Su hermana se había casado “de apuro” tiempo antes. Sabía el infierno que le esperaba si repetía esa historia. Un aborto le parecía imposible. Los quince años que sintió estar muerta en vida y el día que aprendió a vivir sin odiarse
por JuanTonelli/Infobae
“A veces, sobrevivir ya es un acto de heroísmo”.
Toni Morrison
¿Cómo iba a terminar bien nuestro matrimonio? No había ninguna posibilidad.
Qué fue lo que nos enamoró del otro al principio ya no es relevante. Lo importante es que quedé embarazada enseguida, y nuestra vida entró en un túnel oscuro durante veinte años. Hoy es fácil verlo, pero en aquel momento hicimos lo que pudimos con la historia que cada uno cargaba.
Yo había sido testigo privilegiada de la catástrofe familiar que significaba un embarazo no deseado. A mi hermana mayor le había pasado y fue una hecatombe. ¡Lo que no le dijo mamá a mi hermana! Puta de mierda, desgraciada, me cagaste la vida, y varias barbaridades más. Con apenas diecisiete años ella resistió como pudo. Después, cuando nació su bebé, la aceptaron, pero los meses previos fueron el infierno. La vergüenza de que su hija adolescente tuviera que casarse de apuro se imponía a todo.
En casa no había lugar para errores, imprevistos ni accidentes. Ninguna de esas cosas que pasan en la vida con frecuencia. Y si no hay lugar para equivocarse, ¿puede haber lugar para vivir?
Por eso, cuando a los diecinueve vi las dos rayitas y supe que mi test era positivo, se me vino el mundo abajo. ¿Qué iba hacer? No tenía la menor chance de revivir lo que había pasado mi hermana, pero ella había podido enfrentarlo, ¿y yo? Un aborto me parecía imposible porque para mí eso era simplemente un homicidio. Ganarme el castigo eterno, resolver un problema grande generando uno mayor.
Mario me bancaba. Aun cuando convertirse en padre a los veintitrés años suponía mucha presión y no era lo que había imaginado para su vida, me dijo que apoyaba lo que yo quisiera hacer. Era exactamente lo que yo no quería escuchar. Hubiera preferido que otro decidiera por mí y no tener ninguna responsabilidad en esa decisión. Incluso que perdiéramos el bebé de forma espontánea. Pero nada de eso pasó y quedé sola frente a mis circunstancias.
Después de unas semanas de parálisis, sin hacer nada más que desear un aborto natural, no tuve más remedio que enfrentar la realidad y hacerme cargo de las alternativas.
Contarles a mis padres que estaba embarazada no era una opción, y cuando le dije a mi novio lo que pensaba, percibí su alivio. Al final, la vida no se le complicaría tanto. No sé cómo ni a través de quién consiguió los datos de un ginecólogo que hacía esos trabajos. Nunca quise saberlo.
El médico transmitía mucha seguridad profesional, pero no parecía sentir la menor empatía o compasión por nosotros. Nos dijo que volviéramos en cuarenta y ocho horas con dos mil dólares. Ese era el precio en los tiempos en que el procedimiento todavía era ilegal.
¿De dónde íbamos a sacar esa plata? Haciendo milagros conseguimos una parte, mil quinientos. Mario propuso que volviésemos al consultorio con eso. Qué ingenuo, creía que se apiadaría de nosotros y me haría la intervención de cualquier modo.
A los dos días volvimos. Yo temblaba. Sabía que estaba ganándome el infierno. Aquel acto me ponía irreversiblemente del lado incorrecto de la vida.
Le dimos el dinero a la secretaria y lo único que dijo fue que faltaba plata. Como si no lo supiéramos. Le explicamos que no teníamos más, que eso era todo lo que habíamos conseguido. Fue a consultarlo con el ginecólogo, que apareció de inmediato para hablarnos con la misma serenidad gélida de la primera vez.
—Todavía hay tiempo, dos semanas más. Pídanles a amigos y vuelvan cuando hayan juntado lo que falta.
No tengo registro de cómo terminamos sentados en un bar pensando a quién sacarle el dinero que necesitábamos. Al final, Mario vendió su moto y un reloj, y yo pude hacerme el aborto. Pero el problema con los problemas es que cambian. Se transforman. Resolvimos el que teníamos frente a nosotros sin darnos cuenta de que estábamos generando otro inmenso. Uno que no me dejaría estar en paz por décadas.
Ese mismo día empecé a vivir en mi propio infierno. No podía dormir. Sentía que la gente me miraba por la calle o cuando hacía las compras, como si todos supieran que yo era una asesina. Había matado a un ser indefenso y eso era imperdonable. Y estaba condenada a vivir todo eso en el aislamiento más absoluto. ¿A quién iba a contarle la atrocidad que había cometido?
En casa nadie estaba enterado de lo que yo vivía, lo cual me obligaba a simular que no pasaba nada. Como siempre. Otra actitud me hubiera sorprendido. Si mis padres hubieran sido capaces de percibir algo, quizás habría habido un mínimo margen para contarles. Pero no lo había. Solo era cuestión de no llevarles problemas.
La culpa que sentía era infinita. No tenía perdón y este era mi castigo: cargar sola con ese peso descomunal.
Por supuesto, nuestro vínculo con Mario se fue deteriorando a toda velocidad. Yo estaba encerrada en mi tormento. De coger ni hablar. Más allá de lo conmocionada que estaba, tenía pánico de volver a quedar embarazada. Pocos meses después nos separamos, y para mí fue liberador. Mejor estar sola. Eso me calmaba. Evitaba multiplicar los conflictos por mis diferencias abismales con Mario, que no se sentía mal por lo que habíamos hecho.
