Es increíble: ya estamos en octubre.
Esta expresión, que se usa prácticamente en relación con cualquier fecha o evento, encierra el misterio de la vivencia interna del tiempo.
El tiempo cronológico es uno, cómo lo vivimos es otro.
Sabemos que esta percepción se modifica en determinados estados anímicos, pero también en el curso de la vida. Hoy, en una época de auge de la búsqueda de la longevidad, se hace más evidente una paradoja: cuanto más vivimos, más rápido parece pasar la vida.
Se habla habitualmente de la longevidad y el ejercicio, el estrés, la alimentación, el sueño, pero poco hay sobre la modificación de esta percepción interna, esa sensación de que el tiempo comienza a acelerarse a medida que avanza la vida.
Cuando somos niños, un año puede parecer interminable. Un verano puede contener una cantidad casi infinita de acontecimientos. A los diez años, un año representa una parte enorme de nuestra vida. A los sesenta, una década puede pasar con una velocidad desconcertante. La cronología, por supuesto, no ha cambiado, sino que lo que ha cambiado es nuestra manera de experimentar el tiempo.

Y esto plantea una paradoja particularmente interesante en una época en la que la medicina busca prolongar cada vez más la vida humana: podemos vivir más años y, al mismo tiempo, sentir que esos años pasan cada vez más rápidamente.
La idea de que la medición del tiempo es una variable subjetiva la conocemos todos por experiencia propia: desde estar esperando en una sala de espera o hacer una fila, hasta la duración de unas vacaciones.
Si lo trasladamos a la vida en su conjunto, nos plantea un interesante tema respecto a la búsqueda, a veces desesperada, de la longevidad: quizás no se trate solamente de una cuestión de años, sino de la calidad de estos o, más concretamente, de las experiencias vividas y de la construcción de memorias, de engramas mnésicos. De alguna manera podríamos decir que, si bien el tiempo cronológico se mide con un reloj, un calendario, hay otro ligado a las experiencias y a la memoria.

Un estudio publicado en 2026 en Memory & Cognition, de Teghil y colaboradores, aporta un dato particularmente interesante. Los investigadores estudiaron a 120 personas de entre 20 y 91 años y analizaron cómo percibían el paso del tiempo durante la década anterior.
Los adultos mayores tendían a percibir esa década como más breve que los participantes más jóvenes. La percepción de que la década anterior había pasado más rápidamente no se explicaba por tener menos recuerdos autobiográficos.
En cambio, aparecía asociada con una menor capacidad para incorporar nueva información a la memoria, y esto introduce una diferencia importante: no se trata necesariamente de tener más o menos recuerdos, sino de la capacidad de incorporar nueva información y convertirla en nuevos recuerdos.
La diferencia es fundamental. Una persona puede conservar recuerdos autobiográficos ricos y vívidos y, al mismo tiempo, tener una menor capacidad para incorporar nuevas vivencias. Tal vez sea que algunos períodos de su vida contienen menos acontecimientos suficientemente nuevos como para quedar diferenciados entre sí.

El hallazgo más interesante del trabajo no fue que los mayores recordaran menos su pasado, sino que quienes tenían mayor dificultad para incorporar nueva información tendían a sentir que los últimos diez años habían pasado más rápido.
Tal vez el problema no sea cuánto pasado conservamos, sino cuánto presente conseguimos registrar como algo nuevo. Y aquí aparece una mirada distinta: la percepción retrospectiva del tiempo podría depender, al menos en parte, de las experiencias que conseguimos registrar como diferenciadas.
En alguna medida, un período de tiempo, un año supongamos, en el cual se han generado o dado muchas situaciones nuevas o significativas, al menos sean percibidas como buenas o malas, está compuesto por una sucesión de acontecimientos diferenciados. Al año siguiente se establece una rutina que nos permite ahorrar energía, automatizar conductas y liberar recursos cognitivos para otras tareas.
Pero aparece una paradoja. Lo que hace más eficiente nuestra vida cotidiana puede hacer que, retrospectivamente, una parte de esa vida parezca haber pasado más rápido. La novedad deja una marca. La repetición tiende a agrupar espacios de tiempo.

Es decir, si bien la investigación de la que disponemos actualmente no demuestra que la rutina sea la causa de esta aceleración subjetiva del tiempo, es inevitable preguntarse qué ocurre cuando una vida se vuelve progresivamente más previsible, de alguna manera, cuando hay menos desafíos.
Un aspecto es la novedad, las nuevas experiencias, los retos, y otro es la forma en que una persona procesa la información, se enfrenta a los problemas y se relaciona con lo que está por venir, lo nuevo o aún lo incierto.
El pensamiento negativo repetitivo, desde la rumiación sobre el pasado hasta la preocupación persistente por acontecimientos futuros, ha sido estudiado en relación con distintos procesos de control cognitivo.
Un metaanálisis de 94 estudios, 109 muestras independientes y 6.698 participantes encontró una asociación específica entre este tipo de pensamiento y una mayor dificultad para descartar de la memoria de trabajo información que ya no resulta relevante.

