El chavismo simplemente masificó un negocio. No inventaron ninguna trampa.
Una amiga compartió conmigo un carrusel de Instagram que intenta explicar parte de la xenofobia que han sufrido los venezolanos durante los últimos años. El carrusel dice algunas verdades, pero también mezcla hechos comprobables con afirmaciones bastante más discutibles. Poner, por ejemplo, al Tren de Aragua a la misma altura que Hamás, las FARC o el ELN es, como mínimo, un despropósito. No porque el Tren de Aragua sea una organización de boy scouts, sino porque estamos hablando de fenómenos con orígenes, estructuras, dimensiones y objetivos completamente diferentes.
Pero hubo algo del carrusel que me hizo recordar una historia.
A principios de 1999 emigré de Venezuela.
Mi compañera de asiento en el avión era dominicana. Durante el viaje conversamos bastante y en algún momento me contó, con absoluta naturalidad, que había comprado un pasaporte venezolano para poder entrar a España.
No recuerdo cuánto había pagado. Sí recuerdo que aquello no me produjo ninguna sorpresa especial. En la Venezuela de entonces conseguir un documento pagando, acelerar un trámite pagando o encontrar a alguien que conociera a alguien que pudiera “resolver” algo formaba parte de una normalidad bastante incómoda que habíamos aprendido a aceptar.
Unos meses después estaba viendo el telediario en España.
Habían desmantelado una red de tráfico de mujeres. Las llevaban a España, les quitaban los pasaportes y las obligaban a prostituirse.
Entre las mujeres que aparecieron en televisión estaba ella.
Nunca olvidé su rostro.
Y tampoco olvidé la paradoja: aquel pasaporte venezolano comprado clandestinamente, que supuestamente debía abrirle una puerta, había terminado formando parte de la maquinaria que la atrapó.
Todo aquello ocurrió en 1999.
Hugo Chávez acababa de llegar al poder.
Y quizá por eso tengo problemas con cierta manera de contar nuestra historia reciente. Existe una tentación comprensible de colocar el 2 de febrero de 1999 como una especie de kilómetro cero de todos los males venezolanos. Como si antes hubiéramos vivido en una república institucionalmente impecable y, de repente, alguien hubiera descubierto la corrupción, el clientelismo, el contrabando, la compra de documentos, el tráfico de influencias y el uso privado del Estado.
No fue así.
Algunos años antes recuerdo que bajábamos a La Guaira para un concierto conjunto entre la Orquesta de Guatire y la Orquesta de La Guaira. Íbamos en nuestro Encava de siempre, conducido por el chofer de siempre, cuando nos pararon unos fiscales de tránsito.
El chofer se bajó con una caja de cigarrillos y una caja de fósforos.
Dentro de la caja de fósforos llevaba un billete de quinientos bolívares, una orquídea, perfectamente doblado.
Les ofreció cigarrillos a los fiscales. Ellos aceptaron y acto seguido abrieron la caja de fósforos.
Todo aquello duró, como mucho, tres minutos.
Y seguimos nuestro camino.
Lo interesante, visto desde hoy, no es solamente que el chofer hubiera sobornado a unos fiscales. Es que llevaba preparado el soborno antes de que lo pararan.
No hubo negociación. No hubo que explicar nada. Tito sabía qué hacer y los fiscales también.
La matraca tenía su propia coreografía.
Y nosotros teníamos incluso una expresión bastante más amable para muchas de aquellas pequeñas transgresiones: la viveza criolla.
Lo curioso es que no hablábamos de ella necesariamente con vergüenza. Muchas veces lo hacíamos con orgullo. Admirábamos al que sabía moverse, al que tenía un contacto, al que conseguía resolver un trámite, al que encontraba el atajo. Ser “vivo” era casi un elogio. El pendejo era, generalmente, el que cumplía las reglas.
Por eso decir que estas cosas existían antes de Chávez no absuelve al chavismo de absolutamente nada.
Al contrario.
Porque quizá una de las cosas más graves que hizo el chavismo no fue inventar esas prácticas, sino descubrir hasta dónde podían llegar si dejaban de ser pequeñas transgresiones toleradas por el sistema y comenzaban a formar parte de la manera en que el propio sistema funcionaba.
Antes de Chávez se compraban pasaportes.
Había corrupción.
Había policías corruptos, funcionarios que cobraban por trámites, militares involucrados en negocios ilegales, jueces comprables, contrabando, clientelismo y redes que utilizaban instituciones públicas para beneficio privado.
La matraca no la inventaron los generales de boliburguesía que vendrían después. Tampoco inventaron el martillo, el funcionario que “resolvía”, el contacto, el contrabando, el militar haciendo negocios ni el documento conseguido por debajo de la mesa.
Negarlo sería construir una Venezuela que nunca existió.
La diferencia no está entonces entre una Venezuela pura antes de 1999 y una Venezuela corrupta después de 1999.
La diferencia está en la escala.
En algún momento dejamos de hablar simplemente de funcionarios que utilizaban las instituciones para hacer negocios y comenzamos a hablar de instituciones enteras cuya degradación hacía posible el negocio.
Y eso cambia todo.
Porque una cosa es que alguien consiga fraudulentamente un pasaporte gracias a un funcionario corrupto.
Otra muy distinta es que la capacidad del Estado para determinar quién es quién, quién entra, quién sale, quién obtiene un documento y bajo qué identidad pierda progresivamente su confiabilidad.
Una cosa es tener corrupción dentro del Estado.
Otra es que la corrupción aprenda a utilizar al Estado como infraestructura.
Por eso tampoco me convence utilizar historias sobre pasaportes, grupos armados o el Tren de Aragua para explicar alegremente la xenofobia contra los venezolanos. Millones de personas salieron precisamente huyendo del país que produjo esa degradación. Convertirlas en sospechosas por llevar el mismo pasaporte sería confundir a quienes escaparon del problema con quienes se beneficiaron de él.
Pero tampoco necesitamos inventarnos una Venezuela anterior a Chávez para denunciar lo que vino después.
Eso quizá sea lo más incómodo de admitir.
El terreno estaba allí. Las trampas estaban allí. Y nosotros sabíamos que estaban allí.
A veces hasta nos reíamos de ellas.
Las llamábamos viveza criolla. Admirábamos al que sabía “moverse”, al que conseguía el contacto, al que resolvía el trámite, al que evitaba la multa, al que encontraba el atajo.
El chavismo no inventó esa Venezuela.
Lo que hizo fue darle a muchas de sus peores costumbres algo que nunca habían tenido en semejante dimensión: presupuesto, instituciones, protección y escala.
Reconocerlo no disminuye su responsabilidad.
La hace más precisa.
Porque no hace falta inventarle un pasado perfecto a Venezuela para comprender la magnitud de lo que ocurrió después.
El chavismo simplemente masificó un negocio.
No inventaron ninguna trampa.

