¿De verdad podemos entender lo que está pasando mirando únicamente los escaparates rotos?
Veo las imágenes de París y de Milano y pienso en quien, al día siguiente, tiene que calcular cuánto perdió y si podrá volver a abrir su negocio. No encuentro nada de rebelde en destruir el trabajo de alguien que probablemente también intenta llegar a fin de mes, por mucho que algunos quieran vestir el saqueo de protesta.
Pero después de la indignación quiero entender. Y ahí echo de menos a dirigentes capaces de pensar más allá de su próxima aparición en televisión.
Demasiadas veces veo líderes que actúan como estrellas de rock, pendientes de mantener entusiasmado a su público. Un estadista tiene que gobernar también para quienes nunca lo aplaudirán. Sobre todo, tiene que tomar decisiones cuyos resultados quizá no llegue a inaugurar.
La vivienda exige eso, y también la educación. Son problemas que requieren años de trabajo y acuerdos que sobrevivan a quienes los firman. Pero vivimos en campaña electoral permanente, y cuando el adversario se convierte en enemigo, cualquier acuerdo puede parecer una traición. El fracaso del otro empieza a resultar más útil que una solución compartida.
Mientras tanto, hay gente que hace cuentas y descubre que trabajar no le alcanza para empezar una vida propia.
España entra en esta reflexión por esa puerta. En 2025, el 44,3 % de las personas de entre 26 y 34 años convivía con alguno de sus padres. Casi la mitad de ellas señalaba como razón principal que no podía permitirse comprar o alquilar una vivienda.
Una pareja aplaza la decisión de vivir junta. Alguien sigue ahorrando mientras la vivienda se aleja cada vez más deprisa. Y en ciudades donde encontrar un alquiler se ha vuelto una carrera de obstáculos, parte de los apartamentos se destina a turistas o a inversionistas que buscan rentabilidad. La escasez de vivienda tiene varias causas, y eso no hace menos legítimo preguntarse qué lugar queda para quienes necesitan habitarla.
En Francia, las protestas comenzaron por problemas educativos concretos, como la falta de personal y los centros deteriorados, y se extendieron después al costo de vida. En Milano es más difícil separar las motivaciones de quienes se movilizan de las de quienes saquean. No pretendo atribuirles a todos la misma causa, y mucho menos la misma intención.
Sí me interesa lo que ocurre cuando las necesidades básicas quedan sin respuesta bajo gobiernos de signos políticos distintos. Eso no significa que todos sean iguales. Significa que las diferencias que tanto protagonismo tienen en el debate deben demostrar qué consiguen cambiar en la vida de las personas.
Luego están las edades.
En Milano fue identificado un niño de apenas once años. Las imágenes lo muestran participando en los saqueos.
Once años.
No sé qué entendía de las razones de la protesta. Quiero saber cómo llegó hasta allí y qué será de él cuando dejemos de compartir sus videos. Me parece una pregunta bastante más exigente que insultarlo desde un teléfono.
Hay quienes, sin embargo, ya tienen una explicación para lo ocurrido: el origen de algunos participantes.
Tras los disturbios, el centroderecha milanés convocó una concentración a pocos metros del Duomo. Allí se exhibió una pancarta con el mensaje “Vi remigreremo tutti”: los “remigraremos” a todos. Un lema nacido en la extrema derecha desfilaba ya en un acto de la coalición que gobierna Italia.
Un joven italiano de segunda generación se detuvo a protestar frente a ella. Hubo insultos y agresiones contra quienes cuestionaron la pancarta.
Ahí veo cómo la violencia se usa para extender una sospecha. Ya no se discute solamente lo que hizo una persona, sino la pertenencia de todos los que comparten su origen.
En Francia esa pregunta viene de lejos. A muchos jóvenes se les sigue llamando “marroquíes” o “argelinos” aunque su familia lleve tres o cuatro generaciones en el país y ellos apenas hablen la lengua de sus bisabuelos. ¿Cuántas generaciones hacen falta para dejar de ser extranjero?
Y me incomoda otra pregunta: ¿lo sentimos igual de nuestro cuando marca un gol con la selección que cuando aparece en una noticia que nos avergüenza?
Quien comete un delito debe responder por sus actos. Pero su apellido no explica una crisis de vivienda, y el origen de sus padres no sustituye una política educativa.
Los escaparates rotos merecen una respuesta. También la merece quien lleva años intentando construir una vida sin conseguirlo.
Gobernar empieza a parecerme precisamente eso: hacerse cargo de ambos, aunque ninguno vaya a votar por ti.
