Para mi, que normalmente no suelo alegrarme por triunfos ajenos, lo que ha hecho el equipo de béisbol venezolano ha tenido otro significado, no es solo un campeonato.
Es otra cosa.
Es volver.
A la pelotica de goma.
A las chapitas.
A las peleas que duraban 5 minutos… y luego seguíamos jugando como si nada.
A una Frescolita caliente o un Maltín compartido.
A los ponquecitos Once Once, las tortas esas tipo ladrillo rellenas de “manzana” que se podía tardar uno fácil diez minutos para tragar cada bocado, después de correr toda la tarde.
A la mamá bajando a buscarnos en la placita cuando ya se hacía de noche.
A correr asustado por un tiroteo.
Muchos de esos jugadores vienen de ahí.
De lo mismo.
Hoy son millonarios. Muy millonarios.
Pero cómo jugaron… no parecía eso.
Parecía otra cosa.
Parecía que, en algún punto,
maduraron hacia su infancia.
Porque cuando éramos pequeños,
lo más importante no era ganar.
Era jugar.
Era divertirnos.
Y lo hacíamos como si no existiera nada más.
Así jugaron esos panas del equipo venezolano.
Hoy todo es más grande, más serio, más importante.
Pero también más pesado.
Y quizás el verdadero lujo no es el dinero,
sino poder volver a jugar así.
Sin cálculo.
Sin miedo.
Sin todo lo que fuimos acumulando por el camino.
¿Y si crecer no era esto? ¿Y si madurar significa volverse hacia la infancia?
Gracias muchachos.

