Un relato de 1935 llegó al Vaticano y, siete años después, terminó marcando una tradición católica que continúa hasta hoy

Relato llegó vaticano siete despuésFoto: Magda Ehlers/Pexels

En julio de 1935, Alexandrina María da Costa, una religiosa portuguesa postrada en cama desde su juventud, afirmó que Jesús le había pedido consagrar a la humanidad al Inmaculado Corazón de María.

El mensaje llegó a la Santa Sede y al papa Pío XII. El pontífice realizó la consagración el 31 de octubre de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. El gesto contribuyó a consolidar una devoción católica que perdura hasta hoy.

Consagrar el mundo a María no significa venerarla como una divinidad, sino confiar a su intercesión las necesidades de la humanidad ante Dios. En esta tradición espiritual, el corazón representa la vida interior, el amor y la disposición espiritual de la Virgen. 

La vida de Alexandrina

Nacida en 1904 en Balasar, Portugal, Alexandrina pasó gran parte de su vida en cama debido a sus limitaciones físicas. Su profunda devoción a la Eucaristía y las experiencias que relataba la hicieron conocida entre los fieles católicos de la región.

A partir de 1934, bajo la dirección del sacerdote jesuita Mariano Pinho, comenzó a registrar por escrito los mensajes que decía recibir de Jesús. Su legado espiritual recibió un reconocimiento formal cuando el papa Juan Pablo II la beatificó el 25 de abril de 2004.

Alexandrina enfermó alrededor de los 12 años, posiblemente a causa de una enfermedad infecciosa, y su salud se deterioró progresivamente. El 14 de abril de 1925 quedó definitivamente postrada en cama. 

Foto: Wikipedia

Como tenía vocación misionera, en 1928 llegó a una interpretación diferente de su situación: entendió su condición como un llamado a compartir espiritualmente el sufrimiento de Cristo y a ofrecerse por los pecadores. De este modo, la enfermedad pasó a ocupar un lugar central en su vida espiritual.

Del mensaje al Vaticano a la consagración mundial

El mensaje de julio de 1935 proponía tres festividades marianas como fechas posibles para realizar la consagración: la Asunción, la Purificación o la Anunciación. 

En 1936, el padre Mariano Pinho remitió la solicitud al papa Pío XI. Representantes de la Iglesia la analizaron durante los años siguientes, y la iniciativa avanzó durante el pontificado de Pío XII.

La consagración se llevó a cabo el 31 de octubre de 1942, mediante un mensaje radiofónico transmitido desde Fátima, Portugal. Semanas después, el 8 de diciembre, el papa Pío XII renovó el gesto en Roma, en la basílica de San Pedro. Esa fecha coincide con la celebración católica de la Inmaculada Concepción.

El acto respondía a la búsqueda de paz y a la preocupación por el sufrimiento provocado por la Segunda Guerra Mundial.

Una tradición enraizada en la fe católica

En la doctrina católica, la devoción al Inmaculado Corazón de María representa la fe, la pureza y el amor materno. Quienes consagran el mundo expresan su intención de confiar la humanidad a su intercesión y pedir auxilio espiritual.

Según el mensaje atribuido a Jesús, los creyentes debían alejarse de comportamientos considerados ofensivos a Dios, en un llamado a la oración, la conversión y la reparación espiritual.

Foto: Wikipedia

Esta práctica guarda relación histórica con la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, vinculada a las experiencias de santa Margarita María Alacoque, religiosa francesa del siglo 17. La consagración propuesta por Alexandrina retomó esa herencia espiritual y se dirigió específicamente al Inmaculado Corazón de María.

La Segunda Guerra Mundial como telón de fondo de la consagración

Cuando Pío XII consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María, el 31 de octubre de 1942, la Segunda Guerra Mundial atravesaba una etapa decisiva. En el norte de África, las fuerzas del Eje y los Aliados se enfrentaban en una campaña que determinaría el control de posiciones estratégicas y las posibilidades de avanzar hacia Egipto y el canal de Suez.

En el Pacífico, Japón mantenía la ocupación de amplios territorios, mientras la Unión Soviética resistía la invasión alemana en el frente oriental. 

En ese contexto de guerra y sufrimiento, el pontífice recurrió a la oración e invocó a María como Reina de la Paz, con la esperanza de que intercediera por la humanidad. La consagración quedó así vinculada a una época marcada por la incertidumbre y el deseo de poner fin al conflicto.

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