La muerte llegó con la difusa forma de una niebla blanca, silenciosa, en medio de la noche, cuando casi todos dormían, como en una novela de Stephen King. Algunos de los sobrevivientes dicen que antes se escuchó una explosión sorda, otros aseguran que no oyeron nada. A la mañana siguiente los muertos sumaban más de 1.700, la mayoría en sus camas, donde la vida se les había ido sin que se dieran cuenta. Sus cadáveres mostraban un extraño color verdoso. Afuera, en el campo, los cuerpos de los animales muertos se contaban por miles, ganado, perros, gatos y gallinas. No se escuchaba el trino de los pájaros, hasta las moscas habían muerto.
por INFOBAE
Ocurrió una noche de hace 40 años, la del 21 de agosto de 1986, en las aldeas cercanas al lago volcánico Nyos, en el noroeste de Camerún, cerca de la frontera con Nigeria. Mónica Lom Ngong despertó mareada y su primera sorpresa fue el silencio, no se escuchaba ningún sonido en la casa ni tampoco en su calle de la aldea, siempre bulliciosa. Recién entonces miró a su alrededor. “Estaba rodeada de gente muerta, adentro de la casa, otros afuera, otros detrás de las casas… y los animales en todas partes: vacas, perros, todo yacía en el suelo y yo estaba tan confundida. Toda la familia. Éramos 56 pero 53 murieron”, le contó a la BBC.
En la aldea de Subum, Joseph Nkwain todavía estaba despierto cuando llegó la nube y alcanzó a darse cuenta de que algo extraño pasaba, pero no pudo hacer nada. “No podía hablar. Me estaba poniendo inconsciente. Oí a mi hija roncar de una manera horrible, muy anormal… Cuando crucé a su cama colapsé y caí. Estuve allí hasta las nueve en punto por la mañana, hasta que un amigo llegó a mi casa. Yo quería hablar, pero mi respiración no salía. Mi hija ya estaba muerta. Fui a la cama de mi hija, creyendo que todavía dormía. Me dormí hasta las 4:30 de la tarde. Era incapaz de caminar, mi cuerpo estaba completamente débil. Entonces, como pude, me subí a mi motocicleta para alejarme, me fui a Wum (la ciudad más cercana), en el camino no vi rastro de ningún ser vivo. Personas y animales estaban muertos”, le relató a un periodista del Cameroon Tribune.
Nadie sabía qué había causado tanta muerte silenciosa. No había habido inundaciones, grandes lluvias o terremotos. Tampoco estaban destruidas las chozas y no había signos de violencia. Todo estaba intacto, pero en las aldeas casi todos estaban muertos. Para tratar de explicar ese fenómeno nunca visto, comenzaron a correr todo tipo de versiones: que todo era producto de una maldición ancestral, que la nube había salido de una planta química secreta que había colapsado, que las aldeas habían sido utilizadas como zona de prueba para un arma biológica.
Las autoridades camerunesas tampoco podían determinar la causa de la tragedia. El presidente Paul Biya pidió ayuda y pocos días después comenzaron a llegar equipos científicos desde Estados Unidos y algunos países europeos. “Los locales comenzaron a decir que países extranjeros habían utilizado la zona para probar una bomba secreta, por ejemplo, que ellos, de alguna forma, eran parte de una conspiración de científicos internacionales. De hecho, eran ideas bastante fantásticas, sin ninguna credibilidad”, contó después el doctor Peter Baxter, uno de los científicos que llegó a Camerún para estudiar el caso.
Ellos también estaban desconcertados, hasta que el científico Haraldur Sigurdsson planteó la primera hipótesis y apuntó al lago Nyos, ubicado dentro de un antiguo cráter volcánico: la nube mortal podía haberse originado allí porque, aunque a simple vista era un espejo de agua como cualquier otro, bajo su superficie se encontraba una enorme cantidad de dióxido de carbono acumulado que, al liberarse, podía convertirse en un gas mortal.

Una “erupción límnica”
El dióxido de carbono es un componente natural de la atmósfera y es indispensable para las plantas en los procesos de fotosíntesis. Sin embargo, cuando se acumula, se transforma en una amenaza letal ya que desplaza al oxígeno del aire y provoca una silenciosa asfixia. No presenta un olor particular y fue por eso que los pobladores de la zona nunca advirtieron el peligro.
Las características de la región resultaron clave para que se produjera el fenómeno. El noroeste de Camerún forma parte de una extensa zona volcánica que, si bien no estaba en erupción, liberaba gases. Las fracturas y grietas de las rocas permitieron que el dióxido de carbono se disolviera en las profundidades del lago Nyos. Por años quedó atrapado allí, pero, debido a un cambio brusco de presión, se liberó a la atmósfera. Cuarenta años después, todavía se debate sobre qué fue lo que originó ese cambio letal. Hay quienes piensan que un pequeño deslizamiento de tierra alteró la estabilidad del lago y otros culpan a corrientes de agua fría que provocaron que el dióxido de carbono ascendiera desde las profundidades.
El fenómeno hoy tiene nombre científico y se lo conoce como erupción límnica: evento caracterizado por la liberación repentina de gases atrapados en aguas profundas. El dióxido de carbono se expandió con rapidez desde la superficie del lago y, al ser más pesado que el aire, descendió por las laderas de las montañas sin ser percibido. Quienes se cruzaron en su camino no tuvieron tiempo de reaccionar ni de darse cuenta de que respiraban aire casi sin oxígeno. Perdieron el conocimiento o se quedaron dormidos lentamente junto a los animales, que corrieron la misma suerte, sin signos de violencia ni pérdidas materiales apreciables. “El gas provoca la inconsciencia rápidamente. Los que sobrevivieron sintieron que estuvieron inconscientes durante mucho tiempo, diez horas o más, antes de estar nuevamente conscientes, literalmente hasta que el gas, que estaba suspendido en el aire, se elevó cuando comenzaba el día y el sol calentó la tierra”, explicó el doctor Baxter.

“El desastre natural más extraño”
La liberación de dióxido de carbono en el lago Nyos puede considerarse un hecho excepcional, tanto que después de investigarlo, el científico Haraldur Sigurdsson lo calificó como “el desastre natural más extraño del siglo XX”. Sin embargo podría repetirse, porque lagos de origen volcánico hay en muchos lugares del mundo. La combinación de origen volcánico, aguas profundas y aporte subterráneo de gases los convierte en una suerte de bombas naturales, cuya explosión es casi imposible de predecir.
Aún así es posible tomar algunas medidas preventivas. En 2001 se instaló la primera tubería permanente de desgasificación en el lago Nyos, a la que luego se sumaron otras. Operan con el objetivo de extraer el agua profunda cargada de dióxido de carbono. Los especialistas afirman que, cuando el agua asciende por las cañerías, los cambios paulatinos en la presión hacen que el gas se libere de manera controlada y que los seres vivos puedan incorporarlo sin riesgo de intoxicación. Es una especie de válvula de seguridad instalada en el lago. Es un sistema que podría replicarse en otros espejos de agua volcánicos del planeta.
Más allá de las explicaciones científicas, cuarenta años después de los hechos, la tragedia del lago Nyos sigue inquietando, porque al contrario de otro tipo de desastres naturales, como los terremotos, las erupciones volcánicas o los tsunamis, demuestra que hasta los paisajes más tranquilos esconden un potencial que puede provocar una catástrofe natural que mata sin aviso y en silencio.
