Espeluznante relato: Los primeros 45 días que pasé en un calabozo de la PNB (II)

«Esa noche llegué al calabozo casi a la medianoche. Destrozado, destruido y decepcionado. Lo peor es que ese mismo día, cambiaron las celdas, no tenía mi bolso, no tenía donde dormir. Ahora, ya no estaría más con los pastores, estaría con personas que eran señalados por el mismo delito que yo»

por Anaísa Rodríguez/El Cooperante

Anderson Gutiérrez supo cuando le dijeron que debía pasar en prisión 45 días por investigaciones, sería más que un mes y medio y no el lapso ofrecido. Pero para mantenerse vivo en un lugar como en el que estaba, la esperanza es fundamental. Al menos, para personas como él, que tenía opción de salir libre, con libertad plena o tal vez, con una medida cautelar. Pero mientras los lapsos del proceso judicial avanzaban, el joven de 23 años y su familia se hundían en la desesperación y la zozobra del cada día. Esta etapa la describió como: extorsión, decepción y entereza.

A las dos semanas de despertar cada día entre presos, Anderson no se acostumbraba, pero entendía lo que estaba pasando. Solo unos minutos de aire fresco tenía cuando recibía visita. El resto del día lo pasaba entre luz opaca, humedad, olor a orina, a desechos, viandas de comida y un sin fin de conversaciones con reportes delictivos antiguos y nuevos. Solo el teléfono despejaba su mente entre tanta confusión. Todo le era ajeno: personas desconocidas, lugares desconocidos -Rodeo, Tocorón, Puente Ayala, Fénix Lara, Yare-. Cada día conocía reglas o términos nuevos que imponen desde la cárcel como forma de escape.

Pero él debía ser más fuerte, tiene familia y oportunidad de sobrevivir a ese infierno, pero todavía faltaba algo más. Cada día más era un día menos para la anhelada audiencia preliminar, pero no iba a ser tan fácil.

Extorsión

Lo primero que pensé ese día que no me soltaron en audiencia de presentación fue en contratar un abogado privado, pero mi familia preguntó y consultó a otras personas y me recomendaron que debía quedarme con un defensor público. Decían que ellos son mejores, conocen a los jueces, conocen a los fiscales, conocen cómo moverse. Además, un abogado privado nos sacaría los ojos solo por representarme. Entre tanta ida y venida, todos llegamos al consenso de dejar al defensor público, un error que nos saldría más caro que los propios cometidos.

El primer día que mi familia conversó con el abogado público, aparentaba ser una persona correcta, seria y recta. Incorruptible, pero la confianza da asco, como dice el refrán. Cada día que pasaba, parecía que se desdibujaba esa imagen. Empezó con pedir recargas telefónicas, luego vinieron los desayunos, hasta que a medida que fuimos cediendo, empezó a decir que no tenía comida en su casa para el fin de semana, que «le ayudáramos». Luego publicaba en sus estados de WhatsApp fotos comiendo sushi y tomando cerveza.

Era algo que comentábamos, pero decíamos que teníamos que seguir porque en esta situación hasta el más «pendejo» se aprovecha. El señor abogado llegó a tal punto que nos pidió 300 dólares para la Fiscalía y el doble para él «por ayudarnos». Parecía que lo hacía por caridad y no porque ese es su trabajo, el empleo que decidió ejercer al estudiar. Tal parece que comenzó a vivir con este caso. Lo más curioso es que junto a mí estaban otras dos personas a las que defendía por el mismo caso y no es descabellado pensar que le quitó el doble o hasta el triple de lo que le pedía a mi familia.

Los días pasaron y cuando faltaban dos semanas para la audiencia preliminar, decidió visitarme. Pudimos hablar unos 30 minutos en los que me dijo que podía confiar 80% de que saldría ese día. No tengo antecedentes, no realizaron ninguna prueba adicional y solo está la versión del acta policial. Ese día por ir a verme, pidió 20 dólares en viáticos para «hablar en persona».

20 dólares que mi familia no tenía y pidió prestado.

Decepción

A finales de marzo, llegó el día, el gran día. Pedí que me llevaran ropa diferente, me afeité el día anterior y estaba confiado, casi 100% seguro de que saldría. Sin comunicación con las otras personas del caso, confiaba en mí, en lo que personas conocidas nos comentaban, en lo que decían los mismos reclusos, mi caso no era para pasar a juicio, parecía que todos lo sabían.

