intentó tomar el control total de la empresa antes de abandonarla y que sus acusaciones carecen de fundamento legal sólido.
Pero Musk insiste en que su inversión inicial —aproximadamente 38 millones de dólares, equivalente entonces a 60% del capital fundacional—, más lo que llama su «prestigio», fueron fundamentales para el éxito de la empresa. Una empresa que, según Musk, traicionó su misión original de ser «sin fines de lucro» para convertirse en una entidad comercial con ganancias multimillonarias. Musk ha declarado públicamente en su red social X que, de ganar el juicio, donará la totalidad de la indemnización a obras de caridad.
Pero la rivalidad no se ha quedado en los tribunales, sino que Altman ha tomado el sitio que ocupaba Elon Musk en el favoritismo del presidente Donald Trump. A pesar de que Musk gastó más de doscientos cincuenta millones de dólares para ayudar a Trump a ser reelegido y trabajó en la Casa Blanca durante meses, Altman —quien siempre había apoyado a los demócratas— es ahora uno de los magnates favoritos de Trump; incluso lo acompañó en un viaje para visitar a la Familia Real Británica en el Castillo de Windsor.
De hecho, cuando Trump organizó una cena con líderes tecnológicos en la Casa Blanca el año pasado, Musk estuvo notablemente ausente mientras Altman se sentó frente al presidente. Y este le dijo. “Sam, eres un gran líder… Me has contado cosas que son absolutamente increíbles”.
Pero justo cuando faltan solo 20 días para que comience el juicio en California, The New Yorker ha publicado una investigación exhaustiva sobre Sam Altman donde se ha develado el lado oscuro del joven empresario.
Titulada «¿Sam Altman podría controlar nuestro futuro? ¿Podemos confiar en él?», firmada por el prestigioso periodista Ronald Farrow, ganador de un premio Pulitzer, la investigación promete «arrojar luz sobre las persistentes dudas acerca del director de OpenAI». Y vaya que lo hace. La mayoría de los entrevistados, dentro y fuera de la empresa, lo califican como mentiroso, por decir lo menos.
De hecho, el reportaje comienza describiendo cómo Ilya Sutskever, fundador y científico jefe de OpenAI, le comentó a otro miembro del consejo en 2023: «No creo que Sam sea la persona adecuada para estar al mando».
Allí también se devela cómo Altman pretendía hacer negocios con Mohammed bin Salman, el príncipe heredero y monarca de facto de Arabia Saudita, al que Altman se refería como «un amigo». El mismo monarca que supuestamente envió un comando a Washington para estrangular al periodista Jamal Khashoggi y luego desmembraron su cadáver.
Asimismo, se asegura que Altman está impulsando la construcción de una cantidad asombrosa de infraestructura de IA, parte de ella concentrada en regímenes autoritarios extranjeros, y que OpenAI está obteniendo contratos gubernamentales y estableciendo estándares sobre cómo utilizar la IA en la aplicación de las leyes de inmigración.
Una muestra de cómo a Altman le interesa más el dinero que cualquier otro asunto, sobre todo ahora cuando, como revela The New Yorker, la OpenAI se ha convertido en una de las empresas más valiosas del mundo y estaría preparando una oferta pública inicial con una valoración potencial de un billón de dólares.
