Enrique W. Guzmán: Entre el Che y Ralph Lauren, esa curiosa costumbre: confundir ideología con estética

Hay personas que creen que la ideología se reconoce por la ropa, si llevas una franela con la cara del Che, un bolsito de hilo cruzando el pecho y paseas con orgullo a un perro rescatado de la calle, entonces eres de izquierdas. Si, en cambio, llevas pantalón caqui, polo de Ralph Lauren y zapatos náuticos, entonces eres de derechas. Es una teoría política bastante curiosa: infantil, simplista y, como casi todas las teorías políticas basadas en la estética, profundamente estúpida.
En mi caso, es perfectamente normal vestirme de Louis Vuitton o Balenciaga y usar perfumes artesanales de producción limitada que muy poca gente conoce. No porque crea que eso me haga mejor que nadie, sino porque, gracias a Dios y a mi trabajo, cuando puedo me lo permito. Y no veo ningún problema en ello.
La idea de que alguien que habla de justicia social, no puede disfrutar del lujo, revela más sobre los prejuicios de quien lo afirma que sobre la coherencia de quien lo vive,  como si la desigualdad se volviera más tolerable cuando alguien la ignora vestido de Ralph Lauren, pero escandalosa cuando alguien la denuncia llevando Louis Vuitton.
Vengo de una familia de obreros y más de la mitad de mi vida la he vivido como inmigrante. Esa experiencia te quita bastante romanticismo ideológico y te enseña algo esencial: el talento suele estar mucho mejor distribuido que las oportunidades, por eso precisamente me considero una persona de izquierdas. No en el sentido caricaturesco que tantos imaginan, no soy comunista, no soy socialista dogmático. y nunca he sido chavista.
Para mí, ser de izquierdas, tiene menos que ver con la liturgia ideológica que con una intuición bastante básica: una sociedad no puede hablar seriamente de mérito mientras no garantice unos mínimos decentes de educación, salud, vivienda y alimentación, sin esos cimientos, la igualdad de oportunidades, es poco más que un eslogan elegante para tranquilizar conciencias.
Lo llamativo, especialmente entre venezolanos, es que muchas personas dicen ser de derechas simplemente porque eso significa no ser chavistas. Como si la posición política consistiera en una reacción emocional mal resuelta y no en una visión mínimamente articulada sobre el Estado, el mercado, la libertad, la responsabilidad individual o la justicia social.
Y ahí empieza una de las contradicciones más llamativas de nuestro tiempo, muchos de esos autoproclamados defensores del liberalismo económico, viven en países que los acogieron como inmigrantes, usan sistemas públicos de salud, se benefician de educación subvencionada o reciben ayudas estatales, y aún así, hablan del Estado y de los impuestos como si fueran una especie de enemigo metafísico. En algunos casos, incluso, ¡están en riesgo de expulsión del país que los recibe!
Es una forma bastante peculiar de meritocracia: llegar cuando la casa está construida y explicar cómo debería haberse construido, pero la confusión no termina ahí, en los últimos años se ha instalado una especie de superioridad moral e intelectual autoproclamada en ambos extremos del espectro político,  la izquierda convencida de tener el monopolio de la compasión, la derecha, el monopolio de la racionalidad, ambas bastante seguras de que el problema del mundo es siempre el otro.
Y como casi toda superioridad autoproclamada, suele descansar sobre una mezcla poco elegante de simplificación, pereza mental y vanidad.
El problema es que esta degradación del debate no ocurre en el vacío. Ocurre en un ecosistema que premia la reacción instantánea, el juicio fácil y la indignación portátil.
Hoy muchísima gente construye opiniones políticas a partir de vídeos de treinta segundos en TikTok o Instagram, fragmentos sin contexto, opiniones empaquetadas, frases diseñadas para sonar rotundas, aunque no expliquen absolutamente nada. La política reducida a clips. La economía explicada en subtítulos. La historia resumida en un meme. Es el entorno perfecto para la certeza de utilería y profundamente hostil, algo mucho más importante que el criterio propio, pareciera. Porque el criterio propio no nace de repetir el último video que uno vio, ni de compartir una consigna que hace sentir inteligente durante 5 minutos. Nace de leer más de lo que confirma nuestros prejuicios, de soportar ideas incómodas sin desmoronarse, de aceptar matices sin vivirlos como una traición y, sobre todo, de entender que la realidad no tiene la obligación de caber en nuestras preferencias ideológicas.
Por eso hay una señal bastante clara de que algo empieza a ir mal: cuando una persona deja de defender ideas y empieza a proteger una identidad. Cuando ya no responde argumentos, sino que descalifica a quien los formula; cuando cualquier desacuerdo se interpreta como agresión; cuando cualquier matiz se percibe como debilidad; cuando el diálogo deja de ser una búsqueda y se convierte en una prueba de lealtad. En ese punto la conversación deja de ser política. Se convierte en algo bastante más pobre: un ejercicio de pertenencia tribal.
Y ahí, por supuesto, entra el populismo como Pedro por su casa. Porque el populismo no necesita ciudadanos informados, le basta con tribus emocionalmente excitadas, intelectualmente perezosas y moralmente seguras de que su ignorancia es ya explícita. Saben que es suficiente que la gente confunda el volumen con razón, la consigna con pensamiento y la estética con la ideología.
Quizá el problema no es elegir entre la franelita del Che o el polo Ralph Lauren, quizá el verdadero problema es haber reducido la política a una cuestión de uniforme, la opinión a un reflejo condicionado y la inteligencia a la capacidad de repetir, con mucha seguridad, un resumen defectuoso de treinta segundos.
Entre el Che y Ralph Lauren, al final, no hay tanta distancia como nos gusta creer.
Y cuando una sociedad pierde la curiosidad, desprecia el matiz y renuncia al criterio propio, las caricaturas ideológicas dejan de ser una broma….y empiezan a gobernarnos.