Es decir, una persona puede estar pensando constantemente y entender que desarrolla una actividad cognitiva y, sin embargo, permanecer atrapada en un circuito mental repetitivo. Hay actividad cognitiva, pero sin modificaciones.
Claro que no es la experiencia o la heurística lo que sea algo malo. Todo lo contrario, confiar en una respuesta que ya demostró ser eficaz puede ser una herramienta. Quizás el problema sea que una persona confíe en una respuesta, en cualquier área, que la tranquiliza y así evite revisar, explorar la nueva evidencia. Esto es claro y absolutamente necesario en cualquier campo del conocimiento, pero también puede ocurrir, por ejemplo, en las relaciones humanas o frente a los cambios sociales.
El tiempo queda detenido porque el pensamiento vuelve al lugar, tiempo y modalidad en que se construyó esa creencia. En su caso más intenso es volver una y otra vez sobre la misma pérdida, el mismo temor, la misma ofensa, el rencor o la misma anticipación negativa.
Es decir, no es que no haya actividad mental, sino que esta está cerrada en un bucle, que es útil en cierta medida, pero nos limita. Estar siempre escuchando un mismo discurso o modalidad puede reafirmar algo, pero también puede impedir alejarse del núcleo de esa idea, cerrar la mente y, con ella, el tiempo interno.

El ejemplo clínico es, desde ya, la rumiación, tantas veces relacionada con la preocupación y otras formas de pensamiento repetitivo. Por ello, una vida puede ser cronológicamente larga, pero uno puede tener la sensación de un envejecimiento mayor al de una persona cuyo documento revela la misma edad.
No porque exista necesariamente una relación directa entre rumiación y percepción del tiempo, sino porque aparece aquí otra cuestión: qué ocurre cuando la actividad cognitiva deja de producir modificaciones en la relación con lo que sucede.
Este es el momento en que hay que aclarar que eso no significa que las propuestas de “pensar positivo” sean la respuesta, sino que la relación entre pensamiento, cognición y longevidad es mucho más compleja.
Si bien varios estudios han encontrado asociaciones entre optimismo y una mayor longevidad, la clave es que el optimismo no sea negación o alteración de la realidad, o convencerse de que todo va a estar bien sin base alguna.

La positividad, que incluso algunos llaman en estos casos “tóxica”, es cuando nos impide ver la realidad y, en relación con lo que hablamos, procesar experiencias reales, aun cuando sean negativas, permaneciendo en nuestro espacio de confort.
El optimismo que está relacionado con el bienestar, la felicidad y la longevidad es aquel en el que, aun dentro de una situación adversa, busca alternativas y acciones, y eso genera nuevas experiencias y aprendizajes. Como señalaba en una nota anterior, “Los pensamientos positivos y negativos influyen en la cognición y la longevidad”.
El tema, sin embargo, no es solo recordar y crear nuevos engramas, sino la posibilidad y tendencia a anticipar escenarios.
Si bien un joven tiene un futuro más extenso que su pasado y un adulto mayor, la inversa, la relación con ese futuro no depende solamente de la cantidad de años cronológicos que tenga por delante. Envejecer no significa solamente acumular pasado. Significa modificar la relación entre el pasado que podemos recordar y el futuro que todavía podemos imaginar.

Un metaanálisis publicado en 2026 reunió datos de 25 muestras y 488.765 participantes, seguidos durante períodos de hasta 32 años. Encontró una asociación entre un mayor sentido de propósito en la vida y un menor riesgo de mortalidad.
El resultado no permite afirmar que tener un propósito cause directamente una mayor longevidad. Pero el dato permite introducir una variable que las estadísticas de longevidad suelen dejar fuera. Tener un propósito implica, de alguna manera, considerar que todavía existe algo por hacer. Tener tiempo no es necesariamente tener futuro, podemos tener tiempo sin tener un futuro psicológicamente abierto.
Una persona puede disponer de años por delante y, sin embargo, sentir que ya no hay nada nuevo que esperar. Y puede ocurrir lo contrario: alguien con un futuro cronológicamente limitado puede mantener una enorme capacidad para crear, aprender, proyectar, soñar, etc.

Todo esto nos lleva a un tema a considerar: la longevidad como algo más que supervivencia.
Si bien la medicina actúa y, en especial, varios gurús de la longevidad nos dicen que se ha conseguido que cada vez podamos mantener vivo al organismo durante más tiempo, quizás el próximo desafío sea menos evidente. Se ha considerado a la longevidad como una cuestión numérica: agregar años. Pero posiblemente el objetivo no sea solamente vivir más.
Quizás la pregunta colectiva y, a la vez, individual sea: ¿Cómo queremos experimentar los años que consigamos ganar? ¿Cuánto de ese tiempo se convirtió realmente en experiencia?
Y cerrando, volver a la premisa: ¿vivir más para que ese tiempo pase cada vez más rápido o podemos conseguir que la vida dure más y que ese tiempo tenga más valor?
Por eso quizás el desafío no sea únicamente agregar años a la vida, sino conseguir que el tiempo tenga sentido.
por INFOBAE
