Enrique W. Guzmán: 90 días después, La Guaira sigue temblando

Hoy se cumplen tres meses del doble terremoto que golpeó a Venezuela, sobre todo a La Guaira, y tengo la sensación de que para mucha gente ya es una historia vieja.
Lo entiendo. Noventa días dan para mucho. Al principio todos preguntábamos por alguien, buscábamos cualquier información, mirábamos una y otra vez las imágenes de los edificios desplomados y tratábamos de medir lo que acababa de pasar. Yo también vivía pendiente y durante las primeras semanas fue mucho lo que escribí y aún más la información útil que compartí.
Hoy ya no.
Esta mañana pensé en Mariana, una amiga que todavía no ha podido enterrar a su esposo. Sus hijas tampoco han podido despedirse de su padre, porque su cuerpo, o lo que queda de él después de tres meses, sigue atrapado en un amasijo de concreto y hierro.
Me cuesta leer esa frase después de escribirla.
Más aún cuando empieza a repetirse que La Guaira vuelve a la normalidad. Algo de cierto hay. Los negocios reabrieron, hay tráfico, buena parte de los niños regresó al colegio y Maiquetía recupera poco a poco su ritmo. La gente sale, trabaja, resuelve. ¿Qué otra cosa puede hacer?
Pero llamar a eso normalidad me parece demasiado.
Todavía hay cuerpos bajo los escombros; hace unos días se hablaba de más de cien solo en Residencias Caribe. Hay más de 11.000 viviendas en alto riesgo, familias que siguen en refugios y 32 escuelas que no pudieron abrir este mes.
Y hay un dato que, mientras más lo leo, menos entiendo: El gobernador habla de 1.579 desaparecidos. Los registros ciudadanos llegaron a sumar más de 41.000 reportes. Sé que esa cifra puede incluir duplicados, errores y personas que aparecieron después. Ese no es el punto.
El punto es que han pasado 90 días y todavía no sabemos cuántas personas siguen desaparecidas.
¿Cómo puede ser?
Cualquier puerto sabe cuántos contenedores perdió. Aquí hablamos de familias que necesitan saber dónde está alguien, aunque sea para aceptar que murió y poder enterrarlo.
Mientras tanto se anuncian avances, y los hay. Se han retirado cientos de miles de toneladas de escombros y La Guaira vuelve a moverse. Pero quedan edificios por demoler, familias que no pueden volver a sus casas y montañas de lo que hasta entonces fueron apartamentos, aun por recoger. Y la ayuda empieza a menguar.
Eso es, quizás, lo que más me preocupa.
Es natural que una emergencia vaya perdiendo atención. Nadie puede vivir pendiente de todas las tragedias del mundo, sobre todo en este momento que tenemos para escoger. El problema empieza cuando nuestra atención se va antes que la emergencia. Y creo que eso es lo que está pasando.
La Guaira empieza a parecer normal antes de estar normal.
Los guaireños, sin quererlo, contribuyen a esa impresión. Tienen un temple particular y, después de todo lo que han vivido, nadie tiene que explicarles cómo se sigue adelante. Uno los ve trabajando, reabriendo un negocio, tomándose algo, soltando un chiste, y piensa que la vida regresó.
La vida sí. Lo demás no estoy tan seguro.
Hay algo de lo que se habla menos, porque no se puede fotografiar. No todos perdieron a alguien, ni su casa, ni su negocio. Muchos tuvieron, en medio de semejante tragedia, la enorme fortuna de salir ilesos y conservarlo todo. Eso no quiere decir que estén bien porque la tierra ha seguido moviéndose estos tres meses. Son temblores pequeños que en otras circunstancias no pasarían de un susto, pero que ahora traen consigo una hora y una fecha: las 6:04 de la tarde del 24 de junio.
Eso también exige atención. Reconstruir La Guaira no puede reducirse a levantar edificios, recoger escombros y reparar carreteras.
Y en todo esto no se puede esquivar la responsabilidad del Estado.
He visto iniciativas para llevar juguetes y organizar actividades para los niños afectados. Me parecen necesarias; un niño que ha pasado por algo así merece cada momento de alegría que se le pueda regalar. Pero no puedo evitar pensar que muchos de esos niños, cuando termina la actividad, vuelven a dormir en una carpa.
A estas alturas nadie sensato espera que La Guaira esté completamente reconstruida. Tres meses no alcanzan para eso. Pero sí alcanzan para que quienes lo perdieron todo sepan qué va a pasar con ellos: dónde y cómo van a vivir, cuáles son los plazos y quién responde cuando esos plazos no se cumplen. Y para que Mariana y tantas otras familias sepan cuándo van a poder enterrar a los suyos.
Hay cosas que necesitan tiempo. Para otras, 90 días ya es demasiado.

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