No pasó mucho tiempo antes de volver a salir con algunos chicos. Con uno incluso me enganché. Era cariñoso, tenía una buena familia, estudiaba, trabajaba. En síntesis, era un buen partido.
Viví la sexualidad con él como pude, ocultándole mis fantasmas y disimulando mis temores. Confiaba en que desaparecerían, pero vivía con terror de quedar embarazada nuevamente. Mi cabeza me torturaba pensando que un segundo aborto sería más fácil, total ya estaba condenada. Nada podía ser peor que lo que ya estaba viviendo.
La relación avanzaba, pero yo me sentía cada vez peor. Me resultaba imposible conectar con él, mostrarme de verdad, sentirme cómoda, porque no podía confesarle lo que había hecho. Descontaba que si se lo decía iba a mirarme con horror y salir corriendo. Porque ¿quién querría quedarse con una mujer como yo? Mejor seguir ocultando todo y escondiéndome. Seguir actuando. Hacer como que el aborto no había ocurrido. No tenía margen para otra cosa.
La culpa y el silencio me tomaban en cuerpo y alma, me carcomían. Me daba escalofríos el solo hecho de pensar que estaba con alguien que nunca iba a conocerme de verdad y que eso, en el fondo, me volvía inaccesible y me dejaba completamente sola. ¿Iba a pasar toda mi vida guardando el peor secreto, sin hablar honestamente con mi pareja? Por más que le daba vueltas, no encontraba una solución.
Después de muchísimas noches sin dormir y de infinidad de mentiras para mantener mi fachada de normalidad, se me ocurrió una jugada salvadora: volver con Mario. Mi cómplice en el asesinato. El único que conocía mi peor cara. Él era mi puerta de salida de este tortuoso aislamiento emocional que me había generado abortar.
Mario estaba de novio, pero eso no me importaba. Sabía que podía reconquistarlo si me lo proponía. No me costó mucho hacerle creer que era el amor de mi vida. Un año después nos casamos, y al poco tiempo volví a quedar embarazada.
Todo iba como yo había planeado. Solo nosotros conocíamos nuestro secreto, pero solo a mí me angustiaba.
Cuando nació mi bebé sentí paz por primera vez en mucho tiempo. Pero también un desgarro en lo más profundo del corazón. Habíamos matado a nuestro primer hijo, un bebé igual a éste.
Al revés de lo que esperaba, tener un bebé no mejoró nuestra vida. El vínculo con Mario empezó a cambiar. Yo vivía ausente, el dolor me destrozaba por dentro. No hablábamos de nada importante. Las discusiones se convirtieron en una costumbre de todos los días. Él empezó a tener ataques de ira. Nuestro desencuentro era cada vez más insalvable.
Mi madre me decía que el matrimonio era eso. Aguantar. Con el tiempo empezó a insinuar que tener otro hijo podía ayudarme a poner las cosas en perspectiva. Confundida, le hice caso, aunque por dentro me desangraba. Lamentablemente, no podía contarle nada. Ante sus ojos, yo era la hija que había hecho las cosas bien.
En lugar de volvernos una familia tipo, nos convertimos en un agujero negro. Y como si eso no fuese suficiente, mientras estaba amamantando a nuestro segundo hijo, volví a quedar embarazada. Entonces Mario dijo las palabras que para mí exponían el abismo que nos separaba: “¿Y si no lo tenemos?”.
Evidentemente él no entendía nada. Teníamos la vida arruinada y él quería reincidir matando a otro bebé.
El nacimiento de nuestro tercer hijo terminó de hundirnos. La distancia entre nosotros se volvió total y absoluta. Yo me refugié en la vida de los chicos y en la imagen de familia Ingalls que proyectábamos. Él se puso definitivamente violento, como si lo hubiese condenado a cadena perpetua.
Así viví quince años. Muerta en vida. Me confesé infinidad de veces, hasta que un sacerdote me dijo que la cortara, que esa culpa tapaba otros problemas más grandes. Pero yo seguía encerrada en el aislamiento y la disociación. Ese era mi castigo. Hasta que por suerte tuve una crisis nerviosa y tuvieron que internarme en una clínica psiquiátrica. Todos los incurables tienen cura cinco segundos antes de la muerte.
Cuando salí tres meses después, Mario me anunció que se iba de casa. Me dejaba para volver con aquella novia de quien yo lo había separado. ¿Sería ella el amor de su vida o simplemente necesitaba vivir algo que le había quedado pendiente?
Sentí un alivio profundo, por fin alguna dosis de verdad en mi vida.
En ese momento decidí contarle todo a mi hermana. No podía soportar una mentira más. Me abrazó fuerte, sus ojos estaban llenos de lágrimas. Nadie más podía intuir todo lo que yo había pasado.
¿Cómo se armó todo este infierno en el que se convirtió mi vida? Hoy miro hacia atrás y me sorprende haber sobrevivido. Cuando el dolor es muy intenso, creemos que solo existimos nosotros. Que nadie podría comprendernos.
La vida me zamarreó de un lado al otro pero acá estoy. No me curé, no me olvidé, no me convertí en ejemplo de nada. Aprendí a vivir sin odiarme. A ver mi vida sin bajar la cabeza, porque solo con compasión puedo mirarla de frente.
Ya no me debo explicaciones, no tengo nada que sostener. Estoy en paz.
***
Hay dolores tan íntimos que solo la ternura puede tocarlos. Ponerle palabras los vuelve más habitables, dejan de devorarnos en silencio.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.
