Liga de Campeones: Gran remontada del Real Madrid frente a la Roma

El equipo blanco gana a la heroica un partido que perdía por 1-3 en el 82′, los cambios de Mou a última hora dieron fruto.

El Madrid estuvo lejos de la histeria (de la Liga) y acabó honrando a su historia, de inmortalidad en la Champions, tras una actuación inexplicable durante tres cuartas partes del encuentro de Roma y un final a la heroica, muy en su estilo paranormal. Nadie es capaz de hacerse el muerto así. Al principio le fallaron sus figuras y falló aún más flagrantemente Mourinho, al que le quedó un once final mucho mejor que el inicial, ya sin Vinicius, ya con Güler, Bernardo Silva, Espí y Endrick. Cuesta hacer un retrato robot de este equipo, que no resulta ni creativo ni intenso, si acaso rematador. Lo sería cualquiera que tuviese a Mbappé, pero su plan de juego sigue siendo borroso, sin un hilo argumental, con muchas ocurrencias y muy poco plan de acción, pero le sobran jugadores y leyenda para convertir un desastre en una hazaña, para ganar un partido que perdía por 3-1 en el 82′ por pura rebeldía.

Mourinho compareció en el Olímpico de Roma, que un día fue su casa, con un once de gran corrección política e injusto con Arda Güler, que no supera su estatus de eslabón más débil de la cadena. Bellingham y Mbappé son intocables, Diomande traía el gol al Villarreal y un precio astronómico bajo el brazo y una segunda suplencia de Vinicius hubiese quedado registrada en el sismógrafo, más si se tiene en cuenta que faltará en los próximos cuatro partidos de Liga. Ahora es una buena noticia para el equipo. Y como Mourinho entiende que esa juerga ofensiva exige dos patrulleros por detrás (Valverde y Tchouameni), no le caben el turco, al que si hay que ponerle un pero es que pasada la hora de juego se queda sin piernas, ni Bernardo Silva. Los sucesos finales le sacaron del error.

La Roma fue lo que le apetece siempre a Gasperini, el último romántico del fútbol italiano, amante del tiroteo en la tierra del catenaccio. El Madrid, que se ha visto con frecuencia con su Atalanta en los últimos tiempos, y Mourinho, que no pudo ganarle en los tres últimos enfrentamientos directos, llevaban al día los apuntes sobre un equipo con tres centrales, dos laterales de altos vuelos (Nahuel Molina en la izquierda), dos mediapuntas y un atacante en racha, Donyell Malen, holandés errante (Premier, Eredivisie, Budensliga, Serie A). Y todos, obligados a una presión hombre a hombre desde el inicio de la jugada del rival, con el equipo entero invadiendo territorio enemigo. No es palabrería. La primera gran ocasión romana llegó en un disparo de un central, Hermoso, desde el borde del área. A otro le hubiera hecho gol, pero no hay otro como Courtois.

El partido era una de romanos, de sandalia y espada, de ida y vuelta, porque lo que la Roma derrocha arriba lo entrega atrás. Habitualmente entran más gallinas de las que salen. Pareció que también iba a suceder esta vez, porque acurrucó al Madrid en su campo desde el buen pie de Dybala, jugador exquisito que se ha quedado al borde del estrellato, y Soulé y constantes recuperaciones de Koné, hasta que se rompió, y De Roon.

Remontada

El equipo de Mourinho, que se ha (mal)acostumbrado a esperar, que aún tiene demasiadas tuercas flojas en la presión, se vio desbordado por aquella salida valiente y decidida de su oponente, premiada con un gol de De Roon, en un zapatazo que traicionó a Courtois con un roce fatal en Malen, lo único casual en un gol más que merecido del equipo de Gasperini. El holandés pudo repetir poco después, tras error de Diomande, aunque esta vez no sorprendió al belga, que contemplaba estupefacto como en su horizonte asomaban diez zombis de blanco.

Así que el tanto de Mbappé, que supuso la igualada, resultó una verdadera sorpresa. El francés, cuya gatera son los goles, anduvo atento a un error de cálculo de Hermoso en el corte, le madrugó la pelota y fotocopió el éxito de De Roon: su buen disparo acabó en imparable tras un toque suicida en Mancini. La primera noticia de Mbappé había que buscarla en la red. Ocurre con demasiada frecuencia.

Un Madrid sometido, con cierto ganduleo sin la pelota, devolvía al partido a la casilla de salida y se daba una nueva oportunidad. Tuvo incluso, después, un buen ratito, con algún gambeteo apreciable de Diomande, sin duda el más trabajador de la galaxia, y un remate que rondó el gol de Bellingham, aunque la primera mitad acabara en el mismo plató en que se rodó el inicio: el área de Courtois.

Más ataque, mejor Madrid

Por probar un tratamiento distinto, Mourinho cambió las bandas: Diomande a la izquierda, quizá para auxiliar a Cucurella (aún andaba peor Dumfries en el otro costado); Vinicius a la derecha, territorio que considera comanche. Ahora no está para poner condiciones. Tampoco para tirarse un imprudente lujo de tacón con el equipo desacomodado que provocó el 2-1, previo paso por Rodrigo Mora, tiro cruzado de Donyell Malen y toque en Valverde que invalidó la salida de Courtois. Mourinho teatralizó el error desde el banquillo, antesala de un cambio de castigo fulminante.

El Madrid se precipitaba al desastre. Con el orden perdido, Soulé filtró sin oposición un pase a Malen, que volvió a fusilar a Courtois. Y entonces, tarde, con la guerra aparentemente perdida, Mourinho compuso un equipo más natural, con Güler, con Valverde de lateral (ahí le verán más a menudo) y con Endrick en la derecha. Más tarde echó todo el carbón que le quedaba, Bernardo Silva y Espí y, entonces sí, apareció el más grande de Europa a través de los tiempos para escalar heroicamente hasta el empate. Gollini estropeó dos tiros de Mbappé. Se avecinaba la enésima remontada imposible porque el estado de excepción se convertía en estado de euforia. Espí insistía en un su condición de providencial con un gol, Endrick, que salió en tromba, firmaba el empate y Rüdiger cerraba la tormenta perfecta en un córner lanzado por Güler para escribir su nombre en una victoria que puso en valor la plantilla y la leyenda del Madrid y que dejó en evidencia a su entrenador.

 

 

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