Enrique Guzmán Alcalá: Venezuela: La maldición no era la riqueza

Hace veintiséis años (antes que aparecieran las redes sociales) escribí un texto titulado “Venezuela Maldita”. No era rabia. Era diagnóstico. Una intuición incómoda: cómo un país extraordinariamente rico podía permanecer atrapado, década tras década, en la promesa eterna del desarrollo sin llegar nunca a concretarlo.

Hoy, con la perspectiva del tiempo, la conclusión no solo sigue vigente: es más clara y más cruel. La riqueza natural no garantiza progreso. A menudo lo sabotea.

Los venezolanos crecimos creyendo que el desarrollo era un asunto de subsuelo. Petróleo, minerales,, playas, montañas, mujeres bellas y tierra fértil. Confundimos abundancia con destino. Y mientras celebrábamos lo que brotaba de la tierra, los gobiernos han descuidado sistemáticamente el único recurso capaz de transformar una sociedad de forma sostenible: la mente humana.

Educación. Pensamiento crítico. Ciencia. Cultura del esfuerzo intelectual. Eso nunca fue prioridad. Fue discurso.

En aquel entonces comparé esa realidad con la de mi segundo país: Los Países Bajos (alias Holanda). Un país sin grandes recursos naturales, con buena parte de su territorio literalmente robado al mar, sin petróleo redentor ni minerales milagrosos. Y, sin embargo, una potencia económica, tecnológica y científica. No por azar. Por decisión.

Los Países Bajos entendieron algo elemental: el desarrollo no se extrae, se construye. Invirtieron durante generaciones en educación rigurosa, investigación aplicada, ingeniería, planificación a largo plazo y cultura cívica. Tomaron sus dos únicos “recursos”: el agua y el viento, y los convirtieron en ventajas competitivas mediante conocimiento. No esperaron milagros. Diseñaron sistemas.

El mundo de hoy hace aún más evidente esa diferencia. El desarrollo contemporáneo ya no depende de fábricas humeantes ni de yacimientos infinitos. Depende de talento, datos, innovación, capacidad de aprender y reaprender. Las economías que prosperan no son las más ricas en recursos, sino las más ricas en criterio.

En ese contexto, el verdadero desastre no es perder recursos naturales. Es desperdiciar talento.
No formar ciudadanos capaces de pensar con rigor. No construir instituciones que premien la excelencia. No generar una cultura que valore el conocimiento por encima de la improvisación.

El atraso no es económico. Es mental.

Pero hay una capa más profunda, y más incómoda, que rara vez se dice en voz alta: Venezuela no tiene países amigos. Nunca los tuvo. Tiene buitres.

Buitres que vuelan de izquierda a derecha, cambiando de relato según convenga, pero siempre con el mismo objetivo: sus recursos.
No vienen por valores. No vienen por solidaridad. No vienen por ideologías. Vienen porque saben reconocer un territorio vulnerable cuando lo ven.

Y un país que no invierte en educación, pensamiento crítico y conocimiento propio es exactamente eso: vulnerable.
Dependiente. Manipulable. Predecible. Un espacio geográfico, no una nación.

Un país educado negocia.
Un país ignorante es negociado.

Mientras sigamos creyendo que la salvación vendrá de afuera, de alianzas, de bloques, de supuestos salvadores, seguiremos siendo una promesa atractiva para otros y una frustración recurrente para nosotros mismos.

La verdadera soberanía no está en el subsuelo, ni en los discursos, está en la capacidad colectiva de pensar, cuestionar, crear y decidir con autonomía.

Sin educación no hay desarrollo.
Sin desarrollo no hay dignidad.
Y sin dignidad, siempre habrá buitres esperando.

Ese es el costo real de no invertir en la mente: no perder riqueza, sino perder el derecho a decidir qué hacer con ella.