El humo de un incendio puede llegar antes de que se vean las llamas. Un olor penetrante, un cielo opaco, ardor en los ojos o tos pueden ser las primeras señales de que el aire cambió, incluso a gran distancia del fuego.
El mayor riesgo proviene de las partículas finas, que permanecen suspendidas, entran al sistema respiratorio y pueden agravar enfermedades previas. Ese malestar pasajero plantea una pregunta más amplia cuando el humo vuelve durante varios días o temporadas.
La preocupación no se limita a una jornada con el cielo cubierto, sino a cómo responde el organismo ante una exposición repetida que puede prolongarse. Una revisión sistemática publicada en Science of the Total Environment reunió 35 investigaciones sobre humo de incendios y salud respiratoria.
A la vez, un estudio publicado en Nature mostró que el humo puede modificar las concentraciones anuales de contaminación por partículas finas, una señal de que estos episodios pueden dejar de ser excepcionales.
Las partículas más pequeñas pueden alcanzar las zonas profundas de los pulmones
El humo es una mezcla de gases y partículas cuya composición varía según los materiales consumidos por el fuego y las condiciones de combustión. Entre todos esos componentes, las PM2,5 concentran una parte importante de la preocupación sanitaria.
Se trata de partículas con un diámetro de 2,5 micras o menos. Una micra equivale a una milésima parte de un milímetro. Debido a su pequeño tamaño, pueden ingresar por las vías respiratorias y alcanzar los alvéolos, diminutos sacos de aire donde se produce el intercambio de oxígeno con la sangre.
El organismo reacciona ante esas partículas como lo hace frente a sustancias extrañas y activa mecanismos de defensa. Esa respuesta puede causar inflamación, que es la reacción del cuerpo para enfrentar una amenaza.
El problema es que las partículas del humo no se eliminan con la misma facilidad que virus o bacterias. Si la exposición persiste, la inflamación puede prolongarse en las vías respiratorias.
En personas sanas, el humo puede causar ardor en los ojos, irritación de garganta, tos o falta de aire. Para quienes ya tienen asma, enfermedad pulmonar obstructiva crónica o afecciones cardíacas, el episodio puede agravar síntomas existentes.
La revisión vincula el humo con más atención médica por problemas respiratorios
La revisión de Science of the Total Environment analizó estudios sobre exposiciones breves a partículas generadas por incendios. La mayoría examinó consultas de urgencia y hospitalizaciones, con especial atención al asma y a la enfermedad pulmonar obstructiva crónica.
Según se detalla en el estudio, la mayor parte de los trabajos encontró una relación entre una mayor presencia de partículas de incendios y más atenciones médicas por problemas respiratorios.
Esa relación no implica que cada episodio produzca el mismo efecto en todas las personas. La intensidad del humo, el tiempo de exposición y el estado de salud previo modifican el riesgo.
Los autores también revisaron investigaciones que compararon las partículas de incendios con otras fuentes de contaminación. Esos trabajos son todavía limitados, pero algunos sugieren que el humo puede tener efectos más intensos por su composición física y química.
La revisión no presenta esa posibilidad como una conclusión definitiva y señala que hacen falta más estudios. La evidencia disponible es más sólida para consultas y hospitalizaciones que para muertes por causas respiratorias.
También hay resultados no concluyentes sobre qué edades enfrentan mayor vulnerabilidad. Algunos trabajos identificaron una susceptibilidad más alta entre mujeres, aunque los autores consideran necesario ampliar la investigación.
El riesgo depende de la exposición y de las condiciones de salud previas
El humo no permanece necesariamente cerca de las llamas. Las corrientes de aire pueden trasladarlo a comunidades alejadas y modificar la calidad del aire en pocas horas. Por eso, la presencia de olor o de una nube visible no es el único indicador de exposición: las partículas más pequeñas pueden estar en el aire aunque no siempre se distingan a simple vista.
El estudio publicado en Nature analizó datos recopilados entre 2000 y 2022 y atribuyó al humo de los incendios parte del estancamiento e incluso del retroceso observado en la reducción de la contaminación por PM2,5.
Aunque el trabajo se centró en Estados Unidos, aporta contexto para entender por qué la exposición reiterada al humo se convirtió en una preocupación de salud pública. La investigación no permite anticipar qué ocurrirá en cada caso individual ni determinar con certeza los efectos de respirar estas partículas durante años.
Sin embargo, junto con la revisión sobre salud respiratoria, muestra que el problema no se limita a una molestia pasajera: las partículas finas pueden agravar las dificultades respiratorias y aumentar la necesidad de atención médica entre las personas expuestas.
Cuando hay humo en el ambiente, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades recomiendan seguir los informes locales de calidad del aire y reducir la actividad física al aire libre si las condiciones empeoran.
Los CDC también aconsejan mantener el aire interior lo más limpio posible. Para las personas con enfermedades cardíacas o pulmonares, la evolución de los síntomas y las indicaciones médicas resultan especialmente relevantes.
por INFOBAE
