Estoy finalmente en mi casa, con mis mujeres, en Italia.
Vengo de un mes en Dubái donde las alertas de misiles y drones forman parte del día a día. Donde una ciudad acostumbrada al exceso empieza a vaciarse sin hacer ruido. No hay pánico ni escenas dramáticas, pero tampoco normalidad. Hay una tensión constante, difícil de explicar si no la has vivido: todo sigue funcionando, pero nadie está del todo tranquilo.
Con esa sensación incómoda 24/7 también he visto y leído cómo se está interpretando lo que ocurre con Irán, la conclusión es bastante evidente: Estados Unidos no está entendiendo lo que tiene delante. O, más precisamente, cree que lo entiende.
La lectura es conocida. Crisis económica, descontento social, protestas, presión externa. El mismo paquete que durante años se ha utilizado para explicar Venezuela. Y entonces viene el salto cómodo: si las variables son parecidas, el desenlace también debería serlo: eliminación del presidente, poner a uno funcional que diga “amén” a todo.
No ha sido así. Lo del 28 de Febrero en Irán no salió como el 3 de Enero en Venezuela.
Venezuela es un país donde el conflicto se vuelve visible. Donde la tensión se convierte en conversación, en calle, en reacción constante. Donde la frustración necesita expresarse y, en muchos casos, anticiparse. Hay una relación directa entre lo que se siente y lo que se muestra.
Irán no funciona así. Y no entender eso invalida cualquier análisis que venga después.
Los iraníes han protestado, y lo han hecho masivamente. Han asumido riesgos que en muchos contextos serían impensables. No hay pasividad, no hay resignación estructural.
Pero cuando la presión viene de fuera, el comportamiento cambia. No desaparece el rechazo al régimen, pero deja de exhibirse de la misma manera. Se vuelve menos visible, más contenido, más difícil de leer desde fuera.
Y esa es la gran diferencia entre dos países que tienen una realidad con bastante adversidades comunes pero cultural y socialmente tan distintos como el día y la noche.
En Irán existe algo que rompe completamente el marco occidental: la separación entre régimen y país. Se puede odiar al primero sin aceptar que el segundo se debilite frente a un actor externo. Esa distinción no es retórica, operativamente son así desde hace siglos.
En Venezuela, esa línea es mucho más difusa. El conflicto político termina contaminando la idea misma de país, y eso altera la forma en que la sociedad responde.
A partir de ahí, todo empieza a interpretarse mal. Se ve descontento y se asume debilidad. Se ven protestas y se interpreta inminencia de colapso. Se ve menos ruido y se concluye control total o apatía. Ninguna de esas lecturas es necesariamente correcta. Lo que hay, muchas veces, es una forma distinta de gestionar el conflicto.
La presión externa no produce los mismos efectos. En Venezuela puede abrir grietas. En Irán puede cerrarlas. Porque en el momento en que aparece un actor externo, el conflicto deja de ser interno y pasa a ser identitario. Y cuando eso ocurre, incluso quienes rechazan al sistema ajustan su comportamiento. No por lealtad política, sino por otra lógica.
Aquí es donde el error deja de ser técnico. Estados Unidos no falla por falta de datos, todo los contrario, es el país que más datos tiene de cualquier otro país. Falla porque cree que los datos sustituyen al entendimiento. Y ese es un error grave! Creer que entender es opcional, empezaron a proyectar (y bombardear) en lugar de analizar.
Irán no es Venezuela. Nunca lo fue.
Pero el problema no termina ahí.
Porque esta forma de simplificar el mundo no es exclusiva de Washington. También existe (y con fuerza) en América Latina.
Porque hay una parte del mundo latino que sigue mirando a Donald Trump como si fuera una especie de solución externa, una figura que, desde fuera, vendrá a corregir dinámicas que ni siquiera se han entendido del todo desde dentro. No es solo una cuestión ideológica. Es algo más básico: la necesidad de que alguien de fuera venga a poner orden.
Se critica que Washington no entienda Irán, pero luego se hace exactamente lo mismo desde este lado: simplificar realidades complejas hasta que encajen en lo que uno quiere creer.
Y ahí es donde está lo incómodo de verdad. No tanto el error, sino la resistencia a salir de él. Porque entender implica renunciar a soluciones fáciles, a héroes externos y a esa sensación tranquilizadora de que alguien más tiene el control.
Y eso, para muchos, es más difícil que seguir equivocados.

