La nueva oposición tiene que llenar el vacío dejado por un sector que sucumbió a sus propias mezquindades

La nueva oposición debe hacer política en las calles y en el debate, paso a paso. La disidencia en grandes salones, usando vestidos de diseñador, recibiendo galardones en los que se masajea el ego y dirigiendo desde el exterior sus actos, puede ser mucho más sabrosa. La nueva oposición tiene que darse a conocer, debe convertirse en alternativa y llenar el vacío dejado por un sector que sucumbió a sus propias mezquindades. Esa nueva oposición, haciéndolo bien, puede ser una verdadera alternativa de poder

por  Luis Daniel Álvarez/El Cooperante

Hace unos días habíamos proyectado escribir un artículo en el que mencionaríamos los roles que debía jugar la legislatura del período 2026-2031, asomándola como el epicentro de los acuerdos necesarios para avanzar en torno a una gobernabilidad necesaria y hacia el establecimiento de acuerdos. Los acontecimientos de las últimas horas obligan a modificar el enfoque y a asomar una realidad totalmente distinta, que aunque compleja, no deja de representar una oportunidad interesante para destrancar el juego.

La oportunidad para las fuerzas que han entendido que participar, lejos de claudicar como ven algunos en limitados análisis de redes, es una actitud contestataria que lleva a tratar de ocupar espacios para hacer ruido y tratar de evidenciar las arbitrariedades, se torna ventajosa, pues el reacomodo de la comunidad internacional ha llevado a que algunos actores noten que los que dicen conducir a la disidencia no tienen incidencia interna, por lo que parecieran excluidos de la ecuación.

Aunque mirar por el retrovisor es un ejercicio sin asidero y llorar por la leche derramada no es enriquecedor, en este escenario tener 29 diputados dista de los muchos que pudo obtener la disidencia en medio del descontento y de la estructura armada el 28 de julio de 2024. Tal vez no se hubiese tenido la mayoría, pero sí un porcentaje que hubiese complicado las cosas para el oficialismo o al menos generado debates más duros y necesidades de acuerdos. Pero más pudo el lamento vacío, la frase emocionante, la vorágine en redes y el video editado que el análisis político, llevando a que “los llamados a salvar a la patria” entregaran todos los espacios por la mezquindad de no ser ellos.

En esa hecatombe “los ungidos” con su supuesta gesta y los actores políticos que se entregaron dócilmente a esos factores que por cierto los desprecian ardorosamente, terminaron desapareciendo en la práctica, al punto que los actores externos por los que apostaron, llegando al extremo de asomar la entrega de la soberanía nacional para que satisficieran sus demandas, no los reconocen y simplemente los califican como “buenas personas”, mención que pareciera no ser más que una elegante salida.

Llega la oposición a la Asamblea Nacional teniendo que entenderse y debiendo dar de que hablar por sus propuestas. Esta nueva oposición debe creerse tal y empezar a generar incidencia y presionar en torno a que se le reconozca como un interlocutor válido que necesite tener espacios y que deje de apostar por las soluciones mágicas que lejos de ser alternativa, se transforman en una frustración permanente.

Con los condenables ataques estadounidenses a territorio venezolano y con un desenlace que no implica en lo inmediato un viraje, esa oposición cobra una valoración adicional. Debe empezar a evidenciar una visión nacionalista que plantee que los problemas venezolanos se tienen que resolver internamente y en paz y que la integridad territorial no puede ponerse en duda, menos cuando la vida de venezolanos está en juego.

Los sectores opositores que llegan a la Asamblea Nacional tienen que darse a conocer activamente. En el Congreso de los gobiernos de los presidentes López Contreras y Medina Angarita la presencia opositora era sustancialmente menor a la de las fueras gubernamentales, pero tenían la calidad, la claridad y el temple para poder fijar criterios. Eso tienen que hacer, ser figuras propositivas que argumenten en los pocos espacios que tengan y tejan un andamiaje propio alejado de las redes.

La nueva oposición que debe irrumpir tiene que fijar una agenda que vislumbre como una necesidad una relegitimación y adecuación de los poderes públicos, una amnistía general y el impulso a medidas humanitarias de índole social y económico, llevando a que el gobierno entienda que es pertinente negociar y entenderse con este nuevo sector en pos de una articulación que permita generar confianza y poner como prioridad a los venezolanos. Tiene que haber un diálogo sincero del que emanen acuerdos sólidos. Allí está el primer reto fuerte, el del convencimiento sólido.

Tiene que aprovecharse el llamado de países como México, España, Colombia, Uruguay y Brasil a un proceso que lleve a que Venezuela dirima sus controversias con un diálogo que pueda acompañarse desde lo internacional. El papa León XIV ha abogado por ello y la idea se torna cada vez más factible en un mundo en el que los conflictos asfixian. Ese debe ser un entendimiento diferente que de razones puntuales y que no parta de un dañino enfoque de todo o nada. Ir avanzando en pequeños acuerdos que van colocando granos de arena que a la larga forman montañas.

Se cierra una etapa de la política en la que los que tuvieron coyunturalmente la oportunidad de mostrar algo distinto fueron fagocitados por la soberbia y el personalismo. Los premios internacionales, la creación de cargos eternos (diputados que culminaron sus períodos hace años y que siguen llamándose asambleístas, alcaldes de instancias incluso desaparecidas y hasta “embajadores” del legislativo), los viajes, las portadas de periódicos y la épica vacía los impregnó de una sordera atroz. Quienes advertían del rumbo equivocado quedaban a merced del fusilamiento de los periodistas convertidos en agentes de relaciones públicas y de los insultadores en redes. Cuando la salida debió ser política, los antipolíticos de siempre irrumpieron y con un caudal mediático aplastaron a quienes presagiaban lo que podía venir al actuar mal.

La nueva oposición debe hacer política en las calles y en el debate, paso a paso. La disidencia en grandes salones, usando vestidos de diseñador, recibiendo galardones en los que se masajea el ego y dirigiendo desde el exterior sus actos, puede ser mucho más sabrosa. No es lo mismo vivir la realidad en Venezuela que en un restaurante europeo con Estrellas Michelin. Evidentemente tener al frente una buena botella de vino tinto para acompañar unas aceitunas negras con jamón serrano y queso manchego, o un buen salmón con una botella de vino francés es mucho más atractivo, pero a la vez aleja más del centro de la política que es el ciudadano.

Deben los nuevos opositores desarrollar aguante. Las maquinarias de redes los tratarán de aplastar y aniquilar y en los grupos de contacto sus nombres saldrán como ejemplo de tarifados o mercaderes. Pero allí estriba otra muestra de madurez, la de saber que el rol está en la política y no en el número de seguidores que puedan tener. Esto lleva a que paulatinamente tienen los legisladores que empezar a tejer contactos con sus pares en otros países y con figuras de organizaciones internacionales, agrupaciones partidistas y conglomerados civiles para explicar su alcance y desplazar a quienes se quedaron en la venta de humo.

Se transforma una nueva opción de la política que puede resultar tentadora para llenar espacios y avanzar. Se termina un período en el que la venta de humo terminó ofreciendo cambios sustanciales y acabó desembocando en un viraje interno que no puso en el poder a los que pensaban que serían llamados a mandar.

La nueva oposición tiene que darse a conocer, debe convertirse en alternativa y llenar el vacío dejado por un sector que sucumbió a sus propias mezquindades. Esa nueva oposición, haciéndolo bien, puede ser una verdadera alternativa de poder.