Enrique W. Guzmán: Compatriotas fieles, la fuerza es la unión

La tragedia del 24 de junio despertó en mí un cúmulo de emociones, desde la rabia y la frustración hasta el orgullo. Yo, que no creo en la superficialidad con la que comúnmente se habla del «orgullo venezolano», esta vez he visto acciones que me conmovieron y me devolvieron a la tercera canción que todos aprendemos de pequeños, después de «los pollitos dicen» y del interminable «ay, qué noche tan preciosa» que empieza en un cumpleaños y parece terminar en el siguiente. La que me ha provocado esta reflexión es la que aprendemos casi sin entenderla: el «Gloria al Bravo Pueblo», nuestro himno nacional.
Uno lo canta de niño sin saber lo que dice. Con la mano en el pecho, en filas de colegio, mucho antes de tener edad para preguntar qué es un yugo. Y ahí se queda, guardado, hasta que un día uno lo escucha de verdad y descubre que el himno no era una canción de cuna. Era una advertencia.
Empieza prometiendo mucho: un pueblo que el yugo lanzó, la Ley respetando, la virtud y honor. Fíjense en el orden, porque ahí está todo. Primero quitarse el yugo, pero sin soltar la ley; deshacerse del opresor sin volverse uno. Era una idea difícil. Y resultó, con el tiempo, que se puede lanzar un yugo y forjar otro con las mismas manos, más pesado por conocido. La virtud y el honor, mientras tanto, se volvieron cargos honoríficos: se mencionan mucho en los discursos, pero rara vez aparecen en las decisiones.
Después el himno baja la mirada hacia el pobre en su choza, que Libertad pidió. Y qué disciplinados han sido nuestros gobernantes. Más de dos siglos después, se han asegurado de que nunca falten ni el pobre ni la choza (hoy la llamamos rancho), no fuera a quedarse el verso sin sujeto. Lo único que cambió fue el pedido. Ya casi nadie en la choza pide libertad; pide una visa, una bolsa del CLAP, una señal de teléfono para avisar que cruzó la frontera. La libertad sigue siendo el destino. Solo que para obtenerla muchos han debido buscarla en otro país.
Y justo cuando uno más la necesita, el himno ofrece la consigna: “Compatriotas fieles, la fuerza es la unión.”
Qué fácil es cantarla. Qué difícil ha sido vivirla.
Hace tiempo entendimos que dividirnos resulta mucho más rentable que encontrarnos. Y eso, curiosamente, beneficia tanto a quienes gobiernan como a quienes aspiran a hacerlo.
“Unida con lazos que el cielo formó…”, continúa el verso.
Los lazos, quizás, los formó el cielo. Romperlos ha sido obra nuestra.
Y entonces aparece la frase que, al menos a mí, más me incomoda: ”…y si el despotismo levanta la voz, seguid el ejemplo que Caracas dio.”
Nos enseñaron a imaginar al déspota con otra bandera y otro idioma. Era fácil reconocerlo, lo que el himno nunca imaginó fue la variante más agridulce: la del despotismo que no llega desde lejos, sino que brota de cerca; que no arría la bandera, sino que se envuelve en ella; que no prohíbe el himno, sino que lo canta más fuerte que nadie.
Quizás por eso hoy la pregunta ya no es cuál era el ejemplo que Caracas dio; la pregunta es si todavía seríamos capaces de darlo y seguirlo.
Y sin embargo el estribillo insiste, incansable: ¡Gloria al bravo pueblo!
Bravo lo ha sido, y el 24 de junio ha vuelto a demostrarlo sin que nadie se lo pidiera.
Pero la palabra “Bravo” también puede convertirse en una trampa, porque también se pronuncia desde los palcos.
Llamar «bravo» a un pueblo puede ser un homenaje o puede ser una manera elegante de pedirle que aguante un poco más: bravo ante el apagón, bravo ante la cola, bravo ante la desidia, siempre bravo y nunca harto.
Y aun así seguimos cantando, con la mano en el pecho: ¡Gritemos con brío! ¡Muera la opresión! Se grita en los estadios, en los actos oficiales, en escuelas donde los niños (como lo fuimos nosotros) no saben todavía cuál es la opresión que les mandan a enterrar. Hemos aprendido a gritar contra la opresión en general, en abstracto, sin el mal gusto de preguntar dónde queda. La frase sobrevivió intacta; el sentido se fue vaciando con los años. Y cantar la muerte de la opresión sin animarse a mirarla de frente es, quizás, el resumen más honesto de lo que hemos vivido.
Vuelvo entonces al día de los terremotos, y entiendo por fin qué me conmovió: ver a un pueblo hacer, en los hechos y en silencio, lo que el himno solo promete: lanzarse a ayudar sin que nadie lo mandara, unirse sin permiso, incluso desafiando a la autoridad, ser fiel sin discurso ni ídolos gigantes y eternos. La letra adquirió sentido y volvió a ser lo que fue al principio: la descripción de lo que este país es capaz cuando nadie lo dirige. El himno no miente. Lleva doscientos y pico de años esperando, con una paciencia que a veces confunde uno con resignación.
Al final creo que el  “Gloria al Bravo Pueblo” nunca fue un relato de lo que fuimos. A lo mejor nos lo dejaron como una lista de principios contra los que deberíamos atrevernos a medirnos de vez en cuando.

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