Ese día llegué al tribunal a las 10:30 a.m. En mi estómago un pan de queso y un jugo. No me importaba nada, solo quería que esa pesadilla terminara de una vez por todas. Las horas pasaron y pasaron, se hicieron las 8:00 p.m. el tribunal estaba de guardia, supuestamente una audiencia con siete imputados retrasó la de nosotros hasta las 9:00 p.m. No sabía nada de mi familia, no sabía si estaban afuera esperando, si estaban en casa, si sabían algo más.

Al pasar a la sala de audiencias, estaban los fiscales con la juez conversando tipo un sábado por la tarde, el abogado caminaba de acá para allá y nosotros sentados en un banquillo esperando. Al cabo de media hora, más o menos, la juez nos llamó a uno por uno. Dos irían a ejecución y dos iríamos a juicio. No había sentido tanta tristeza en mi vida. Sentía que se me caía el mundo. La palabra juicio en Venezuela puede significar años.

Los otros dos a los que se le imputaron los mismos delitos salieron esa noche. Pagaron, sin duda. Ese día el defensor público no le contestó el teléfono a mi familia, sino pasadas las 10:00 p.m. para decir que me quedaba, que no salí, que le dieron la medida cautelar a los otros dos y a mí no. Que pasaríamos a juicio y él «seguiría trabajando».

Por supuesto, los días siguientes no faltaron sus estados de WhatsApp en los que disfrutaba de otras botellas, de otros locales y hasta playa.

Lo que está a la vista no necesita anteojos.

Entereza

Las pesadillas son reales, existen en la vida real y lo peor es que no puedes escapar de ellas abriendo los ojos. Esa noche llegué al calabozo casi a la medianoche. Destrozado, destruido y decepcionado. Lo peor es que ese mismo día, cambiaron las celdas, no tenía mi bolso, no tenía donde dormir. Ahora, ya no estaría más con los pastores, estaría con personas que eran señalados por el mismo delito que yo.

Fue como empezar de nuevo, me veían mal, no me conocían, nadie sabía quién era. Me chalequeaban por mi manera de hablar, no digo casi groserías y pronuncio bien las palabras. Ellos no. La mayoría son analfabetas, no saben ni leer ni escribir muy bien. La mayoría empezó bien temprano, en la escuela y no saben qué es nada de eso.

Esa noche me acomodé donde pude y esperé al otro día. No tenía teléfono para avisar. No logré dormir nada. A las 10:00 a.m. fue mi esposa a verme, luego unos amigos y al día siguiente mi abuela.

Al hablar con ellos entendí que no podía desvanecer. Un abogado amigo con años de experiencia en criminalística y penal, nos explicó que si los otros salieron, yo también iba a salir. Que había cosas que podía hacer para acelerar el proceso. Siempre confié más en lo que él me decía que en mi propio abogado. En una breve conversación, mamá y yo decidimos revocar al defensor público, contratar un abogado privado para que me asistiera en la apertura de juicio, donde podía admitir los hechos y salir con una medida cautelar.

Lo demás, dependía -una vez más- del reloj. Esperar que los días pasaran. Esperar que el tiempo se acelerara, le pedí a mi familia no ir cada día, me aislé, no quería hablar con nadie, no quería responder mensajes que me preguntaban cómo estas. ¿Cómo iba a estar?

Cada día es igual en ese lugar, comes por comer, te bañas por bañarte. Estar sentado o parado da lo mismo. No te puedes ni mover. Son pocas las personas con las que puedes tener una conversación medianamente normal. Es volverse loco literalmente.

Pero tenía que ser fuerte, ya no podía hacer más nada. Ser fuerte y seguir adelante. Tener entereza, me dijo uno de los pastores. Tenía que asumir la realidad, «vivir mi película» y dejar de pensar tanto en la calle, porque si no, la cárcel me iba a comer vivo.

El abogado privado me envió una carta para firmar al día siguiente. Ahora, tendría que esperar al menos un mes más para saber si de verdad podría salir en libertad en la audiencia preliminar o tendría que pasar por un juicio.

La firmé.

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