Investigadores húngaros y australianos cuestionan si el ejercicio intenso genera dependencia o si las herramientas de medición confunden pasión con patología.
Una revisión publicada en el Journal of Behavioral Addictions encontró que la prevalencia de dependencia del ejercicio ha sido sistemáticamente sobreestimada por la ciencia. Las tasas reportadas varían entre 3% y 42%, según la población estudiada.
El análisis revela un problema fundamental: los cuestionarios diseñados para detectar adicción frecuentemente identifican motivación y compromiso como síntomas de enfermedad.
Cuando alguien organiza su agenda alrededor de los entrenamientos o mantiene una dedicación elevada, eso puede reflejar disciplina atlética legítima, no un trastorno de comportamiento que requiera intervención clínica.
Cómo diferenciar pasión de dependencia
La dedicación al entrenamiento forma parte de la rutina diaria de atletas serios. Incluso un volumen alto de ejercicio no constituye un trastorno si la persona no experimenta consecuencias en su vida cotidiana.
Las señales de alerta surgen cuando el ejercicio afecta de forma significativa el estado emocional o cuando la persona continúa entrenando pese a estar lesionada o enferma.
Otro indicador válido es la capacidad de descansar cuando es necesario sin experimentar una angustia emocional importante por interrumpir una sesión.
Por qué los porcentajes varían tanto entre investigaciones
Los estudios analizados encontraron tasas de entre 3% y 42% de practicantes clasificados como en riesgo, pero estas cifras reflejan diferencias metodológicas profundas. Entre ciclistas españoles se halló una tasa de 6,1%, mientras que los maratonistas italianos mostraron una de 15,4% y los atletas de élite daneses, una de 7,6%.
Estas variaciones no indican que la dependencia sea más común en unos grupos que otros, sino que los cuestionarios responden de manera inconsistente según la población y el deporte.
Los investigadores Attila Szabo, Zsolt Demetrovics y Bhavya Chhabra señalaron que las diferencias surgen del uso de muestras pequeñas y selectivas, modalidades deportivas distintas y, especialmente, de interpretaciones equivocadas de los cuestionarios.
Las herramientas de rastreo de la adicción al ejercicio no son instrumentos diagnósticos, sino que identifican susceptibilidad o posible presencia de síntomas.
Qué miden realmente las escalas de dependencia
La Exercise Dependence Scale (EDS) examina siete aspectos del comportamiento deportivo. Entre ellos, la necesidad de aumentar progresivamente la cantidad de ejercicio, el malestar por una interrupción forzada, la dificultad para controlar la práctica y la persistencia pese a consecuencias negativas conocidas.
Una puntuación elevada identifica señales de alerta que merecen atención, pero el contexto individual es determinante. Un profesional debe evaluar si realmente existe un trastorno de conducta o si se trata simplemente de un atleta motivado que organiza su vida de acuerdo con sus objetivos deportivos legítimos.
Dependencia primaria versus secundaria, y riesgos del exceso
La idea de que el ejercicio podría generar dependencia comenzó en 1970, cuando el psiquiatra Frederick Baekeland observó que estudiantes privados de actividad física experimentaban alteraciones del sueño, aumento de ansiedad y cambios en la tensión sexual.
Seis años después, en 1976, William Glasser acuñó el término «dependencia positiva» para describir comportamientos repetitivos que generan bienestar en lugar de daño.
A partir de esos primeros estudios se desarrolló una literatura científica que medicalizó gradualmente la dedicación deportiva y transformó lo que era simplemente compromiso atlético en un posible diagnóstico.
La revisión reciente busca aclarar dónde termina la pasión deportiva legítima y dónde comienza un trastorno que afecta la salud mental y física.
