Enrique W. Guzmán: Venezuela

No escribo desde la rabia ni desde la superioridad moral.
Escribo desde el cansancio, la curiosidad y, sobre todo desde el afecto.

Durante años nos dijeron que el problema era elegir bien, ganar, resistir, derrotar. Que todo se resolvería cuando “el otro” desapareciera del mapa político, social o moral. Y en ese camino aprendimos a desconfiar, a etiquetar, a simplificar al vecino, e incluso a familiares, hasta volverlos irreconocibles, distantes, inferiores.

Hoy me preocupa precisamente eso, que el daño más profundo no sea institucional, sino humano.

Porque los cambios políticos (cuando llegan) se negocian. Las leyes se reforman. Las transiciones se administran.

Pero ¿qué hacemos con una sociedad que aprendió a vivir en estado de sospecha permanente?
¿Qué hacemos con generaciones educadas en la lógica del insulto, del sarcasmo como escudo, de la deshumanización como algo normal?

No escribo para repartir culpas (¿quién carajo soy yo!?) Eso ya lo hemos hecho demasiado bien.
Escribo porque me niego a creer que el futuro de Venezuela tenga que construirse sobre vencedores y vencidos eternos.

Pienso a menudo en Alemania tras la caída del Muro. No como mito, sino como un ejemplo en el
que me encantaría pudiéramos adaptar y adoptar hasta donde se pueda. Ellos entendieron que sin un mínimo de reconciliación, imperfecta, dolorosa, lenta, no había país posible. Y eso después de horrores que superan con creces los nuestros.

Allí no se eligió olvidar.
Se eligió recordar sin odio.
No se negó la justicia, pero se comprendió que el rencor no puede ser política de Estado.

Venezuela no necesita unanimidad.
No necesita amnesia.
No necesita relatos heroicos ni héroes (sobre todo políticos) nuevos.

Necesita algo mucho más difícil: reconocerse herida. Aceptar que todos (en distinta medida) hemos sido atravesados por esta fractura. Y decidir conscientemente que el país que venga no puede construirse sobre la humillación del otro.

La polarización no solo divide opiniones: deforma la mirada. Nos hace creer que escuchar es traicionar, que matizar es debilidad, que perdonar es olvidar. Y no lo es.

La lógica lo dice claro: sin convivencia, no hay nación.
El amor lo recuerda con más fuerza: sin humanidad, no vale la pena reconstruir nada.

No escribo esto con la ilusión de que estemos listos.
Probablemente no lo estemos.

Pero sí con la convicción de que seguir odiándonos es un lujo que ya no podemos permitirnos. Que ningún proyecto de país es viable si nace del desprecio, y que ninguna victoria política compensa una sociedad rota por dentro.

Tal vez el primer paso no sea perdonar del todo, sino dejar de desear la aniquilación del otro. Tal vez baste con aceptar que, aunque pensemos distinto, seguimos compartiendo algo frágil y común: el país que queda.

La lógica nos empuja a convivir.
El amor nos recuerda por qué vale la pena hacerlo.

Si alguna reconstrucción es posible, empezará ahí.