El informe anual sobre la salud global de la democracia que prepara y difunde el Instituto V-Dem (“Unraveling The Democratic Era?”, 2026) ratifica ingratas sospechas. Casi una cuarta parte del mundo vivió un retroceso democrático en 2025. Apenas 7% de la población mundial vive en democracias liberales. La libertad de expresión sigue siendo la variable más afectada, empeorando en 44 países. Seis de los diez nuevos países en regresión están en Europa y América del Norte; entre ellos, el otrora faro de libertades, Estados Unidos. El contraste con datos previos indica que el declive en los indicadores objetivos de democracia -generador, a su vez, de desafección cívica- este año también descarta señales de mejoría. Cristina Monge, politóloga española, autora de “Contra el descontento” (Premio Paidós 2026), subrayaba en entrevista reciente que “las democracias occidentales están atravesando una profunda crisis de desconfianza”. Esto es, “desconfianza en las instituciones, en los agentes de intermediación: los medios de comunicación, los partidos políticos; el mundo de la academia, de la universidad, de los expertos. Incluso, la sociedad no confía en sí misma”, ya no se cree capaz de abordar y resolver los problemas que enfrenta.
A merced de eso que Bernard Manin (1998) llama la democracia de audiencias -caracterizada por la pérdida de influencia de los partidos políticos tradicionales, la personalización de la política basada en la imagen del líder y la centralidad de los medios de comunicación y redes sociales- sumemos a esa crisis de confianza el hecho de que el votante-ciudadano-espectador no se comporta ya como el previsible militante de una organización o de una plataforma programática, sino como un espectador que reacciona a los estímulos que recibe desde la escena política. Allí, una vez rota la clase de identificación que imperaba en la modernidad sólida, el voto y la adhesión se vuelven volátiles. El ciudadano deja de apostar a un proyecto de largo plazo para valorar el desempeño individual inmediato. Y si esa apuesta falla, si las expectativas no cumplidas por representantes que se juzgaron virtuosos empiezan a acumularse, el ánimo anti-sistema tiende a expandirse.
No extraña entonces que la política, percibida como espectáculo, exhibición y teatralidad, como mera gestión de la reputación personal, desplace la confianza institucional y programática y la reemplace por una confianza reactiva y emocional, intrínsecamente más inestable y propensa a convertirse en desafección. En Venezuela, sin democracia funcional pero víctima igualmente de esas perniciosas dinámicas -lo que incluye cierta “liderofagia” mediática, la fabricación y consumo compulsivo de líderes “a la carta”, su elevación a altares de adoración tribal, y su dramático rechazo y sustitución cuando el fracaso es inocultable- también experimentamos los vacíos propios de los tiempos. La calidad de la conversación pública es un termómetro clave para entender el impacto de tales derivas. La agresividad en el lenguaje como corolario de la inercia, la irresolución, la impotencia, está revelando uno de los rasgos más nítidos de ese malestar que no se transforma, que frustra sistemáticamente los acuerdos y la cohesión social.
En materia de reconstrucción de mediaciones y certidumbres democráticas por vía del lenguaje, ciertamente, el rol de los medios de comunicación, del periodismo y las nuevas plataformas digitales adquiere hoy un protagonismo del cual es imposible desentenderse. Trabajar a favor de la recuperación de una semántica para la convivencia tendrá que hacerse entonces a partir de esa realidad y de sus palancas; con ella y no necesariamente contra ella. Poner foco en el uso consciente del lenguaje como una herramienta para la regeneración de calzadas, confluencias y empalmes, no de muros, es vital; en este sentido, el envite para venezolanos necesitados de reformas con potencial democratizador se vuelve más acuciante por estos días. ¿Cómo, a partir de un escenario agusanado por la desconfianza interpersonal e institucional, la polarización y la censura, por la tiranía de algoritmos que premian sistemáticamente la indignación y el revanchismo, podemos lograr que la palabra empiece a describir con justicia y responsabilidad una nueva realidad sociopolítica?
