Fatima Nazha durmió en la calle durante dos días después de que ella y su familia huyeran de su casa en los suburbios del sur de Beirut tras una orden israelí de evacuación.
Todas las escuelas que el gobierno convirtió en refugios estaban llenas, y la familia no podía pagar un hotel ni un apartamento, así que ella y su esposo terminaron mudándose a una tienda de campaña en el estadio más grande del país, mientras que sus hijos y nietos encontraron refugio cerca de la ciudad costera sureña de Sidón.
En apenas 10 días, más de 800.000 personas en Líbano han sido desplazadas por la guerra, poco más de un año después de que el último conflicto obligara a más de un millón de libaneses a abandonar sus hogares. Eso equivale a una de cada siete personas en el pequeño país, según la organización humanitaria Consejo Noruego para los Refugiados. Muchos no tienen dónde quedarse, y el gobierno, con las arcas exhaustas, solo ha podido alojar a aproximadamente 120.000 personas mientras se apresura a abrir refugios y traer más suministros.
Nazha, que usa silla de ruedas, comentó que verse obligada a dejar su hogar ha sido mucho más difícil esta vez que cuando Israel y Hezbollah estuvieron en guerra por última vez hace más de un año. Los ataques dirigidos contra el grupo armado han sido más intensos e impredecibles, y la orden de evacuación de Israel llegó de forma abrupta, lo que le impidió reunir todas sus pertenencias.
“Antes los ataques apuntaban a una zona específica, pero ahora están golpeando todas las zonas”, manifestó, mientras daba una calada a su cigarrillo. El Ministerio de Salud de Líbano informó el viernes que más de 700 personas, incluidos 103 niños, han muerto en la guerra.
Divisiones hierven a fuego lento en Líbano
Israel intensificó sus ataques contra su vecino del norte después de que Hezbollah disparara varios cohetes contra Israel tras la muerte del líder supremo iraní Alí Jamenei al inicio de la guerra.
La mayoría de los libaneses esperaba que Hezbollah no respondiera al ataque contra Irán, ya que el apoyo del grupo a Hamás en 2023 derivó en ataques israelíes contra Hezbollah en Líbano. El resentimiento hacia Hezbollah y sus aliados ha aumentado en Líbano, mientras las tensiones internas y las divisiones en el país siguen latentes.
Por temor a ser atacados los propietarios han estado subiendo los alquileres de los apartamentos para disuadir a nuevos inquilinos. Los hoteles, por su parte, han estado examinando a los huéspedes con mayor rigor desde que Israel atacó dos habitaciones de hotel afirmando que había allí miembros de la Guardia Revolucionaria iraní que operaban en Beirut.
Algunos que no tienen familiares o amigos con quienes quedarse, o que no pueden pagar un apartamento o una habitación de hotel, han estado durmiendo en las calles o en sus autos en torno al centro de Beirut, cambiando comodidad por seguridad. Sin embargo, esa sensación de seguridad se hizo añicos después de que un ataque israelí nocturno matara al menos a ocho personas e hiriera a más de otras 30 en el barrio de Ramlet el-Bayda, en la capital, donde muchos desplazados levantaron tiendas junto al mar o durmieron sobre colchones en el paseo marítimo.
Los grupos humanitarios, lastrados por años de falta de financiación, tienen dificultades para seguir el ritmo. Advierten de una crisis humanitaria.
“Las necesidades están aumentando mucho más rápido que nuestra capacidad de respuesta”, declaró Mathieu Luciano, jefe de la Organización Internacional para las Migraciones en Líbano, durante una reciente rueda de prensa.
Sin tiempo para prepararse
El gobierno, mientras tanto, está utilizando el mayor estadio deportivo de Líbano como refugio improvisado, donde Nazha, su esposo y más de otras 800 personas han estado durmiendo en los pasillos semiabiertos bajo las gradas. Hay baños y lavabos, pero no duchas y la electricidad es solo esporádica.
“No basta con que nos traigan comida. … Una lata de sardinas o una barra de pan o un galón de agua, eso no es suficiente”, expresó Nazha el jueves desde su cama plegable.
En el estacionamiento del estadio donde la selección nacional de fútbol juega habitualmente en tiempos de paz, los niños disputaban un partido improvisado mientras un dron israelí volaba por encima, reconocible por su zumbido. Desde allí se pueden ver y oír las bombas que han estado explotando a diario en barrios cercanos.
Naji Hammoud, quien supervisa las instalaciones deportivas del Ministerio de Juventud y Deportes de Líbano, señaló que no esperaba tener que asumir una responsabilidad tan pesada.
“Es una carrera contra el tiempo”, afirmó Hammoud mientras trabajadores humanitarios y voluntarios se apresuraban a montar tiendas de campaña.
Más de un millón de personas fueron desplazadas en la última guerra, pero eso ocurrió hacia el final, tras un año de combates limitados que fueron escalando gradualmente. Esta vez, lo que tomó meses tomó días.
El ataque inicial de Hezbollah, seguido por los rápidos bombardeos israelíes durante la noche, sacudió a Líbano, y los avisos de evacuación masiva tomaron a la gente por sorpresa. Israel pidió primero a decenas de aldeas al sur del río Litani que huyeran hacia el norte. Más tarde advirtió a los residentes que evacuaran Dahiyeh, una zona de suburbios mayoritariamente chiíes en el extremo sur de Beirut que es uno de los lugares más densamente poblados del país.
Todas las carreteras principales que conducen a la capital desde el sur de Líbano estaban colapsadas, mientras la gente se apresuraba a encontrar algún lugar seguro donde quedarse.
“Estuvimos en la carretera dos días hasta que encontramos este lugar que nos aceptó”, contó Seganish Gogamo, una trabajadora de Etiopía que huyó de la ciudad sureña de Nabatieh y encontró refugio en una iglesia de Beirut que acoge a trabajadores migrantes de Asia y África. Huyó en plena noche tras intensos ataques aéreos.
La incertidumbre abunda
No se vislumbra un final para los combates mientras unos 100.000 soldados israelíes se han concentrado a lo largo de la frontera ante una prevista invasión terrestre. Muchos temen que el conflicto entre Israel y Hezbollah pueda prolongarse más allá de la guerra con Irán.
Joe Sayyah estuvo entre decenas de residentes que permanecieron en su aldea fronteriza, Alma al-Shaab, durante los primeros días de la guerra, con la esperanza de no tener que irse. Es una aldea cristiana, e Israel ha atacado en su mayoría a comunidades chiíes donde opera Hezbollah.
Sayyah y otros apelaron al Vaticano y a Estados Unidos, describiéndose como espectadores del conflicto e insistiendo en que no había presencia ni actividad militar entre ellos. También pasaron días refugiados en una iglesia.
Pero cuando su amigo murió en un ataque de dron israelí mientras regaba sus plantas, supieron que era hora de irse. Él y los demás tocaron la campana de la iglesia por última vez antes de partir hacia la capital en un convoy escoltado por fuerzas de paz de las Naciones Unidas.
Tras llegar a una iglesia en las afueras del norte de Beirut para celebrar una misa funeral por su amigo, Sayyah dijo que la sensación de alivio por haber alcanzado un lugar seguro fue reemplazada rápidamente por la sombría constatación de que esta guerra podría ser distinta de la anterior.
“Esta vez, hay una enorme posibilidad de que no podamos volver a nuestra aldea”, afirmó.
