La lucha por el poder en el cartel de Sinaloa pone de manifiesto la escalada de violencia de una nueva generación, similar a la de los carteles de Cali o Medellín
Javier Lafuente/El País
La escena podría ser la secuencia de cualquier serie sobre narcos, pero una vez más, cuando todos los límites de la brutalidad parecían desbordados, en Méxicola realidad consigue superar de nuevo a la ficción. Un cuerpo fue hallado este miércoles después de ser arrojado presuntamente desde una avioneta en Eldorado, una localidad a 50 kilómetros de Culiacán, la capital del Estado de Sinaloa, donde el cartel de la zona libra una batalla interna tras la extradición a Estados Unidos de su líder, Joaquín Guzmán Loera, El Chapo Guzmán.
El suceso ocurrió la madrugada del miércoles y el cuerpo fue hallado a primera hora de la mañana, en torno a las 6.30, completamente desfigurado, en el techo de una clínica. Según apuntan varios medios locales, el hombre, al que no se ha podido identificar aún por el estado en que se encontró su cuerpo, vestía una camiseta roja, unos calcetines grises y no tenía pantalón. Algunos medios apuntan también a que horas después fue hallado otro cuerpo, también destrozado, mientras que otras informaciones señalan que se trataba de dos cadáveres más, que fueron recuperados por un grupo armado de la zona.
La violencia se ha vuelto a ensañar con Sinaloa después de la extradición de El Chapo, a principios de año. En los dos primeros meses de 2017 se habían registrado más de 230 homicidios, una cifra que analistas de la zona ya dan por duplicada. El aumento de la violencia ha ido acompañado con un recrudecimiento de las formas en que se mata. “Tenemos una generación más violenta de narcos. Ya no basta con matar, hay que mostrar el cuerpo”, asegura Valdez. Martín Barrón, del Instituto Nacional de Ciencias Penales, ahonda en ello -“es una profesionalización del arte de matar”-, y lo compara con los actos sanguinarios de los años ochenta y noventa de los carteles colombianos de Cali o Medellín, en los que profundizaron los paramilitares y la guerrilla de las FARC. “Eso también evidencia los vínculos y la relación que aún existe entre narcos colombianos y mexicanos”, añade Barrón.
La extradición de El Chapo a Estados Unidos ha abierto una batalla por el poder en el cartel de Sinaloa que Guzmán Loera controlaba allá donde estuviese. Una de las facciones que trata de arrebatar el liderazgo de la organización criminal a los familiares de El Chapo es la de Dámaso López, que domina precisamente la zona en la que fue hallado el cuerpo arrojado desde la avioneta. Otrora aliado de Guzmán Loera, López, que en su día fue policía ministerial, creció dentro del cartel tras ser uno de los artífices de la primera fuga de El Chapo.
El descabezamiento, sin embargo, no acaba con el mercado. Más allá de las disputas internas, recuerda Martín Barrón, el cartel de Sinaloa sigue pasando por un momento boyante: “Más del 60% de la heroína que se mueve en Estados Unidos la mueven ellos y en el caso de las drogas sintéticas, el porcentaje es del 30 o 40%. Hay algo ahí que les funciona”.