Responder a eso implica reconocer la mengua de base: aunque algunos insistan en restar peso a la evidencia, el ecosistema comunicacional venezolano presenta todos los síntomas cognitivos, sociológicos y políticos de esa enfermedad de la esfera pública que acarrea la polarización. Hablamos del sesgo de confirmación extremo, de la deshumanización del adversario, de la polarización afectiva. Del desmantelamiento del mundo común (Arendt), ese piso de realidad compartida sobre el cual debatir y consensuar; de las cámaras de eco y las burbujas informativas, de la prevalencia del lenguaje belicista. De la erosión de las normas no escritas, los pactos de cortesía parlamentaria o de respeto a las instituciones independientes; del bloqueo de consensos en atención a una lógica suma-cero; de la asunción de la alineación política como base casi exclusiva de la identidad social. En ese disfuncional contexto, el lenguaje de los emisores de información deja de ser imparcial o útil para describir la realidad objetiva, y más bien opera como un sistema de etiquetado excluyente, una barrera, una señal de identidad tribal. Así, la comunicación pública pasa de proveer un espacio unitario a convertirse en un archipiélago de nichos aislados. En lugar del ágora democrática donde todos, los iguales y distintos, estamos llamados a debatir bajo las mismas reglas, habitamos burbujas que raramente se tocan.
Entre los efectos perversos que de allí se derivan, quizás uno de los más graves tenga que ver con la pérdida de significados compartidos, un fenómeno que en nuestro país sigue interponiendo diques particularmente refractarios a los cambios. Es casos como estos, el lenguaje se vuelve polisémico de forma agresiva, al punto de que, lejos de comunicar, desconecta. Nociones que suponemos suficientemente socializadas como “libertad”, “justicia”, “derechos”, “paz” o incluso “democracia” ya no entrañan lo mismo para los distintos grupos. Cada esfera ha desarrollado así su propia jerga y referentes, sus propios dogmas de fe. No usar los términos “correctos” implicará ser fichado como el enemigo.
La preocupación por el alcance de desarreglos locales que, a su vez, prosperan en el marco de la des-democratización global, es inevitable. La democracia, cabe recordarlo, sucumbe a merced de la parálisis deliberativa: ponernos de acuerdo en relación a qué es verdad (los hechos básicos), es vital para entender qué podemos hacer con esa verdad (las políticas públicas). A expensas de la fragmentación, de la desintegración de esos consensos semánticos básicos y la desconfianza que tales cortocircuitos generan, ¿será posible sentarnos a imaginar juntos y acordar reglas de juego, términos de cooperación, prácticas institucionalizadas, condiciones para la gobernanza y rendición de cuentas, programas estratégicos, un nuevo pacto social, por ejemplo?
PD: Si bien la revolución digital inaugura desafíos peliagudos en medio de lo que parece una ola imparable de retroceso democrático, no está de más seguir repasando las lecciones que, al respecto, dejan los casos de transiciones exitosas a la democracia. Nos referimos al empleo de motores lingüísticos para impulsar transformaciones desde la categoría de “vencedores y vencidos”, propia de la guerra civil, a la de “interlocutores” en la España de los 70. O la apelación al perdón, la filosofía del “Ubunto” («soy porque somos»), la humanidad compartida, y el paso de la noción de “raza” a la de “Nación Arco- Iris” en la Sudáfrica post-apartheid. O al optimismo semántico que la oposición chilena invocó como estrategia contra el miedo, en 1988. O la reconstrucción de identidad a través de la precisión lingüística, en el caso de la reunificación alemana: la invitación expresa a reconciliarse con el pasado, el lenguaje del «Die Wende» (el giro, el punto de inflexión), un marco de acción centrado en la noción del «Wir sind ein Volk» (“somos un solo pueblo”). Casos, en fin, que confirman que la transición del habla que acompaña a la democratización no viene por añadidura, sino que responde a una decisión consciente de quienes entienden la necesidad de desactivar sesgos, prejuicios, paradigmas que insisten en incomunicarnos.
@Mibelis
